Hay infancias que no se recuerdan solo como una etapa, sino como un territorio al que se vuelve una y otra vez para entender quién se es. En el caso de Elvira Lindo (Cádiz, 1962), ese mapa tiene coordenadas precisas: se llama Ademuz, un municipio del interior de Valencia de donde era su madre. Allí, entre el susurro del río Turia, el aroma de los bancales de fruta y la libertad de una niña que jugaba de forma casi adictiva, se empezó a gestar una de las trayectorias más honestas de la literatura española contemporánea.

Con una producción que supera ya la veintena de títulos, su carrera es una búsqueda constante por no repetirse jamás, con una honestidad literaria que ya es su sello personal. Pero su voz no se puede encasillar; ha sabido mudarse de piel tantas veces como ciudades ha habitado. La hemos escuchado en la radio, su refugio; la hemos visto crear un icono universal de la literatura infantil; y hemos leído durante décadas sus columnas de opinión, que son ya parte del pulso crítico del país.

Hoy conversamos con una mujer que ha tenido que dar codazos para reivindicar su propio espacio y que se niega a escribir al dictado de lo que se espera de ella. Una autora que sigue ensanchando los márgenes de nuestra libertad con la palabra como única brújula.

Viajemos a Ademuz, al pueblo donde pasaste parte de tu infancia y donde recorriste con casi absoluta libertad cada uno de sus rincones. ¿Crees que vivir una infancia como esta tuvo que ver con que pronto comenzaras a escribir?

Sí. Yo era una niña casi adicta al juego y por eso me sentí muy identificada con Pippi cuando leí Pippi Calzaslargas porque a ella, más que lo académico, el juego era lo más le interesaba. Así que, llegar a un sitio como Ademuz, donde me podía mover libremente hizo de mi infancia un periodo muy gozoso. También intervino, desde luego, la lectura. Entre los diez y los doce años leí muchos libros en Palma de Mallorca. Entre ellos, Mujercitas, donde aparece el personaje de Jo March, que es una autora de cuentos. Fue entonces cuando me di cuenta de que los libros estaban escritos por alguien y es en ese momento cuando empiezo a escribir.

 

Siendo la menor de cuatro hermanos, asumiste siendo muy pequeña el rol de cuidadora de tu madre durante su enfermedad. ¿Crees que has aprendido a no cargar con la responsabilidad de ser quien debe sostener a los demás?

Pues no lo he aprendido (ríe). Cuando eres pequeña no tienes previsto que tu madre vaya a enfermar, ni tampoco estás preparada para asumir ese papel, pero creo que tenía que ver con mi personalidad pensar que tenía algo dentro de mí que era capaz de curar a los demás. El sentido de la responsabilidad que desarrollé también tenía que ver con el juego. Esas cosas se desbaratan un poco en la adolescencia, cuando empiezas a ver el mundo con unos ojos más realistas y fuera de la ficción que tú misma has creado. Sin embargo, creo que mi carácter lleva a la protección de los demás y sé que no puedo cambiarlo.

 

Has dedicado parte de tu obra a rescatar la memoria de tus padres, especialmente en A corazón abierto (2020). ¿Crees que la manera de mirar el mundo de tu madre, Antonia, ha podido influir de alguna manera en tu escritura?

Sí, entre otras cosas, porque mi madre leía mucho, sobre todo, novelas. Cuando tenía un rato libre siempre leía o hacía alguna labor manual con sus amigas. Compartía muchos ratos de lectura con mi hermana y en eso las dos fueron una gran inspiración para mí. Mi madre era una persona muy sensible, con un gran sentido del humor y una ironía hacia la vida que le sirvió de ayuda cuando ya había perdido cierta esperanza al final de su enfermedad. Además, era muy sensible e inteligente, por eso pienso que probablemente su vida hubiera tenido un camino diferente de no haber nacido en el tiempo que lo hizo.

«La radio fue mi salvación. Encontré en ella un lugar donde podía quedarme y que podía ser mi casa»

Comenzaste muy joven a trabajar en Radiocadena Española en un momento de intensos cambios políticos y generacionales. Cuando miras atrás, ¿qué crees que significó la radio para ti en aquel momento de tu vida?

La radio fue mi salvación. Encontré en ella un lugar donde podía quedarme y que podía ser mi casa. Lo desconocía todo cuando entré a trabajar porque en ese momento estaba todavía estudiando Periodismo y la noción que tenía de la radio era muy caduca. Por eso, fue un descubrimiento comenzar a trabajar en la radio en un momento en el que estaba entrando tanta gente joven. Allí encontré mi primer ambiente fuera de mi barrio y eso me salvó la vida. Era una joven que estaba muy perdida, que no sabía a lo que dedicarse y que, de repente, encontró un sitio en el que podía quedarse.

