Laura Grani
Hay un momento, en mitad de la primera mesa redonda del II Congreso MEG (Alicante) en el que la conversación deja de ser teórica y aterriza de golpe. María José San Román – chef al frente del restaurante Monastrell, una de las figuras clave de la gastronomía alicantina y presidenta de Mujeres en Gastronomía— toma la palabra y lanza una idea que, más que un titular, funciona como una sacudida: el 70% de nuestro bienestar depende de la alimentación. Y remata con algo que en España se repite poco para lo evidente que es: tenemos la mejor dieta del mundo, la mediterránea.
A partir de ahí, el congreso ya no vuelve a ser el mismo.

Para entender lo que ocurre en Alicante, conviene detenerse un momento en qué es exactamente MEG. Mujeres en Gastronomía nació en 2018 como un movimiento colaborativo para visibilizar el talento en toda la cadena alimentaria —desde el campo hasta la sala— y abrir espacios de conexión reales dentro del sector. Con el tiempo, esa idea ha evolucionado hacia algo más amplio: una red que impulsa diálogo, pensamiento crítico y nuevas formas de liderazgo, donde el foco ya no está solo en quién participa, sino en cómo se construye la conversación.
Porque si algo se percibe en Alicante —más allá del programa, de las mesas o de los nombres— es que aquí no se viene a cumplir expediente. Se viene a discutir, a cuestionar y, en muchos casos, a incomodar. El lema, “La fuerza de lo que nos une”, no se interpreta como un eslogan amable, sino como una declaración de intenciones: construir desde lo común, sin trincheras y sin excluir a nadie. Tampoco a los hombres, presentes en las mesas y en la conversación desde un enfoque que tiene más que ver con sumar que con confrontar.
De la dieta mediterránea al lujo chino: cambiar el relato
La intervención de San Román no se queda en la defensa de la dieta mediterránea. Introduce otra idea clave: el turismo como vehículo. Es decir, la gastronomía no solo como experiencia, sino como herramienta estratégica para posicionar un país.

Y ahí aparece una de las intervenciones más reveladoras de la jornada. María Li Bao, al frente del grupo China Crown, lo plantea sin rodeos: el consumidor chino no busca buena relación calidad-precio, busca lujo. Y España, si quiere competir en ese mercado, tiene que dejar de venderse como accesible y empezar a venderse como deseable. El matiz no es menor. Supone cambiar el relato.
Durante el congreso, esta idea se repite de distintas formas: el producto español existe, es excelente, pero no siempre se comunica bien. No basta con tenerlo; hay que saber contarlo. Y, sobre todo, hay que entender a quién se le está hablando.
El momento incómodo: “bienvenidos al mundo del fracaso”
Si hubo una intervención que removió la sala, fue la de Juanjo López, de La Tasquita de Enfrente. Sin suavizar el mensaje, habló de lo que cuesta —de verdad— sostener un negocio de hostelería hoy.
Y lo hizo con una frase que quedó flotando en el ambiente: cuando sus alumnos terminan el curso, les da la bienvenida “al mundo del fracaso”. No era provocación gratuita. Era contexto.

López puso cifras a esa realidad: el 50% de los restaurantes cierra en el primer año. El 75% no supera los cinco. De repente, el discurso sobre talento, vocación o creatividad se cruza con algo mucho más tangible: la supervivencia.
Ese fue, probablemente, uno de los grandes aciertos del congreso. No quedarse en la épica de la gastronomía, sino entrar también en su cara menos visible.
Tecnología, datos y una pregunta de fondo
La mesa dedicada a tecnología abrió otro frente interesante. Se habló de robots capaces de anticipar pedidos en función del historial del cliente, de mesas interactivas que transforman la experiencia en sala y de inteligencia artificial aplicada a la creación gastronómica. En ese contexto, el caso de Food Pairing volvió a aparecer como ejemplo claro: una herramienta que analiza millones de combinaciones basadas en degustaciones humanas para proponer nuevos maridajes.

Pero, más allá de la fascinación tecnológica, la pregunta que sobrevuela la mesa es otra: ¿hasta qué punto todo esto mejora realmente la experiencia? ¿Y dónde está el límite? La conclusión, compartida por varios ponentes, es bastante clara: la tecnología puede ayudar, optimizar, incluso inspirar. Pero el criterio sigue siendo humano.
Proteger lo propio sin cerrar puertas
El segundo día giró hacia el origen, el producto y la regulación. Las denominaciones de origen, la presión internacional y el papel de Europa entraron en el debate con más carga política.
Se habló de Mercosur, de competencia exterior y de la sensación —compartida por algunos productores— de estar en desventaja. Pero también apareció una idea menos obvia: esos mismos acuerdos abren la puerta a que España exporte productos de alto valor a esos mercados. Es decir, no se trata solo de protegerse, sino de posicionarse.

Y ahí vuelve a aparecer el mismo problema que en otras mesas: no es solo una cuestión de producto, sino de estrategia, de relato y de capacidad para competir en valor, no en precio.
Emoción, reconocimiento y algo que sí funciona
En contraste con los momentos más tensos, la entrega de los Premios MEG aportó una pausa distinta. Más emocional, más cercana. No tanto por el formato, sino por lo que representan: reconocer trayectorias, esfuerzo y proyectos que muchas veces crecen fuera del foco mediático.
Ahí el congreso cambia de ritmo. Se vuelve más humano. Más conectado con las historias que hay detrás de cada negocio, de cada producto, de cada decisión.
Lo que queda después
Al salir, la sensación no es la de haber asistido a un congreso al uso. Hay algo más. Quizá porque MEG no funciona como un evento cerrado, sino como una red en movimiento.

“La fuerza de lo que nos une” no es solo una idea optimista. Es, en realidad, una forma de entender el sector: menos individualista, más colaborativa, más consciente de que el futuro no se construye desde una única mirada. Y, sobre todo, más honesta.
Porque si algo ha quedado claro en Alicante es que la gastronomía, hoy, no puede permitirse discursos vacíos. Necesita conversación. Necesita autocrítica. Y necesita —como se vio en muchas de las mesas— gente dispuesta a decir las cosas incómodas en voz alta.
Te puede interesar: Casa Macareno y Can Pizza convierten el bocata de calamares en una focaccia










