Desde luego, después de cumplir 30 años Rasputín había evolucionado hacia otra cosa. Ya nunca más iba a ser un simple campesino vicioso, holgazán, marrullero y libinidoso. Ahora su modo de vida iba a encontrar unas vestiduras sagradas, una leyenda.

Entre ese punto de su vida y su llegada a San Petersburgo en 1903, Rasputín entró en contacto con una espiritualidad mística aprendiendo, además, a su manera, los rudimentos de la ortodoxia religiosa de la fe oficial. Fue una especie de autodidacta, desde luego nunca, ni siquiera en sus años de esplendor cortesano, perteneció de forma oficial a ningún estamento clerical y desde luego jamás fue ordenado sacerdote ni nada que se le pareciera. Peregrinó hacia los principales monasterios de la Rusia siberiana, empezó a tener visiones y a sentir cómo la divinidad se depositaba dentro de él. Dejó de beber y de fumar y se abstuvo de comer carne: esto último lo mantuvo hasta su muerte, a pesar de que era un glotón con los dulces y de que sus cogorzas en la corte adquirieron magnitud de leyenda. Parece que su devoción se derramó especialmente sobre San Simeón de Verjoturie, un santo del siglo XVII que vivió como un anacoreta en aquella región y que estaba enterrado en el monasterio Nikolaev de Verjoturie, un histórico centro religioso de peregrinación fundado por los zares ruríkidas (la dinastía que precedió a los Romanov) en el siglo XVI. En este monasterio, según su propia confesión, encontró la paz espiritual: San Simeón, parece, “le curó el insomnio”. Las reliquias de este santo tenían fama de poseer propiedades curativas y fue aquí donde empezó a correrse la voz por toda Siberia de que el campesino Gregori podía sanar y profetizar. Volvió muchas veces a lo largo de su vida a este monasterio, primero desde su aldea y más tarde, desde la capital del imperio. Allí empezó también a concitar el interés de las mujeres piadosas, que se acercaban a él atraídas por el halo místico que ya lo envolvía. Su vida estuvo ligada desde entonces a este santo Simeón, incluso en la muerte. Uno de sus primeros regalos a la zarina fue un icono de Simeón de Verjoturie, cuyas reliquias, en 1918, fueron destruidas por los bolcheviques.

«Después de cumplir 30 años Rasputín había evolucionado hacia otra cosa. Ya nunca más iba a ser un simple campesino vicioso, holgazán, marrullero y libinidoso. Ahora su modo de vida iba a encontrar unas vestiduras sagradas, una leyenda»

De sus visitas a aquellos monasterios también se trajo un hondo conocimiento de la condición humana, pues comió, durmió, rezó y trabó amistad con infinidad de fenotipos humanos distintos. También se trajo consigo lo que Radzkinsky llama “un sentido de la catástrofe que se cernía sobre los Romanov” puesto que, además de aprender las historias de los Evangelios también escuchó multitud de profecías, antiguas y nuevas, que se intercambiaban en estos lugares de culto como mercancía entre los caminantes que cruzaban el imperio ruso en todas las direcciones. Todo eso lo fue sin duda acumulando en las alforjas de las que más adelante, ante los personajes más poderosos de Rusia, metería la mano para representar el papel de su vida.

Rasputín se convirtió en un “demente santo”, una figura pintoresca de raigambre profunda en la psique rusa pues existieron desde la Edad Media personajes que erraban mendigando a lo largo de miles de verstas, viviendo de la caridad, a menudo desnudos y como idos, murmurando plegarias apenas comprensibles: tipos a los que la sociedad tomaba por idiotas pero que en realidad se entregaban a una vida de privaciones, injuria y castigo físico como forma de expiar sus pecados anteriores y ganarse la santidad a través de la emulación del calvario de Cristo. Por ello, además de vilipendiados, también eran con frecuencia venerados y en todo caso, respetados siempre, pues causaban impresión a su paso por las aldeas y se los creía a menudo seres con dotes providenciales, capaces de hablar con Dios pero también con el Diablo. Aunque en aquellos años las figuras de los dementes santos no eran corrientes, su recuerdo perduraba, acaso en la literatura y en la transmisión oral entre los campesinos.

