¿Cuál es el paisaje más bello del mundo?

La pregunta es imposible. Y precisamente por eso merece la pena intentarla.

No existe ninguna forma razonable de comparar un desierto con una catarata, una cordillera con una selva tropical o un fiordo con una llanura infinita. No hay una unidad de medida de la belleza ni una clasificación científica capaz de determinar si una montaña merece más admiración que una cascada. Son experiencias distintas que apelan a emociones distintas y que, en el fondo, resultan tan incomparables como una novela, una sinfonía o una película. Sin embargo, los seres humanos llevamos siglos empeñados en ordenar lo incomparable.

Hacemos listas de los mejores libros de todos los tiempos, de los mejores futbolistas de la historia, de las ciudades más agradables para vivir o de los discos que cualquiera debería escuchar antes de morir. Casi todas esas listas son arbitrarias, discutibles e imposibles de demostrar. Y, aun así, seguimos haciéndolas porque existe un placer evidente en defender una elección y discutirla después.

Así que hagamos lo mismo con el planeta.

Con una única regla: un paisaje por continente. Europa, África, América, Asia y Oceanía. No necesariamente los lugares más famosos ni los más fotografiados, sino cinco escenarios capaces de producir esa sensación bastante rara que aparece cuando uno contempla algo y tiene la impresión de que la naturaleza, por una vez, decidió excederse.

Naturalmente, cualquier selección de este tipo está condenada al desacuerdo. Habrá quien reclame la Patagonia, quien no perdone la ausencia del Himalaya y quien considere que cualquier lista sin Islandia nace ya defectuosa. Tendrán sus razones.

Pero estos son mis cinco candidatos.

Europa: Geirangerfjord, Noruega

Europa tiene un problema cuando compite en belleza natural: lleva miles de años siendo modificada por nosotros. Pocas regiones del continente permanecen completamente ajenas a la intervención humana. Hemos construido ciudades donde antes había bosques, carreteras donde antes había valles y urbanizaciones donde probablemente la naturaleza tenía planes bastante más interesantes. Incluso muchos de los paisajes que consideramos más bellos son, en realidad, una colaboración entre el ser humano y el entorno. Resulta difícil imaginar la Toscana sin sus villas, sus viñedos o sus hileras de cipreses. La belleza existe, por supuesto, pero en gran medida ha sido cultivada.

Noruega parece funcionar de otra manera.

Hay lugares donde la presencia humana sigue pareciendo una nota a pie de página en un paisaje cuyo protagonista continúa siendo la naturaleza. Geirangerfjord es uno de ellos. Un brazo de mar penetra decenas de kilómetros tierra adentro entre montañas que ascienden casi verticalmente desde el agua, creando una sensación de escala que resulta difícil transmitir mediante fotografías. Las cascadas caen directamente por las paredes rocosas, algunas granjas permanecen colgadas en lugares que parecen incompatibles con la agricultura y cualquier embarcación, incluso las grandes, termina pareciendo ridículamente pequeña. La UNESCO incluyó Geirangerfjord y el cercano Nærøyfjord en su lista de Patrimonio Mundial precisamente por la espectacularidad de estos antiguos valles glaciares inundados por el mar. Pero las explicaciones geológicas cuentan solo una parte de la historia.

Lo que impresiona de verdad es la sensación de insignificancia. Durante siglos, los europeos nos hemos acostumbrado a la idea de que el territorio nos pertenece. Geirangerfjordrecuerda exactamente lo contrario. Allí las carreteras parecen accidentes, las casas parecen préstamos temporales y la naturaleza transmite una impresión incómoda pero fascinante: la de que podría prescindir perfectamente de nosotros. Quizá por eso sigue siendo, para muchos viajeros, uno de los grandes paisajes del continente. Porque todavía consigue algo cada vez más raro en Europa: hacernos sentir invitados en lugar de propietarios.

África: Sossusvlei y el desierto del Namib, Namibia

Si Geiranger impresiona por todo lo que tiene, el Namib fascina por todo lo que le falta.

