Comienzo a escribir, un día al azar, un diario de cuarentena. No es un diario al uso, es un compendio de momentos hilado de manera poética. Acompaño los textos de una foto relacionada, o no tanto, a veces simplemente es una imagen que me inspira o parece bella.

Como una relación esporádica que dura un día en el imaginario de la gente: foto y texto conviven.

A los pocos días, un hombre que conozco desde hace alrededor de siete años y al que nunca he visto en persona, me escribe a WhatsApp para proponerme un ejercicio, o un juego: uno le indica al otro tres palabras que deberá usar en su texto/diario al día siguiente. Acepto.

Las primeras tres palabras que me propuso él fueron: fotografía; libro; queso. Las que le propuse yo fueron: pared; agua; radio.

Lo planteamos como un divertimento. Un entrenamiento a distancia y en diferido, en el que uno vería la habilidad y destreza del otro pasadas 24 horas. Más allá de eso se convertía en una manera de invadir la intimidad del día con cosas ajenas, traídas desde fuera. Y más allá todavía, significaba una alianza, un saludo a través de la pantalla y un encuentro mínimamente acordado, siempre con el beneficio de la duda de si aparecerá o no el escrito.

Yo lo había ideado como una forma de, en tres pequeños párrafo, con no más de 200 palabras, percibir lo que había sido el día y en qué se resumía la esencia de este. Aparte de los muchos conflictos y pareceres políticos, sociales y económicos que suceden. Algo mío. De mi experiencia en cuanto al confinamiento; más emocional. Por eso, cuando Josep me propuso partir de estas tres palabras yo tuve que tomar conciencia y preguntarme si, también con ellas era posible hablar de lo que me acontecía sin acogerme a la ficción.

Y así sucedió. No sólo eso, sino que era inevitable la existencia de esos elementos: estaban ahí, sólo requerían que yo mirase con más atención, que perturbase a mi vista con la premisa “esos objetos pertenecen a tu día a día”.

Por eso, cuando gente de mi alrededor me pide mi opinión al respecto de lo que está ocurriendo: la pandemia, las muertes, la sanidad pública, los ERTE, la cultura, lo social, lo íntimo, las relaciones, las miles de diferencias a la hora de vivir esta alarma entre unos y otros, su idiosincrasia, etc. Yo les remito a ese diario, porque es mi manera, ahora mismo, de analizar lo que sucede: a través de mí. Y creo que es, también, la única válida.

Yo no soy analista político, sociólogo, economista, periodista. Ni siquiera puedo considerarme una persona a la que haya que escuchar divulgar una ideología, pese a ser individual y subjetiva, pues en estos momentos el silencio y la atención crítica es un aliado. Son muchos los que están aprovechando las circunstancias para hacer eco de valores corroídos, llenos de furia, de odio, de nostalgia. Y estas opiniones, lejos de unirnos ante una lucha que no posee bando, nos separa hasta casi hacernos partícipes de algunas desgracias. ¿Por qué? Porque nos manipula estar exentos de libertad.

Yo no puedo decirte qué es mejor. Quizá aprender a mirar; tener paciencia; saber estar; saber no estar; conocerse; alejarse; respirar; seleccionar tres palabras al azar y vivir el día a través de ellas.

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