Érase que se era, en los Teatros Luchana, una sala de princesas repleta entera. Bella (Olivia Lara), Blancanieves (Carmen Calle) Aurora (Masi Rodríguez) y Cenicienta (Isabel Morán) protagonizan No me toques el cuento, dispuestas a contar la verdad de lo que ocurre tras el “felices para siempre”.

Olivia Lara, además de coprotagonizar el espectáculo, dirige el proyecto que surgía de una función que ella misma creó para sus alumnos. “Todo nace de seguir viendo las películas Disney de adulta y ver cómo mientras yo cambiaba, ellas se quedaban igual” comenta. Desde entonces, No me toques el cuento ha sufrido una gran transformación, de durar 40 minutos en su primera versión, a durar casi dos horas actualmente. Las renovaciones constantes de fragmentos y nuevos elementos como las canciones mantienen a esta comedia fresca y actual. La interpelación al público y espacios para la improvisación dotan al espectáculo de un carácter nuevo e imprevisible, lo que hace a cada función única. Isabel Morán ha sido la única actriz que se ha mantenido desde el inicio en el elenco, pues al principio Lara se dedicaba exclusivamente a la dramaturgia. “He tenido la oportunidad de ver cómo se han ido limando todos los aspectos y cómo iban encajando de manera súper guay” comenta Morán. “Al principio teníamos un guion cerrado, pero ahora hemos llegado a un código en el que tenemos la función y lo que nos aporta el público para jugar con ello” continúa. Carmen Calle y Masi Rodríguez se incorporarían al proyecto más tarde, la primera en 2019 sustituyendo en dos bolos a la actriz principal que hacía de Blancanieves y en abril de 2021 pasaba a ser titular del mismo personaje. Masi, por su parte, fue la una de las primeras opciones para interpretar a Bella, antes de que Olivia se enfundase el vestido amarillo, sin embargo, por compromisos profesionales previos, no pudo aceptar. No sería hasta después de la pandemia se uniría a la compañía como cover de Aurora, pero con la premisa de que su personaje sería Blancanieves. “Era horrible la sensación de estar haciéndome con este personaje que me gusta mucho, especialmente con la canción final, y tener que desprenderme él para hacer Blancanieves” recuerda Masi. Resumiendo, en palabras de Carmen, “ha sido todo un puzzle que al final ha encajado perfectamente”. Cabe destacar a un miembro más del equipo, Juan Barahona, quien, aparte de ser técnico de luces, ha llegado a sustituir a algún personaje e interpretar a alguna princesa.

Sobre el escenario, nuestras clásicas princesas están ya un poco cansadas de su cuento y, en un acto de rebeldía, se ponen en huelga frente a la narradora y, esta vez, son ellas las responsables de hacer pública su historia. Después de comer perdices, las cuatro se encuentran en puntos delicados en sus vidas y mediante reuniones semanales, las unas intentan ayudarse a las otras. “Las cuatro están aprendiendo a gestionar sus emociones” explica Carmen, “y sufren un cambio durante la obra cuando se preguntan qué están haciendo con su vida”.

Cenicienta por fin pudo escapar del abuso de su madrastra, pero solo a través del matrimonio. Isabel argumenta cómo a Ceni no le han dado herramientas para enfrentarse a la vida. “No le enseñaron a querer y ahora no sabe cómo hacerlo”. Además, la querida princesa, en lugar de encontrar su tan ansiada liberación, ahora sufre el encorsetamiento de sus zapatos de cristal. “Su arma es la violencia, se ha dado cuenta de que así es como le hacen caso”.

La más infantil del grupo es la inocente Aurora, quién no ha terminado de despertar del todo. “Ella se fija siempre mucho en sus amigas, pero siempre va un poco por detrás” señala Masi y añade, “siempre le han dicho qué tiene que ser y como y hay un punto de la obra en el que, literalmente, despierta”. Así, la Bella Durmiente tiene que hacer frente a que, ni si quiera en su cuento, es la protagonista de su vida.

Por otra parte, encontramos a la dulce y tierna Blancanieves sometida a un tratamiento para la bipolaridad. “A Blanqui le molestan muchas cosas, pero como su vida ha estado dedicada a agradar, no sabe verbalizarlo y, por eso, explota” ahonda Carmen. Además, sus amigas están bastante preocupadas por su relación con el príncipe, a quien parece interesarle más los caballeros andantes que las damiselas en apuros. Así, la más bella del reino baila al filo de la navaja entre romper a cantar o sufrir un ataque de ira.