África cuenta con candidatos casi inagotables para ocupar este lugar. El Kilimanjaro emergiendo sobre la sabana, el delta del Okavango, las cataratas Victoria, el Serengeti o las montañas del Atlas podrían defender perfectamente su presencia en cualquier clasificación. Sin embargo, existe algo especialmente poderoso en uno de los paisajes más simples del continente.

Arena. Cielo. Luz. Y poco más.

Sossusvlei, en el corazón del desierto del Namib, demuestra que la belleza no necesita abundancia. Las enormes dunas rojizas cambian de color a medida que avanza el día, las sombras modifican constantemente las formas del terreno y la inmensidad del horizonte recuerda al visitante que la escala humana no siempre es la referencia principal del planeta. Estamos acostumbrados a vivir rodeados de estímulos. Pantallas, edificios, coches, anuncios, conversaciones, señales, escaparates. Siempre hay algo reclamando nuestra atención. El desierto elimina progresivamente todas esas capas hasta dejar lo esencial. Y cuando desaparecen las distracciones, aparece el paisaje.

Quizá el ejemplo más extraordinario sea Deadvlei, una depresión de suelo blanquecino rodeada por algunas de las dunas más altas del mundo, sobre la que permanecen los esqueletos oscuros de árboles muertos hace siglos. El contraste resulta tan extraño que parece más propio de un decorado cinematográfico que de un lugar real. Lo fascinante del Namib no es únicamente su belleza visual, sino el efecto psicológico que produce. Reduce el mundo a unos pocos elementos básicos y obliga a prestar atención a cosas que normalmente pasan desapercibidas: la forma de una sombra, la textura de la arena o la distancia hasta el horizonte. Mientras la vida moderna consiste en acumular, el desierto consiste en eliminar.

Y el resultado es inesperadamente hermoso.

América: las cataratas del Iguazú, Argentina y Brasil

Después del silencio llega el estruendo. Hay paisajes que se observan; Iguazú se experimenta. Antes de ver las cataratas ya se escuchan. Mucho antes de contemplar los grandes saltos de agua, el visitante percibe una vibración constante en el aire que anuncia la proximidad de algo extraordinario. El paisaje parece tener banda sonora propia.

Elegir un único escenario para representar a América es probablemente la tarea más difícil de toda esta lista. El continente acumula una concentración absurda de maravillas naturales: Patagonia, Yosemite, Amazonas, Gran Cañón, Salar de Uyuni, Torres del Paine, Perito Moreno o Atacama son solo algunos ejemplos.

Pero Iguazú posee una característica distintiva. Está vivo. Ocurre constantemente.

Las cataratas no son una imagen fija, sino un espectáculo permanente de energía, movimiento y ruido. El agua se precipita sin descanso entre la vegetación subtropical y genera una combinación casi excesiva de sonido, humedad, color y fuerza bruta. Las fotografías capturan una parte de la experiencia. Muestran la enorme cantidad de agua, la niebla suspendida sobre el paisaje y la exuberancia de la selva circundante. Lo que no pueden transmitir es el volumen del estruendo ni la sensación física de encontrarse frente a una fuerza completamente indiferente a nuestra presencia.

Y quizá ahí resida gran parte de su atractivo.

El ser humano suele sentirse cómodo cuando puede comprender las dimensiones de lo que tiene delante. Iguazú dificulta ese ejercicio. En lugares como la Garganta del Diablo, el espectáculo alcanza una escala tan desproporcionada que resulta casi imposible abarcarlo visualmente. Algunos paisajes invitan a reflexionar.

Iguazú recuerda más bien que la naturaleza también sabe hacer demostraciones de fuerza.

Asia: Zhangjiajie, China

Hay paisajes que parecen irreales porque los hemos visto demasiadas veces en la ficción. Y luego está Zhangjiajie, que parece ficticio incluso cuando lo tenemos delante.

En las montañas de Wulingyuan, al sur de China, miles de pilares de roca emergen entre bosques y barrancos formando una de las configuraciones geológicas más extrañas del planeta. Algunas columnas se elevan cientos de metros sobre el terreno, mientras la niebla, frecuente en la región, oculta parcialmente sus bases y crea la ilusión de que flotan sobre las nubes. La primera reacción suele ser de incredulidad. No porque el paisaje sea hermoso, sino porque parece exagerado.

