«Los museos son lugares donde el tiempo se transforma en espacio.» — Orhan Pamuk, El museo de la inocencia. La frase, que convierte los objetos cotidianos en reliquias sentimentales, sirve para recordar que cualquier cosa, por absurda que parezca, puede convertirse en patrimonio si alguien decide que merece ser guardada, y es precisamente esa pulsión humana —la necesidad de conservar lo que otros habrían tirado sin pensarlo dos veces— la que explica por qué existen museos dedicados a relaciones sentimentales que terminaron mal, penes de ballena, mechones de cabello, fideos instantáneos o la muerte, cinco asuntos que jamás compartirían mesa en una cena pero que han logrado algo que muchas instituciones venerables envidiarían: que uno quiera entrar solo para comprobar que aquello existe de verdad.
Museum of Broken Relationships (Zagreb, Croacia)
El Museum of Broken Relationships parte de una idea tan sencilla como incómoda: cuando una relación termina, ¿qué hacemos con todas esas cosas que sobreviven a quienes se querían? Porque uno puede borrar fotografías, bloquear números y asegurar que todo está superado, pero basta abrir un cajón para que aparezca un osito de peluche, una entrada de cine o esa taza espantosa que jamás habría comprado por voluntad propia, recordándonos que los objetos poseen una resistencia al olvido mucho más obstinada que la de las personas. El museo nació de la ruptura entre los artistas croatas Olinka Vištica y Dražen Grubišić, que al repartir sus pertenencias comenzaron a bromear con la idea de crear un museo para conservar aquellos restos sentimentales; la broma se convirtió en exposición, la exposición en institución y hoy las vitrinas reúnen donaciones llegadas de todo el mundo, cada una acompañada por su pequeña historia, desde vestidos y cartas hasta objetos cuya absoluta vulgaridad es precisamente lo que los hace fascinantes. Entre ellos destaca un hacha utilizada por una mujer para destrozar los muebles de su antigua pareja después de que esta se marchara con otra, una pieza que difícilmente encontrará uno en el Louvre y que explica con una contundencia admirable el final del amor. El museo funciona porque evita convertir el desamor en una ceremonia solemne: hay tristeza, sí, pero también despecho, absurdo y una cantidad sorprendente de humor involuntario, como si al final una ruptura fuera exactamente eso, una historia enorme representada por una cosa ridícula que nadie sabe si tirar a la basura.

Cup Noodles Museum (Osaka, Japón)
El Cup Noodles Museum Osaka Ikeda demuestra que la humanidad puede convertir prácticamente cualquier cosa en patrimonio cultural si le concede suficiente tiempo, iluminación y una tienda de recuerdos, y en este caso el protagonista es Momofuku Ando, fundador de Nissin y responsable de una de las grandes aportaciones del siglo XX a la alimentación de estudiantes, trabajadores nocturnos y personas que consideran excesivo emplear más de tres minutos en preparar la cena: los fideos instantáneos. Ando desarrolló Chicken Ramen en 1958 tras numerosos experimentos realizados en una pequeña construcción situada detrás de su casa en Ikeda, un cobertizo que el museo reproduce con devoción casi religiosa para subrayar la epopeya empresarial que convirtió una idea humilde en un fenómeno global. La gran atracción permite fabricar un Cup Noodles personalizado: el visitante decora su recipiente, escoge la sopa, selecciona ingredientes y observa cómo la maquinaria lo sella, una experiencia que convierte la industria alimentaria en algo sorprendentemente parecido a una actividad extraescolar. Ando resumió su filosofía con una frase mucho más ambiciosa que el producto que terminó fabricando: «Peace will come to the world when the people have enough to eat», y quizá por eso uno entra dispuesto a reírse de un museo dedicado a una sopa deshidratada y termina descubriendo la historia de un hombre obsesionado con producir comida barata, sencilla y duradera. No convierte al ramen instantáneo en alta gastronomía, pero explica por qué alguien pensó que merecía un museo.
Icelandic Phallological Museum (Reikiavik, Islandia)
Hay pocas formas elegantes de explicarlo, así que mejor no intentarlo demasiado: el Icelandic Phallological Museum es un museo dedicado a penes, muchos penes, tantos que la colección comenzó cuando el profesor islandés Sigurður Hjartarson recibió de niño un látigo fabricado con pene de toro —Islandia tiene estas cosas— y décadas después empezó a reunir especímenes de diferentes animales hasta que mantenerlos en casa comenzó a requerir explicaciones demasiado largas. El museo conserva ejemplares de numerosas especies de mamíferos islandeses, desde diminutos roedores hasta ballenas cuyos órganos plantean desafíos museográficos bastante particulares, y también incluye una sección dedicada al folclore islandés con referencias a trolls y criaturas fantásticas, porque aparentemente limitarse a los animales existentes habría resultado demasiado convencional. Durante años faltaba una pieza evidente: un ejemplar humano, que llegó finalmente en 2011 aunque el proceso de conservación no produjo exactamente el resultado esperado. Todo esto podría haberse quedado en una broma prolongada, pero el lugar tiene algo de catálogo zoológico genuino, y ese contraste entre la seriedad científica de las vitrinas y aquello que contienen constituye buena parte de su encanto, porque uno puede recorrer kilómetros de museos contemplando lanzas, monedas y cerámicas sin hacerse demasiadas preguntas, pero en Reikiavik resulta difícil pasar cinco minutos sin formularse unas cuantas.

