
Me subieron el alquiler madrileño, dejaron de compensar las exposiciones, y me vine a Oliete en un julio inhóspito para hervir en paz. Ámbar de limón, estrellas sin contaminar, una buena decisión. “En agosto nace de nuevo el pueblo”, aseguran en los dos bares guardianes de la vida veraniega, y ya puedo yo secundarlo. El domingo teatro, el lunes dibujo, el martes poesía, el jueves jotas, y el sábado, majas.
No hay despoblación que los apague.
Presumen airosos evocando su íbero pasado y el arte rupestre de 4.000 años que recorre sus montañas aledañas. Hacen y siguen haciendo historia. En la entrada del pueblo tienen una casa de piedra remodelada para el teletrabajo (como quien invita implícitamente), y una almazara moderna (pintada por el colectivo de arte urbano ‘Boa Mistura’) para procesar su famoso aceite. Reza la fachada de la almazara, en letras naranjas y celestes: Querer, Volver.
Al lado vive don Jose (90 años), amable, trabajador, siempre recolectando caracoles. A diario me regala pepinos, y un par de consejos anticonsumistas. Tiene un sobrino, Alberto, quien preside una asociación para cuidar a los olivares centenarios que otorgan nombre a este lugar. El primero de mes auspiciaron ellos una tarde de swing con músicos de primer orden en los exteriores de la iglesia. Y es que agosto atestigua un renacer aragonés.
Cultura sin condiciones
A todo esto, la semana cultural arrancó accidentada la tarde del domingo, con la obra ‘Recuerdos’, protagonizada por las alcañizanas Eva Izquierda y Eva Narvión. Se montó el teatro en el ático del bar. La gente entraba y salía en plena función, la puerta abierta, los niños jugaban, y las actrices redoblaban esfuerzos para seguir encarnando a sus personajes ante la poca solemnidad.
“Son los retos de sacar al teatro de su espacio, fue muy difícil, pero era importante traer la temática”, me dijeron ambas. Y vaya que lo era. Una señora soltaba lágrimas disimuladas cerca mío.
La obra trataba sobre cómo sobrellevar la vida luego de haber sufrido violencia doméstica.

Al día siguiente tocaba la exposición de dibujos. Fernando Larrosa me regaló un recorrido por sus retratos de la Ermita de San Bartolomé, de la calle mayor, y de la gentil cadencia del río Martín. También exponía sus santos con pulido detalle, y el dibujo de unas rosas descansando en un perfume vacío de cristal.
Llevaba en la mano los bosquejos de su infancia que no le dejaron colgar. Noto que los atesora, y que ama lo que hace. “Trazando me permito sentir tranquilidad”. Pasión sin condición.

Amor al espectador
Aquí los artistas siguen conectados al público; no hay elevación, solo hay ganas de expresar y de mejorar la tarde para quienes se tomaron el tiempo de escucharlos.
El recital del martes empezó con declamaciones de poesía costumbrista. Un hombre evocaba efusivo la inmensidad de lo pequeño, mientras un matrimonio tocaba de fondo el acordeón y suaves arpegios de guitarra para dar ambiente. En cierto momento notaron impaciencia desde los asistentes, y se pusieron a bailar sevillanas para equilibrar.
Velaban con esfuerzo por el disfrute de los suyos. Hicieron incluso una tanda de chistes, hasta que la situación volvió a pedir serenidad. Un adulto mayor se paró de su silla y se animó a recitar. Le temblaron las manos, la vista traicionó, pero todos esperaron. Oliete pudo escuchar su nueva oda.
Terminaron la velada cantando ‘Tractor Amarillo’, himno noventero de Zapato Veloz.
El jueves sonaron jotas intergeneracionales. Pasaban de la más joven a la más veterana, todas a cantar sus octosílabos de preferencia, en el frontón que funge de epicentro. “Elegí la jota que cantaba con mi tía desde siempre, pero es la primera vez que lo hago en público”, me dice Sonia, tan olietana que ni voy a colocar su apellido. Es de las pocas que decidió quedarse y preservar su patrimonio cultural. Siempre bromeo (con seriedad) sobre su futuro promisorio como alcaldesa.

Majas para siempre
Ya en el día de cierre, el actual alcalde (y orgulloso panadero), me cuenta sensaciones agridulces: “la semana cultural es un éxito, el agosto de Oliete es un éxito, pero Madrid y Barcelona deberían querernos más allá de nuestras fiestas”. Lamento aparte, el pueblo entero se daba cita de nuevo en el frontón, pues llegaba el evento de gala.
En medio de un atardecer inverosímil, acaecía una reunión de antología: subían a la tarima todas las majas de toda la historia, para hacerle homenaje al tiempo, mismamente, y a sus tres modalidades.

Azucena, la maja de las majas, la primera, resume las emociones de su experiencia: “sonrío porque me trataron con mucho amor, pero me duele porque todas mis compañeras ya no están entre nosotros. Es por eso, por ellas, que debo seguir con la ilusión de ser hija de Oliete”.
Su rostro gentil me alivia, siento ese respiro de cariño entremezclado con melancolías, el soplo de arte en su lastimado corazón.