Rusia, en su proceso de expansión desde el oeste hacia el este por los Urales a partir del siglo X, había llevado la fe cristiana a las inmensidades siberianas llenas de bosques inabarcables, a la tundra y a la estepa. En ese territorio infinito la doctrina se había mezclado con los ídolos precristianos configurando una fe popular prácticamente alternativa a la promulgada por la Iglesia oficial. Esta fe mestiza atribuyó a la simbología pagana milenaria (plagada de genios tutelares, de númenes y de espíritus protectores, benefactores y también malignos, así como de ritos misteriosos emparentados con el orfismo griego, por ejemplo, o con los ritos druídicos) los poderes y las características de las nuevas enseñanzas cristianas. Aquellos residuos paganos perduraron en el tiempo alimentándose además de cismas como el que tuvo lugar en el siglo XVII, cuando entre el zar Alejo y su hijo Pedro, el legendario Pedro el Grande, reformaron la iglesia ortodoxa sujetándola al poder terrenal del zar y aboliendo la institución del Patriarcado. Todos los disidentes y los que se resistieron a las transformaciones políticas y doctrinales de la iglesia oficial encontraron refugio en las comunidades siberianas en las que, a menudo conviviendo junto a los grandes monasterios y santuarios, proseguían su actividad herética manifestaciones alternativas del cristianismo muy antiguas que estaban llenas hasta la médula de ritos y liturgias paganas. Eran verdaderos cenáculos impregnados de una tenebrosa santidad donde solían venerarse reliquias como las de San Simeón, iconos y se leían en voz alta las sagradas escrituras; eran claustros lo doctrinalmente permitido se confundía muchas veces con lo proscrito sin que se supiera establecer bien el límite, todo sahumado con la vaporosa sensualidad de la religiosidad rusa. En una de estas manifestaciones heréticas, la de los jlisti, pareció encontrar Rasputín las respuestas a las preguntas que había llevado siempre dentro de sí.

«Lo que los hacía famosos era su creencia radical en el arrepentimiento a través del pecado: se entregaban al delirio sexual como forma de exorcizar tanto a hombres como a mujeres en encuentros lascivos ambiguos que darían fama mundial a Rasputín»

Resumiendo mucho, los jlisti eran una hermandad de flagelantes, una secta, cuya tradición al parecer se remontaba quinientos años atrás. Eran una suerte de gnósticos que confiaban en llegar al verdadero conocimiento de Dios por sus propias experiencias, a través de un aprendizaje que incluía el sufrimiento físico y moral tanto como el “regocijo”. Todo esto es fundamental para entender la figura de Rasputín y su influencia sobre los zares, especialmente sobre la zarina. Lo que los hacía famosos era su creencia radical en el arrepentimiento a través del pecado, una práctica de inconfundible aroma pagano: se entregaban al delirio sexual como forma de exorcizar tanto a hombres como a mujeres en encuentros lascivos ambiguos que darían fama mundial a Rasputín, siendo inicio de toda una rumorología que trascendió a la propaganda política y a la literatura de pastiche. Los jilisti se organizaban en comunidades clandestinas en torno a un “Cristo” o “Virgen”, siempre considerado “anfitrión” que guiaba espiritualmente a los adeptos y que establecía con ellos vínculos muy fuertes puesto que de él emanaba la liberación místico-erótica de todos, lo cual era la razón de ser de la secta. Rasputín llegó, parece evidente, a alcanzar esta categoría al final de su vida. Después de cada “liberación”, que podía darse en orgías grupales o en “confesiones” privadas (de este modo se estableció Rasputín en San Petersburgo, ganando fama por toda la ciudad), el liberador y el liberado, con frecuencia liberada, seguían, según el grado de afinidad entre ellos, unidos en una actividad de proselitismo que terminaría, en el caso de Rasputín, con la creación de un asombroso círculo en torno a su desgreñada figura compuesto casi en su totalidad por muchas de las más distinguidas damas de la alta sociedad petersburguesa.

Los jlisti también tenían fama de sanadores mágicos pues se sospecha que de algún modo conocían hierbas y componentes químicos extraídos de la naturaleza con los que elaboraban fórmulas que les valían ese aura de terapeutas milagreros. Fue, con toda probabilidad, con esto con lo que Rasputín se hizo un sitio en el palacio imperial pues su presencia, queda demostrado por infinidad de testimonios, parecía obrar una increíble paz y bienestar sobre la salud del enfermizo zarévich hemofílico. También parece fuera de toda duda la fidelidad, espiritual y carnal, de Alejandra a Nicolás, tema central de las diversas campañas de descrédito, infamantes, con que los enemigos de la autocracia cebaron su propaganda especialmente a partir de 1914. No hay pruebas sólidas de que  la zarina estuviera involucrada en ningún “exorcismo” jlist, ni con Rasputín ni con nadie más: la fascinación que a Alejandra le provocaba Rasputín, con seguridad, era de un tipo emocional, por un lado, y místico-religioso, por otro. No hay que olvidar que, con el paso de los años, el aislamiento de los zares respecto a la vida cortesana en San Petersburgo redujo mucho las personas con las que los monarcas podían desahogarse con familiaridad.