“Bella me parece el personaje más triste de todos” comenta Olivia, “creo que es la que más dolor tiene dentro”. Continúa enumerando los dos problemas principales a los que se enfrenta la hija del inventor. El primero relacionado con la relación terrible que mantiene con la Bestia, pero “como luego la ha tratado un poco bien, la ha salvado”. El segundo es el yugo que supone para ella su propio nombre, Bella, y la obsesión con mantenerse siempre joven y fresca que este conlleva.

Toda esta tensión y descontento con sus vidas se traduce en discusiones y enemistades dentro del grupo de amigas, en el que Blanqui y Bella se llevan mejor, mientras que Ceni se encarga de proteger a Aurora, que solo quiere llevarse bien con todas y encajar con el resto.

De esta manera, las cuatro amigas pasan sus reuniones, como se pasan muchas, comentando y criticando a aquellas que faltan, aunque Aurora no termina de estar muy de acuerdo.

“La princesa que no está es de la que se va a hablar mal” explica Carmen cuando se plantea la pregunta de qué nueva princesa podría unirse al grupo en un futuro. “Cronológicamente faltaría Ariel, que también tiene lo suyo” continúa. Es en este momento en el que se llega a la clave que une a todas estas princesas y que las vuelve problemáticas, y es que “los personajes en sí de las películas son magníficos […] y te sientes muy identificados con ellos al principio y todas tienen un punto poderoso. Todas empiezan con algo muy guay que luego olvidan o pierden por un objetivo de mierda” como desarrolla Olivia.

Afortunadamente, en los últimos años hemos podido ver princesas, e incluso reinas, cuyos objetivos van más allá de encontrar el amor verdadero a cualquier precio, y esto es algo que las cuatro protagonistas saben y envidian. Durante una parte de su reunión, llama la atención cómo ellas ponen de manifiesto su deseo de haber podido ser como las princesas actuales, de haber gozado de sus ventajas. “A mí me da vergüenza” admite Cenicienta “haber servido de ejemplo a varias generaciones”.

A través de la comedia, desde la más infantil y física, hasta la más adulta e irreverente, las cuatro amigas intentan poner solución a sus problemas y reencaminar su vida hacia algo que realmente les llene. Un elemento esencial para esto son las canciones, cantadas bajo un único foco que sirve de burbuja segura para que la princesa en cuestión se sincere, sin que nadie la oiga, sobre sus temores y deseos. La tipología de canción recuerda a las conocidas como “I want songs” o “canciones de yo quiero” que interpretan las protagonistas al principio de sus filmes para trasladar a los espectadores sus deseos y conseguir que estos empaticen con ellas.

En lo que refiere a la puesta en marcha del proyecto, tampoco ha sido un cuento de hadas.  Empezando por el hecho de que Teatroz es una compañía independiente, por lo que el presupuesto es más reducido que en las compañías tradicionales y asentadas. Además, la comicidad del show también supuso una complicación, en especial para Masi. “No encontraba la vis cómica de Aurora, lo pasaba fatal, pero he superado ese miedo” reconoce, “ahora descubro cosas a través de la práctica y al contagiarme mucho de mis compañeras, que son unas cómicas de la leche”.

Así, cuatro actrices que quieren a sus personajes intentan proporcionarles la justica que estos no encontraron cuando los créditos anuncian el final. Bella aboga por la liberación y devolverles la voz a aquellas princesas que no la han tenido en sus propias vidas. Blancanieves expresa por primera vez sus deseos y preocupaciones más ocultos. Cenicienta representa la importancia de la sororidad y la necesidad de luchar juntas y no de manera individual. Aurora por fin despierta y se define a sí misma sin que nadie le diga quién tiene que ser.

Cuatro amigas, cuatro historias, cuatro princesas, cuatro príncipes y unas cuantas perdices cocinadas dan lugar a un espacio de creación, crecimiento, reivindicación y muchas (pero que muchas) risas que se titula No me toques el cuento. Y colorín colorado, el cuento aún no ha comenzado.