 

Naciste en Cádiz, pero las constantes mudanzas ligadas al trabajo de auditor de tu padre, Manuel, te obligaron a ser una niña con una enorme capacidad de adaptación a lugares nuevos. ¿Crees que ese “nomadismo” infantil influyó en tu manera de mirar las ciudades?

Sí, pienso que tal vez me sirviera mucho esa especie de entrenamiento en la niñez ante el cambio de lugares, de personas y de tratar de sobrevivir en un medio que al principio es hostil. Nueva York fue una prueba muy dura porque al principio ni sabía comunicarme bien, ni tenía posibilidad de hacer amistades porque no trabajaba ni estudiaba fuera de casa. Fue un Erasmus sin juventud, sin estudios, sin amigos con los que compartir un piso y que me acompañaran. Se me hizo todo un poco cuesta arriba porque, aunque me podía mantener económicamente, me sentía sola.

 

Pero al final te gustó.

Mucho. Entre otras cosas, porque el primer año que estuve tan sola en Nueva York escribí una novela llamada Una palabra tuya (2005) con la que me siento muy bien porque creo que tiene la intensidad de esos momentos en los que tratas de entenderlo todo. Empecé a conocer la ciudad y a disfrutarla, dejé de lado el comportamiento propio del turista y empecé a disfrutarla como persona que vivía allí y, sorprendentemente, comencé a tener algunas amistades. Así que sí, la disfruté mucho.

 

En 1993 diste un giro determinante: dejaste la radio para escribir. Tenías materiales y personajes guardados y fue entonces cuando Manolito Gafotas saltó al papel. ¿Cómo fue esta decisión?

Había trabajado muchos años en radio y televisión como guionista y me ganaba muy bien la vida. Tenía mi sitio, pero tenía ganas de escribir. Sin embargo, el hecho de tener a una persona al lado que ya trabajaba de ello me hacía dudar. Al final fue él el que me dijo: «Si quieres hacer esto, tienes que hacerlo ahora. No puedes vivir en la queja». Y entonces yo, con mucho miedo por no ganar el dinero que ya estaba ganando, decidí quedarme en casa para dedicarme a algo en lo que no sabía cómo me iba a ir. Pero fue milagroso porque escribí el primer libro de Manolito Gafotas y enseguida fue como un contagio.

«Mi último libro, La boca del lobo (2023), que es una novela de misterio con fantasmas, supuso, supongo, una sorpresa para mis lectores porque no es el género que suelo frecuentar»

Al recorrer tu obra, se percibe que cada libro abre una ventana distinta: la fragilidad de la maternidad joven, el peso de la memoria familiar, la soledad o el misterio. ¿Crees que existe un núcleo común que atraviese todas esas historias?

Creo que lo que las une es la curiosidad y el no querer seguir siempre en el mismo tono. Mi último libro, La boca del lobo (2023), que es una novela de misterio con fantasmas, supuso, supongo, una sorpresa para mis lectores porque no es el género que suelo frecuentar. No puedo evitar hacer las cosas que a mí me interesan. No escribo para no defraudar a los lectores, escribo según dicta mi voluntad. Me gusta moverme con honestidad.

 

A veces da la sensación de que has tenido que pelear contra ciertos prejuicios: desde el machismo, hasta la mirada condescendiente hacia el humor. ¿Sientes que te ha tocado reivindicar tu propio espacio de manera constante?

Sí, muchas veces, pero ya no solo literariamente, sino en la vida. Tener que dar un codazo para que me vean ha sido algo que he tenido que hacer con frecuencia. Pelear por tu lugar en el mundo y por la libertad en la expresión, es algo que tienes que hacer todas las semanas especialmente si tienes una tribuna pública. Durante el tiempo que dejé la radio y me convertí de nuevo en una persona anónima viví situaciones en las que se me ignoraba por ir al lado de alguien conocido. Claro que es injusto y que hay machismo y clasismo, pero contra eso, en vez de quejarse, hay que luchar cada día. Ser consciente de ello te lleva a pelear por tu espacio, que es también el de todas las demás.

 

¿En qué territorio creativo te encuentras ahora?

Estoy tratando de escribir un libro. Bueno, realmente, estoy con varias cosas a la vez, porque también estoy desarrollando otras ideas para una serie que me han pedido. Así que, bueno, aunque estoy todavía construyendo los cimientos, ahí están (ríe).