El ciclo exorcizador de los jlisti se completaba con una fase imprescindible de arrepentimiento y contrición que seguía siempre a los excesos de todo tipo. Las ceremonias en grupo que degeneraban en bacanales previa danza frenética, supuestamente acompañadas de un desenfreno también etílico, por supuesto se producían lejos de la mirada del público, en secreto: pocos no iniciados podían acercarse a este tipo de rituales puesto que la herejía estaba condenada oficialmente. Al propio Rasputín se le acusó, estando ya bien establecido en la corte, de una serie de conductas inapropiadas en algunas de estas capillas, conocidas como “arcas”, e incluso de violar a una mujer, hecho no resuelto del todo que debió tener lugar antes de 1903 en una capilla jlisti que había montado en su propia casa de Pokróvskoie. Gracias a la mano del zar, todas estas acusaciones de abusos y herejía quedaron enterradas convenientemente, a pesar del empeño de los enemigos de Rasputín por desacreditarlo ante los emperadores. Aunque el principal motivo de preocupación para Nicolás desde el día de la coronación fue proteger la corona y el legado de los siglos que pesaba sobre sus hombros, para entregárselo inmaculado a su hijo en el futuro, siempre hizo oídos sordos a la principal acusación de entre todas las que señalaban a Rasputín: la de que estaba destruyendo desde dentro la institución de la monarquía. Lo cierto es que aunque Rasputín no fuera consciente de ello ni trabajara para lograrlo, en toda Rusia, de arriba hacia abajo, se completó la trágica pérdida de respeto por los zares y por la corona, en gran medida por culpa de la insinuación permanente de que era él, y no los antaño venerables padrecitos del pueblo ruso, los que manejaban el timón del imperio.

«Lo cierto es que aunque Rasputín no fuera consciente de ello ni trabajara para lograrlo, en toda Rusia, de arriba hacia abajo, se completó la trágica pérdida de respeto por los zares y por la corona»

A efectos prácticos, Rasputín operaba como una carcoma sobre las vigas de madera de la autocracia rusa: frente a su impenetrable figura se congregaron grandes duques militaristas ultraconservadores enfadados, cuadros paramilitares de extrema derecha, políticos e intelectuales liberales, facciones enfrentadas de la dinastía Romanov, la Iglesia oficial, los grupos más progresistas de la Iglesia (sus antiguos protectores), princesas despechadas y socialdemócratas revolucionarios. Sólo los bolcheviques advirtieron su potencial como dinamita del régimen.

Radzinsky confirma que casi todas las “fábulas” en torno a Rasputín y su extraña relación con los zares “procedían de las cortes de los otros grandes duques, molestos por el trato de favor que demostraba Nicky hacia sus primos Pedro y Nikolai Nikoláievich”, los grandes duques esposos de las princesas montenegrinas que lo introdujeron en palacio. Parece que todo su periplo antes de llegar a San Petersburgo le había avejentado el rostro pero aportado, a cambio, “un conocimiento infalible de las personas” como decía antes. Rasputín tenía dos formidables habilidades que marcaron su paso por la corte: su capacidad para ir por libre terminaba irritando incluso a sus propios padrinos, que siempre eran personajes de mayor o menor fortuna cuyo interés en promocionarlo escondía un poco disimulado afán de intercesión ante los zares. Rasputín se daba cuenta en seguida y se aprovechaba al máximo de ellos, hasta que dejaban de interesarles, lo cual no dejó de crearle enemigos en San Petersburgo hasta el final pues es sabido que hay poca gente peor que la interesada que ve frustrada su ambición por la indiferencia del adulado.

La segunda gran habilidad de Rasputín era una increíble fortaleza física, un dominio absoluto sobre su embriaguez: desde 1905 las llamadas de palacio podían sucederse a cualquier hora, y generalmente Rasputín, sobre todo en los últimos años, estaba borracho desde por la mañana. Como por arte de magia, Rasputín se despejaba en lo que tardaba en llegar a palacio, de modo que siempre, siempre, se presentaba ante los zares perfectamente sobrio. Este era uno de los motivos por los que Nicolás y Alejandra desconfiaban abiertamente de todos los informes negativos sobre su extraño consejero que les llegaban desde las más diversas instancias. Esto lo confirman, en el libro de Radzinsky, las numerosas notas recogidas en el expediente de la Comisión de los policías encargados de vigilarle por toda la ciudad: Rasputín, puesto bajo vigilancia por todos los primeros ministros y responsables de seguridad de los gabinetes imperiales, no daba un paso sin que los hombres encargados de ejecutar la política del zar lo supieran. Ninguno pudo con él, a pesar de encontrarse de frente con alguno de los más temibles hombres de Estado de la Rusia zarista.

