«El blues es fácil de tocar, pero difícil de sentir». Lo dijo Jimi Hendrix, que sabía de ambas cosas. Y aunque hablaba de guitarras y almas bien podría haber estado describiendo la relación entre Francia y el blues: un país que tardó décadas en comprenderlo de verdad, pero que una vez lo hizo ya no pudo dejar de escucharlo.

Francia siempre ha tenido un talento especial para enamorarse de lo que no inventó. El cine, la novela negra, el rock, el existencialismo americano… y, por supuesto, el blues. Pero como ocurre con los romances verdaderamente franceses, este empezó con un malentendido. No con un flechazo ni con una epifanía sino con esa clase de confusión elegante que solo puede darse en un café de Montparnasse, entre humo de Gauloises y un camarero que jamás sonríe.

«Porque antes de amar el blues Francia amó el jazz. Y lo hizo con la intensidad de quien cree haber descubierto la vida en un sótano de Saint-Germain-des-Prés»

Porque antes de amar el blues Francia amó el jazz. Y lo hizo con la intensidad de quien cree haber descubierto la vida en un sótano de Saint-Germain-des-Prés. Durante las Années folles, París seguía viviendo la fascinación que había despertado años antes la banda militar dirigida por James Reese Europe y más tarde músicos como Sidney Bechet que encontraron en la capital francesa un lugar mucho más hospitalario que muchos escenarios estadounidenses. Pero el blues, ese primo rural y terroso, viajaba escondido dentro del jazz, como un polizón sentimental. Francia lo escuchaba sin saber que lo estaba escuchando. Como quien bebe un vino sin mirar la etiqueta.

Si hubo un momento fundacional fue la gira de Big Bill Broonzy en 1951. Para muchos franceses fue la primera vez que el blues dejó de ser un eco escondido dentro del jazz para convertirse en un lenguaje propio. Poco antes, figuras como Lead Belly habían pasado fugazmente por Francia aunque su huella fue mucho menos profunda. Hasta entonces, el blues era un fantasma sonoro: se intuía, se filtraba, pero apenas tenía nombre. Broonzy llegó con una guitarra, una voz áspera y una claridad que hizo comprender que detrás de aquellas canciones existía toda una tradición.

Cuenta una historia repetida durante años en los círculos musicales parisinos que un crítico describió a Lead Belly como «un campesino medieval tocando un instrumento africano mientras invocaba a los espíritus«. Nunca ha podido comprobarse si la anécdota ocurrió realmente, pero resume bastante bien el desconcierto que produjo aquella música entre parte del público francés. No sabían muy bien si estaban escuchando folclore, protesta, literatura oral o una forma de espiritualidad. Probablemente era todo al mismo tiempo.

La llegada del vinilo, del transistor y de los soldados estadounidenses destinados en Francia tras la Segunda Guerra Mundial hizo el resto. El país descubrió que aquel sonido que tanto le fascinaba tenía raíces, genealogía y una historia inseparable del dolor, la migración y la resistencia. Y eso naturalmente despertó todavía más interés. Francia siempre ha sentido una extraña fascinación por convertir el sufrimiento en materia estética.

«Francia siempre ha sentido una extraña fascinación por convertir el sufrimiento en materia estética»

A finales de los años cincuenta y durante los sesenta, Francia decidió que ya era hora de encontrar su propia voz dentro del blues. No una copia, ni una simple traducción, sino una forma de hacerlo dialogar con la chanson, el jazz y cierta melancolía típicamente francesa.

Henri Salvador, con letras de Boris Vian, grabó en 1958 Le Blues du Dentiste, una deliciosa parodia que demostraba hasta qué punto el blues ya había penetrado en la cultura popular francesa. Poco después, Colette Magny alcanzó notoriedad con Melocoton, escrita junto al guitarrista estadounidense Mickey Baker, que terminó instalándose en Francia seducido por una ciudad donde los músicos de blues encontraban una acogida poco habitual al otro lado del Atlántico. En los años setenta, el blues francés dejó definitivamente de ser una curiosidad para convertirse en una auténtica escena musical. Cisco Herzhaft, Chris Lancry, Mike Lécuyer, Benoît Blue Boy, Bill Deraime, Patrick Verbeke o Paul Personne demostraron que el blues podía cantarse en francés sin perder autenticidad. El dolor, después de todo, también podía conjugarse en pasado simple.

París nunca aspiró a convertirse en la capital mundial del blues. Le bastaba con ser la capital de casi todo lo demás. Sin embargo, terminó acogiendo a una de las grandes figuras del género: Memphis Slim. El pianista estadounidense se instaló en la ciudad a comienzos de los años sesenta y permaneció allí hasta su muerte en 1988. Con el tiempo recibió incluso la distinción de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, una forma muy francesa de agradecer a un músico extranjero que hubiera enriquecido el patrimonio cultural del país.

Los clubes como Les Trois Mailletz o el Hot Club de France se transformaron en refugios discretos para el blues. Desde 1962, el American Folk Blues Festival convirtió además a Francia en una parada imprescindible para los grandes artistas del género. Mientras tanto, publicaciones como Jazz Hot o Soul Bag fueron construyendo una comunidad de aficionados capaces de discutir durante horas sobre armónicas, afinaciones abiertas o guitarras resonadoras. Memphis Slim solía bromear diciendo que en París encontraba más personas dispuestas a analizar un acorde de blues que en algunos clubes estadounidenses. Probablemente exageraba pero pocas frases describen mejor la pasión casi académica con la que Francia abrazó esta música.

«Memphis Slim solía bromear diciendo que en París encontraba más personas dispuestas a analizar un acorde de blues que en algunos clubes estadounidenses»

Quizá Francia y el blues se entienden tan bien porque comparten una misma obsesión: la melancolía con estilo.  Y quizá ahí, exactamente entre el lamento y el suspiro, nació una historia de amor que todavía continúa. Francia nunca inventó el blues. Simplemente lo escuchó, lo estudió, lo discutió durante horas en cafés y clubes de jazz y finalmente terminó haciéndolo suyo. Porque hay músicas que pertenecen a un lugar y otras que acaban perteneciendo a quien sabe escucharlas.