«La literatura es la prueba de que la vida no basta»

Fernando Pessoa, que seguramente escribió la frase después de intentar leer alguna novela cuyo entusiasmo inicial se evaporó en la página doce, pero que aun así nos sirve para recordar que seguimos abriendo libros con la esperanza ligeramente ingenua de que esta vez sí, esta vez encontraremos algo que nos cambie la vida, o al menos que nos mantenga despiertos sin necesidad de café. Lo curioso es que, aunque todos sabemos que la mayoría de las novelas no cumplen semejante promesa, seguimos cayendo en la trampa con la misma convicción con la que un turista compra un sombrero ridículo en un aeropuerto: confiamos en que lo que viene después será mejor que lo que vemos ahora.

Y quizá por eso este artículo existe: para intentar explicar, con la ironía justa y la paciencia que la literatura exige, por qué algunas novelas nos secuestran un fin de semana entero y otras sobreviven únicamente gracias a nuestra obstinación, nuestra culpa o nuestra absurda fe en que la página siguiente será mejor que la anterior. No prometemos respuestas definitivas (la literatura rara vez las da), pero sí un recorrido razonablemente honesto por los mecanismos que convierten un libro en una experiencia, o en un trámite

PORTADA: El primer engaño literario

La portada de una novela siempre ha sido una especie de emboscada estética cuidadosamente diseñada para que el lector crea que está a punto de vivir una experiencia transformadora, cuando en realidad podría encontrarse con un texto tan memorable como una reunión de vecinos, y durante décadas las editoriales han confiado en esa superstición tan humana según la cual una imagen sugerente, un título colocado con la gravedad de quien anuncia una revolución y una tipografía que parece bastante más cara de lo que realmente es pueden convencernos de que estamos ante una obra imprescindible.

La portada es, en esencia, el primer engaño literario: promete una historia que no siempre coincide con la que encontraremos dentro, pero aun así seguimos cayendo en ella, quizá porque necesitamos creer que un libro puede cambiarlo todo antes incluso de abrirlo o quizá, sencillamente, porque juzgar un libro por su portada es una práctica tan antigua como la literatura aunque todos finjamos no hacerlo, especialmente cuando llega el momento de justificar por qué compramos aquella novela de la que no sabíamos absolutamente nada salvo que quedaba estupendamente sobre una mesa.

 

COMIENZO: Ese momento en el que decidimos si seguimos o huimos

El comienzo de una novela es el segundo engaño, más sutil y bastante más cruel, porque aquí ya no basta con una imagen atractiva y el libro tiene que demostrar que merece la pena, de manera que los primeros párrafos funcionan como una especie de aduana emocional en la que el lector decide si está dispuesto a entregar su tiempo, su atención y, en algunos casos, una cantidad considerable de paciencia.

Hay comienzos que nos atrapan con la elegancia de un carterista profesional y otros que avanzan con la torpeza de alguien que intenta explicarnos un sueño demasiado largo, aunque lo fascinante es que un mal comienzo no siempre anuncia una mala novela, del mismo modo que uno brillante no garantiza nada más allá de unas cuantas páginas de esperanza, porque todos hemos leído libros que arrancan con una frase inolvidable y se desploman poco después, y también hemos sobrevivido a novelas que comienzan con la energía de un manual de instrucciones y terminan siendo extraordinarias. El comienzo es, por tanto, una prueba de fe en la que seguimos leyendo porque confiamos en que el libro mejorará, aunque a veces esa confianza resulte tan irracional como apostar por un caballo que ya ha tropezado tres veces antes de abandonar el establo.

 

ARGUMENTO: El suspense, ese truco que funciona incluso cuando no debería

La industria editorial conoce perfectamente la diferencia entre una novela buena y una novela adictiva, igual que la conoce Netflix, que ha convertido el suspense en una especie de ingeniería emocional aplicada al sofá mediante capítulos breves, información cuidadosamente dosificada, finales suspendidos, secretos familiares, cadáveres que aparecen oportunamente en la página treinta y personajes que saben algo que el lector todavía ignora, mecanismos todos ellos que funcionan con una eficacia casi industrial y que, pese a lo que pudiera parecer, tienen poco de nuevos, porque Dickens ya comprendió sus virtudes cuando publicaba por entregas y Dumas entendió mucho antes que cualquier ejecutivo de streaming que dejar a alguien colgado en el momento adecuado constituye una forma extraordinariamente eficaz de conseguir que regrese. El problema aparece cuando confundimos esa habilidad con toda la literatura, como si la única forma legítima de escribir consistiera en mantener al lector en un estado de ansiedad permanente y cada novela necesitara un cliffhanger por capítulo y un cadáver cada cien páginas para justificar su existencia, cuando la realidad es bastante menos dramática y aquello que verdaderamente nos empuja hacia delante no es necesariamente la intriga, sino algo mucho más difícil de fabricar: el interés, esa fuerza misteriosa que consigue que queramos saber qué será de Emma en Madame Bovary aunque Flaubert no necesite esconder cadáveres, que nos mantiene leyendo Anna Karénina aunque conozcamos el final desde hace más de un siglo y que nos hace acompañar a Don Quijote durante cientos de páginas sabiendo que, tarde o temprano, volverá a confundir la realidad con alguna cosa que ha leído. Se suele decir que el lector medio abandona un libro si después de cuarenta páginas no ha ocurrido nada, aunque ese mismo lector puede pasar centenares esperando pacientemente a que Proust termine de recordar una magdalena, lo que demuestra que la coherencia humana, como tantas otras cosas, está considerablemente sobrevalorada.