Museo del Cabello (Avanos, Turquía)
En Avanos, una pequeña localidad de Capadocia conocida desde hace siglos por su cerámica, existe una cueva cuyas paredes están cubiertas por miles de mechones de cabello de mujeres, una imagen que explicada así parece el comienzo de una investigación policial pero cuya realidad es solo ligeramente menos inquietante. El lugar está asociado al taller del alfarero Chez Galip y la historia más repetida cuenta que todo comenzó cuando una amiga del ceramista tuvo que abandonar Avanos y dejó como recuerdo un mechón de su cabello; Galip lo colgó en el taller, contó la historia a quienes lo visitaban y otras mujeres decidieron imitar el gesto, de modo que aquello que podía haber terminado con tres o cuatro recuerdos sentimentales alcanzó dimensiones difícilmente previsibles. Hoy miles de mechones cuelgan acompañados por pequeños papeles con nombres y datos de quienes los dejaron, y la acumulación produce un efecto extraño, situado en algún punto entre una instalación de arte contemporáneo y el escenario que un director de cine de terror descartaría por considerarlo demasiado obvio. Durante años se popularizó además la tradición de seleccionar al azar algunos nombres para invitar a sus propietarias a regresar a Capadocia, lo que ayudó a convertir la colección en atracción turística. No es exactamente un museo en el sentido en que lo son el Prado o el British Museum, pero quizá ahí radique su interés: alguien dejó un mechón para recordar una despedida, otra persona imitó el gesto y, muchos años después, existe una cueva llena de cabellos humanos que visitan viajeros llegados de medio mundo, prueba de que la cultura funciona a veces de maneras difíciles de anticipar.

Museum of Death (California, Estados Unidos)
El Museum of Death nació en California en 1995 de la mano de J. D. Healy y Cathee Shultz con una intención tan directa como ambiciosa: hacer que la gente se sintiera cómoda hablando de la muerte, aunque el procedimiento escogido para conseguirlo resulte, como mínimo, discutible. Sus colecciones han incluido objetos relacionados con funerales, fotografías forenses, instrumentos utilizados por médicos y embalsamadores, cartas y obras vinculadas a asesinos, material sobre ejecuciones y documentos de esa zona incómoda donde la historia criminal comienza a parecerse demasiado al espectáculo, y ese es precisamente el problema —y también el interés— del museo. La muerte acompaña al ser humano desde mucho antes de que inventáramos los museos y prácticamente todas las culturas han desarrollado rituales para domesticarla, explicarla o al menos colocarla detrás de una puerta; aquí sucede lo contrario, la puerta se abre y se ilumina cuidadosamente aquello que normalmente preferimos no mirar. No es un museo para todo el mundo ni pretende serlo, y tampoco es necesario compartir cierta fascinación contemporánea por los asesinos en serie para reconocer que nuestra relación con la muerte dice bastante sobre nosotros. Quizá por eso, después de recorrer vitrinas llenas de objetos desagradables, lo verdaderamente inquietante no sea lo que uno acaba de ver, sino comprobar la cantidad de gente que estaba haciendo cola para verlo.