Como si alguien hubiera diseñado una versión especialmente ambiciosa de una cordillera para una superproducción de Hollywood. De hecho, muchas personas conocen estas montañas precisamente porque inspiraron algunos de los escenarios flotantes imaginados por el cine. Pero el original sigue siendo más sorprendente.

Lo interesante de Zhangjiajie es que desafía nuestra percepción. Estamos acostumbrados a interpretar rápidamente las distancias, las alturas y las proporciones del entorno. Allí esas reglas fallan constantemente. La niebla aparece y desaparece, las referencias visuales se vuelven confusas y el paisaje cambia de aspecto varias veces a lo largo del día. Asia ofrecía candidatos de enorme prestigio para esta lista: el Himalaya, el monte Fuji, la bahía de Ha Long o las estepas mongolas. Cualquiera habría sido una elección razonable. Sin embargo, pocos lugares poseen la capacidad de provocar una reacción tan inmediata como Zhangjiajie. Porque no parece un paisaje. Parece una hipótesis.

La demostración de que la realidad puede ser mucho más extravagante que la imaginación.

Oceanía: Milford Sound, Nueva Zelanda

Nueva Zelanda juega con cierta ventaja en cualquier competición relacionada con la belleza natural. Algunos países tienen un gran paisaje. Nueva Zelanda parece haber decidido coleccionarlos todos. En una superficie relativamente reducida conviven volcanes, glaciares, montañas, lagos alpinos, playas salvajes, bosques húmedos y algunos de los litorales más espectaculares del planeta. Elegir un único representante es casi una injusticia.

Pero si hay que elegir, Milford Sound merece el puesto.

Situado en el parque nacional de Fiordland, al suroeste de la Isla Sur, el lugar combina paredes montañosas prácticamente verticales, bosques densos, cascadas, niebla y un brazo de mar que se adentra entre las montañas formando uno de los paisajes más reconocibles del hemisferio sur. Lo más interesante es que Milford Sound mejora cuando el tiempo empeora.

Mientras muchos destinos turísticos dependen desesperadamente del sol, aquí la lluvia funciona como un aliado. Las paredes de roca se llenan de cascadas temporales, las nubes descienden sobre las montañas y el paisaje adquiere una atmósfera oscura y casi prehistórica que resulta incluso más impresionante que las imágenes promocionales de cielos despejados. Hay algo profundamente antiguo en este lugar. Uno tiene la sensación de encontrarse en un escenario que ha cambiado muy poco durante miles de años. No sería extraño que, tras una curva, apareciera alguna criatura que los paleontólogos consideraban extinguida desde hace millones de años.

Milford Sound representa además una especie de síntesis de esta lista. Tiene la verticalidad de Noruega, la sensación de aislamiento del Namib, la presencia constante del agua que caracteriza a Iguazú y, cuando la niebla invade el fiordo, parte de la irrealidad que hace tan especial a Zhangjiajie.

Y aun así sigue siendo completamente distinto.

Cinco lugares y una discusión imposible

Así que aquí están.

Geirangerfjord en Europa.

El Namib en África.

Iguazú en América.

Zhangjiajie en Asia.

Milford Sound en Oceanía.

¿Son los cinco paisajes más bellos del mundo? Probablemente no. O quizá sí. Esa es precisamente la ventaja de las listas: permiten sostener durante unas páginas afirmaciones que nadie podrá demostrar jamás.

Lo importante no es quién ocupa cada puesto, sino lo que representan en conjunto. Geiranger es la escala. El Namib es el vacío. Iguazú es la fuerza. Zhangjiajie es la fantasía hecha geología. Milford Sound es el aislamiento. Cinco maneras completamente distintas de entender la belleza. Y quizá ahí esté la conclusión más interesante. Después de recorrer todos estos lugares seguimos sin saber cuál es el paisaje más hermoso del planeta. Lo único que descubrimos es que vivimos sobre un mundo extraordinariamente diverso y que hemos cometido el extraño error de acostumbrarnos a él. Quizá por eso existen sitios que vale la pena visitar al menos una vez en la vida.

No para poder decir que hemos estado allí. Sino para recordar, durante unos minutos, dónde estamos realmente.