Rasputín apareció por San Petersburgo en 1903 “con botas gastadas, abrigo de indigente, barba enmarañada y el pelo peinado como el de un camarero de hostal”, tal y como lo describió un monje de la abadía de Alejandro Nevski. Allí fue Rasputín con la idea de conocer al obispo Sergio Feofán, rector del Seminario de Teología. Venía recomendado por un archimandrita de Kazán y se alojó durante un tiempo en la abadía. Sus protectores pertenecían a una de las facciones más, digamos, progresistas, abiertas al cambio, de la jerarquía eclesiástica rusa del momento: era gente que mantenía discusiones de calado teológico y político con algunos intelectuales de Moscú y San Petersburgo, por ejemplo. Ya lo avalaba su fama de curandero y de profeta, y encandiló muy pronto a la alta sociedad en un momento crítico para Rusia puesto que las noticias que llegaban de la guerra contra los japoneses, al otro lado del imperio, eran cada vez peores: a través de Feofán conoció a las princesas montenegrinas, a las grandes duquesas. Éstas le franquearon con toda probabilidad el paso a palacio. Después de dos años en la capital, tenía una fama muy extendida de ser un “hombre de Dios” cuya conversación cautivaba precisamente por lo parca y misteriosa que la convertía con sus silencios, sus miradas, sus hipnóticos ojos y su comportamiento impredecible.

«Rasputín resultaba a esas alturas imprescindible para la zarina, quien creía a ciegas en que era un escudo que protegía a su marido, a sus hijos y a ella misma, de los males que en número cada vez mayor, los acechaban»

“Rasputín es la encarnación del diablo y llegará el día en que Dios le castigue a él y a aquellos que le protegen”. Esto lo escribió el mismo Sergio Feofán ocho años después, en 1913. También las grandes duquesas montenegrinas, las princesas negras, renegaron de él y se separaron de la zarina. El círculo de máxima intimidad en Tsarkoie Seló se redujo notablemente con el paso del tiempo. Rasputín resultaba a esas alturas imprescindible para la zarina, quien creía a ciegas en que era un escudo que protegía a su marido, a sus hijos y a ella misma, de los males que en número cada vez mayor, los acechaban. Esta es la razón por la que Alejandra lo defendió como una leona contra todos, incluso contra su propia hermana, de la que también se distanció con el tiempo a causa del “hombre de Dios”. Nicolás lo toleraba aunque su naturaleza era mucho más voluble que la de su mujer: ella misma lo sabía y siempre se lamentó amargamente por no haber estado presente cuando los generales forzaron a Nicolás a abdicar en el tren blindado que lo traía a Petrogrado en 1917. Ella sabía que a Nicolás le afectaba la opinión de su familia, la opinión de los ministros, la opinión, incluso, de los periódicos. A Alejandra todo aquello le daba lo mismo, desdeñaba las acusaciones de depravación y lascivia que caían sobre Rasputín por todas partes porque según parece entendía su condición de “demencia santa”. Escribe Radzkinsky que “el concepto de demencia santa era una explicación de los peculiares actos de Rasputín. El conocimiento y familiaridad de los zares respecto a este concepto les permitía desechar las acusaciones de depravación”. Estas acusaciones terminaron siendo algo más que fabulaciones de la corte: al despacho de Nicolás llegaron puntualmente los informes de la policía con una detallada descripción de los vagabundeos de Rasputín por los prostíbulos de San Petersburgo y de sus escándalos, borracho perdido, en famosos locales de la ciudad. Hubo momentos en los que parecía que buscaba a las prostitutas de manera compulsiva, como si algo lo atormentara y hubiera de expiarlo con la humillación constante. Pero el efecto que estos informes producían en la pareja imperial era justamente el contrario del que buscaban los instigadores: Nicolás, con su imperturbable amabilidad, los despedía a todos sin comprometerse a nada, para acto seguido informar a la zarina de las nuevas acusaciones. A Rasputín no le hacía falta persuadir a los zares de su supuesta inocencia puesto que era Alejandra, principalmente, la primera que ponía la cruz con furia sobre cualquiera que osara deslizar en su presencia una sombra sobre la reputación del tan querido consejero.

