Jesús Reyes

El bocata de calamares forma parte del ADN gastronómico de Madrid. Directo, popular, descarado y delicioso. Y precisamente por eso, reinterpretarlo sin perder su esencia tiene algo de desafío. Este mes de mayo, Can Pizza lo intenta —y lo consigue— con una edición limitada que le hace un guiño a la tradición más castiza con respeto y cierta picardía.

La propuesta nace de una colaboración con Casa Macareno, uno de esos lugares donde la barra manda y el tiempo parece detenerse entre cañas y conversaciones cruzadas. El resultado es la Focaccia de Calamares: una pieza que cruza códigos sin forzar el discurso, conectando la tradición castiza con la técnica italiana en un formato tan inesperado como coherente.

Disponible durante todo el mes de mayo en los locales de Can Pizza, la creación funciona como un pequeño manifiesto gastronómico: reinterpretar sin borrar, evolucionar sin perder el origen.

Casa Macareno, puro Madrid en barra

Hablar de Casa Macareno es hablar de ese Madrid que resiste. El de las servilletas en el suelo, el ruido amable de la barra y la sensación de que siempre pasa algo. Ubicado en Malasaña, el local se ha convertido en un referente de la cocina castiza contemporánea, sin necesidad de artificios ni discursos grandilocuentes.

Su papel en esta colaboración no es el de garante de autenticidad. Porque reinterpretar el bocata de calamares sin entender su peso cultural sería un ejercicio vacío. Aquí, en cambio, hay contexto, memoria y respeto.

Casa Macareno aporta ese pulso de barrio que no se puede fabricar y  convierte un plato sencillo en algo emocional. Y es precisamente ese ADN el que permite que esta focaccia sea tan buena y divertida

Can Pizza juega en su propia liga

Desde su nacimiento en 2014, Can Pizza ha construido su identidad sobre una base clara: masa, producto y personalidad. Con premios en Madrid Fusión y presencia en rankings internacionales como 50 Top Pizza, la marca ha sabido moverse entre la tradición italiana y una interpretación propia, más libre y contemporánea.

En esta ocasión, su enfoque técnico es clave. La Focaccia de Calamares parte de una masa de larga fermentación con tinta de calamar, sobre la que se construye un equilibrio medido: calamares fritos, stracciatella de burrata, pesto de tomate seco, rúcula y un alioli fino que termina de redondear el conjunto.

 

Pero más allá de los ingredientes, lo interesante es la lectura cultural. Madrid y Roma comparten una relación casi instintiva con la fritura callejera. Una forma de comer sin protocolos, donde el placer está en lo inmediato. Esta focaccia conecta ambos mundos sin necesidad de explicaciones, como si siempre hubieran estado más cerca de lo que parece.

Aquí nadie jubila al bocata de calamares. Tranquilidad. Esto es otra cosa: un capricho bien pensado que juega con el original sin perderle el respeto.

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