Laura Grani

Hay citas que no necesitan crecer en tamaño para ganar relevancia. El Salón de Vinos Radicales es una de ellas. En su XI edición, celebrada el 19 de enero en el Espacio COAM de Madrid, el encuentro volvió a demostrar por qué se ha convertido en una referencia imprescindible para entender qué está pasando —de verdad— en la viticultura independiente española.

Desde primera hora, el ambiente dejaba claro que aquí no se venía a seguir tendencias ni a buscar vinos complacientes. Treinta y siete viticultores, procedentes de una geografía tan amplia como diversa, se dieron cita para compartir proyectos que nacen del territorio, del trabajo consciente en el viñedo y de una forma de entender el vino alejada de los “vinos fotocopia”. Cádiz, Jerez, Valdeorras, Manchuela, Mallorca, Montsant, Conca de Barberà, Rioja, Méntrida, Cebreros, Ribera del Duero, Madrid, Menorca, Cantabria, Bierzo, Priorat, Terra Alta o Penedès fueron solo algunas de las zonas representadas.

El salón, impulsado por el Sindicato del Gusto, mantiene intacto el espíritu que lo vio nacer en 2015, cuando se presentó el Manifiesto de los Vinos Radicales como respuesta a una globalización que uniformaba el discurso del vino. Diez años después, el mensaje no solo sigue vigente, sino que resulta más necesario que nunca.

Viticultores con identidad y sin atajo 

Uno de los grandes aciertos del Salón de Vinos Radicales es que pone el foco donde corresponde: en los viticultores. Durante toda la jornada, sumilleres, restauradores, distribuidores y periodistas pudieron conversar directamente con quienes están detrás de los vinos, conocer sus decisiones —a veces incómodas— y entender por qué cada botella es, en realidad, una interpretación del paisaje.

Aquí conviven la recuperación de prácticas ancestrales con la innovación bien entendida; la defensa de variedades locales con nuevas lecturas del viñedo; la mínima intervención con una enorme exigencia técnica. El resultado es un mosaico de vinos que no buscan gustar a todos, pero sí decir algo propio.

El protagonismo de los vinos rancios

Fiel a su vocación de ir siempre un paso más allá, esta XI edición incorporó un monográfico dedicado a los vinos de larga crianza oxidativa, los llamados vinos rancios. Una elección valiente —y poco habitual en salones generalistas— que subrayó la voluntad del evento de huir de lo obvio.

Para ello, el salón contó con la participación especial de varios productores vinculados a Be Ranci!, el encuentro de referencia en Europa sobre este estilo de vinos, que se celebra cada dos años en Perpignan. La cata inaugural, titulada “Be Ranci! en Radicales”, estuvo guiada por Marie Louise Banyols, responsable actual de Be Ranci!, junto a Federico Oldenburg, escritor vinícola y uno de los impulsores históricos del Salón de Vinos Radicales. La sesión permitió recorrer ejemplos del Roussillon francés, Marsala en Sicilia y varias zonas españolas, demostrando que la oxidación, bien entendida, es una herramienta expresiva y no un defecto.

Un premio con sentido

Como ya es tradición, el salón cerró con la entrega del Premio Radical del Año, que en esta ocasión recayó en la propia Marie Louise Banyols, reconociendo su labor en la defensa de la diversidad, la singularidad y la cultura del vino. Un galardón coherente con la filosofía del encuentro y con una trayectoria profesional estrechamente ligada al pensamiento crítico dentro del sector.

Detrás del salón, nombres clave

Nada de esto sería posible sin un trabajo de organización tan discreto como eficaz. Al frente, Carmen Fuentes, una de las profesionales más respetadas de la comunicación gastronómica y vinícola en España, y el propio Federico Oldenburg, cuya implicación intelectual ha sido clave para dotar al salón de un discurso sólido y reconocible desde sus inicios. Junto a ellos, un ecosistema de colaboradores que comparte una misma idea: que el vino sigue siendo cultura cuando se le permite ser diverso.

Lejos de convertirse en un evento acomodado, el Salón de Vinos Radicales continúa siendo un espacio de descubrimiento, reflexión y debate. Un lugar donde el vino no se explica solo por lo que hay en la copa, sino por todo lo que la rodea. Y eso, en el panorama actual, sigue siendo un gesto radical.

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