PERSONAJES: La verdadera razón por la que seguimos leyendo

Podemos perdonar muchas cosas a una novela si queremos continuar viviendo junto a sus personajes, incluso podemos perdonarle que apenas ocurra nada, porque probablemente ahí se encuentre la diferencia fundamental entre las novelas que permanecen y aquellas que simplemente consumimos: de las segundas recordamos lo sucedido, mientras que de las primeras recordamos a quién le sucedió, razón por la cual Sherlock Holmes ha sobrevivido ampliamente a muchos de sus misterios, Don Quijote es infinitamente más importante que cualquiera de sus aventuras y resulta difícil recordar con precisión todo cuanto sucede en Cien años de soledad, pero casi imposible olvidar a los Buendía.

El personaje convierte la curiosidad en vínculo y hace que dejemos de preguntarnos «¿qué ocurrirá?» para empezar a preguntarnos «¿qué le ocurrirá?», una diferencia aparentemente insignificante que contiene buena parte del secreto de la ficción, aunque para conseguirlo ese personaje necesite poseer contradicciones, porque los perfectamente buenos suelen resultar insoportables y los perfectamente malos terminan pareciéndose demasiado a villanos de dibujos animados, mientras que nos interesan quienes desean una cosa y hacen otra, quienes se equivocan, quienes se justifican miserablemente y quienes descubren demasiado tarde aquello que el lector comprendió cincuenta páginas antes. En definitiva, nos interesan las personas, o al menos esa extraña imitación de las personas que la literatura lleva siglos intentando fabricar con mayor o menor fortuna, porque un personaje perfecto puede ser admirable durante cinco minutos, pero después de cincuenta páginas uno empieza a desear que el autor tenga la amabilidad de atropellarlo.

 

FINAL: Lo que queda cuando cerramos el libro

Después está el estilo, ese invitado al que solo echamos de menos cuando no está, porque existe cierta tendencia contemporánea a tratar la escritura como una decoración añadida al argumento, algo semejante a escoger unas cortinas bonitas después de haber construido la casa, olvidando que en literatura las paredes también están hechas de palabras y que no existe realmente una historia separada de la manera en que se cuenta, puesto que una frase puede obligarnos a detenernos, una descripción puede conseguir que veamos una habitación en la que jamás hemos estado y un diálogo puede revelar mucho más sobre alguien mediante aquello que calla que mediante aquello que dice. Eso también engancha, aunque lo haga de una manera menos aparatosa, y explica por qué seguimos leyendo a Nabokov aunque dedique páginas a cosas que otro escritor resolvería en tres líneas o a Hemingway aunque haga aproximadamente lo contrario, porque ninguno poseía la fórmula y, afortunadamente, la fórmula no existe, ya que de existir habría sido empaquetada hace tiempo, comercializada y convertida en un curso online de 49,99 euros con algún título que incluyera inevitablemente las palabras «escribe tu bestseller». Quizá, por tanto, la pregunta esté mal planteada, porque una buena novela no tiene necesariamente que entretenernos desde la primera página, del mismo modo que una película lenta no es automáticamente profunda ni una novela difícil se convierte en buena simplemente porque nos haya costado terminarla, y acaso una novela funcione precisamente cuando existe una coherencia difícil de explicar entre aquello que quiere contar y la manera que ha elegido para hacerlo, cuando sus personajes parecen continuar viviendo mientras el libro permanece cerrado y cuando cada página contiene alguna razón —narrativa, emocional, intelectual o puramente estética— para pasar a la siguiente. Una gran novela añade todavía algo más, porque consigue modificarnos ligeramente sin necesidad de enseñarnos una lección ni de transformar nuestra existencia, y basta con que después de cerrarla alguna cosa del mundo resulte un poco distinta, ya sea una ciudad, una relación, una época, una ballena, una familia o incluso nosotros mismos, de manera que quizá la diferencia pueda resumirse de una forma bastante sencilla: sabemos que una novela nos ha atrapado cuando no podemos dejar de leerla, pero sabemos que era realmente buena cuando, después de terminarla, tampoco conseguimos dejarla del todo.