Hay actores que llegan a una serie de éxito y desaparecen cuando se apagan los focos. Y hay otros que utilizan ese escaparate para demostrar que el personaje era solo el principio. Mirela Balić pertenece a esta segunda categoría.

Es fácil quedarse en la superficie. Su melena rojiza, sus ojos claros y una presencia que llena la pantalla han hecho que muchos la identifiquen primero por su imagen. Ella, sin embargo, lleva años empeñada en demostrar que el talento no siempre coincide con el primer prejuicio. Quizá porque antes de ser actriz fue música o porque entendió muy pronto que las carreras largas rara vez se construyen a golpe de impacto visual.

«Ella sin embargo lleva años empeñada en demostrar que el talento no siempre coincide con el primer prejuicio. Quizá porque antes de ser actriz fue música»

Nacida en Madrid y de raíces serbias y croatas, creció entre partituras, violonchelos y horas de conservatorio. Durante mucho tiempo parecía destinada a la música clásica y estudió violonchelo con la disciplina de quien piensa dedicar la vida a un instrumento. Pero en algún momento apareció el teatro y cambió el rumbo. Entró en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, la RESAD, donde decidió empezar de nuevo desde cero, convencida de que la interpretación era el lugar donde realmente podía contar historias.

Su llegada a la televisión fue pausada. Pequeños papeles, teatro y castings que terminaban casi siempre con un “no”. Ella misma ha reconocido que recibió “mil y un noes antes de llegar al sí”. Esa frase resume bastante bien una profesión donde el éxito suele ocultar los años de incertidumbre.

El gran punto de inflexión llegó con Cristo y Rey. Después vendrían Zorras, Tú también lo harías y, finalmente, Élite. Allí interpretó a Chloe, uno de esos personajes capaces de monopolizar conversaciones en redes sociales. Era provocadora, imprevisible y excesiva, pero también escondía una enorme fragilidad. Balić consiguió que el personaje escapara del estereotipo y encontrara matices que no siempre estaban escritos en el guion.

Lo curioso es que nunca ha renegado de Élite. En un momento en que algunos actores intentan distanciarse de las producciones más populares para ganar prestigio, ella ha defendido que una serie vista en todo el mundo también exige rigor. Al mismo tiempo reconoce que existe cierto prejuicio hacia quienes pasan por ese universo, como si el éxito comercial invalidara automáticamente el trabajo interpretativo.

Su carrera posterior parece responder precisamente a esa inquietud. Ha alternado cine, teatro y televisión buscando personajes muy distintos entre sí. No parece interesada en repetir la fórmula que la hizo conocida, sino en escapar de ella antes de que termine por definirla. Esa decisión tiene algo de poco frecuente en una industria que suele premiar la repetición. También llama la atención la manera en que utiliza la exposición pública. En varias entrevistas ha defendido la importancia de denunciar comportamientos inapropiados en el sector audiovisual, incluso cuando hacerlo pueda resultar incómodo. “Me ha dado más miedo no defenderme que caer en la etiqueta de ser la actriz conflictiva”, explicaba recientemente. Es una declaración que dice bastante de una generación menos dispuesta a aceptar silencios heredados.

«Fuera de los rodajes, Balić tampoco responde al molde habitual de la celebridad. Habla con naturalidad de terapia, de salud mental, de literatura, de música y de gastronomía»

Fuera de los rodajes, Balić tampoco responde al molde habitual de la celebridad. Habla con naturalidad de terapia, de salud mental, de literatura, de música y de gastronomía. Conserva un vínculo muy fuerte con sus raíces balcánicas y suele regresar allí siempre que el trabajo se lo permite. Esa mezcla de identidad española y herencia familiar ha terminado convirtiéndose en una parte inseparable de su personalidad artística. Quizá por eso resulta difícil encasillarla. Demasiado formada para ser solo una actriz de moda, demasiado directa para convertirse en un personaje prefabricado y demasiado consciente de la fragilidad de esta profesión como para creer que un éxito garantiza el siguiente. En apenas unos años ha pasado de ser una desconocida a convertirse en uno de los rostros más prometedores de su generación. Pero da la impresión de que lo verdaderamente interesante aún está por llegar. Porque mientras otros buscan consolidar una imagen, Mirela Balić parece empeñada en algo bastante más complicado: construir una carrera.

Y a juzgar por el camino recorrido hasta ahora esa puede ser la decisión más inteligente de todas.