«En el último lustro de su vida, Rasputín hizo muchísimo dinero, cantidades ingentes de rublos y regalos fastuosos entraban sin parar en sus distintos domicilios»

En el último lustro de su vida, Rasputín hizo muchísimo dinero, cantidades ingentes de rublos y regalos fastuosos entraban sin parar en sus distintos domicilios. Luego, tras su muerte, se comprobó que no quedaba nada: tal y como lo cogía, gastaba el dinero en fiestas, alcohol, prostitutas, o directamente lo regalaba a manos llenas, sin un criterio fijo. A su alrededor se constituyó un auténtico gabinete, tenía hasta secretaria y una agenda. Lo cercaban los pedigüeños, particularmente las pedigüeñas. En su “consulta” se agolpaban decenas de mujeres, no todas ricas, que querían a toda costa experimentar el impúdico “regocijo” espiritual del que se hablaba en todas partes y que Rasputín, al parecer, terminó llevando a cabo asiduamente en una estancia íntima separada del salón en el que cada día se reunía su impresionante gineceo. Pero no todas eran experiencias sexuales, incluso al final de su vida, probablemente exhausto y embotado por el alcohol y el sentido del fin que él veía por todas partes, repudiaba a todas aquellas mujeres que se ofrecían a él al primer encuentro. Rasputín parecía buscar el dolor, el propio y el ajeno. Los periodistas, a esas alturas, lo asediaban tanto como los policías y los admiradores. Se acercaba a él toda clase de gente. Regresaba de cuando en cuando a su pueblo natal, en escapadas de las que lo sacaba cada vez con más insistencia Alejandra, que no podía vivir sin él. En  el verano de 1914, en uno estos viajes a Pokróvskoie, una mujer lo acuchilló en la barriga. El momento era muy especial: Rusia estaba a punto de declararle la guerra a Austria y a Alemania y de salir en ayuda de Serbia. Rasputín, desde su llegada a la corte, se había opuesto radicalmente a la guerra que desde 1904 se barruntaba en Europa. Hay quien ha sugerido recientemente que su mismo asesinato fue una operación encubierta de los servicios secretos británicos para alejar cualquier posibilidad de que Rasputín convenciera al zar de sacar a Rusia de la guerra.

En todo caso, parece que desde 1914 la sensación de que sus enemigos, cada vez más y mejor organizados, iban a matarlo, cundió con gravedad en su ánimo. Parecía intuir los complots porque estaba familiarizado con ese inconfundible olor de la intriga y la muerte. No en vano, en el libro de Radzinsky se sugiere que Rasputín pudo estar involucrado en el asesinato de Stolypin, el gran primer ministro ruso entre 1906 y 1911, implacable con el terrorismo revolucionario desde su puesto también como ministro de Interior (en la Rusia de Nicolás II, ambos cargos iban de la mano, de modo que la destitución del cargo de responsable de la policía era el prólogo de la destitución al mando del gabinete) y su adversario en la corte. Hay quien cree que Stolypin fue la última oportunidad real que tuvo el zar para salvar su corona y su imperio. Su choque personal con Rasputín fue inevitable puesto que la personalidad del estadista se inclinaba hacia una modernización del país despejando los salones de palacio de toda suerte de magos y curanderos, de los que entonces Rasputín era el máximo exponente. Ni se fiaban ni se tragaban el uno al otro, y Stolypin insistió a menudo ante el zar en la necesidad de desterrarlo de San Petersburgo, o incluso de quitarlo de en medio. Eso lo hacía odioso a los ojos de la misma emperatriz e incluso a los de Nicolás, que sin embargo dependía de la fuerza, sagacidad e inteligencia del primer ministro: los eficaces resultados de sus políticas en el período más crítico de la monarquía, después de 1905 y el establecimiento de la Duma, ataban su destino al de Nicolás. Rasputín lo derrotó y en el expediente de la Comisión se cita un extraño viaje a Nizhni Nóvgorod diez días antes del asesinato en Kiev de Stolypin que sugiere que Rasputín conocía la, por fin, firme determinación de Nicolás de dejar caer a Stolypin y relevarlo al frente del gobierno. La muerte del gran hombre en la ópera de Kiev elevó a Rasputín a una misteriosa posición de profeta. Comenzó a dar miedo al ejército de intrigantes que medraba a los costados de palacio. Se hizo todavía más oscuro, más poderoso, y más impredecible.

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