Mientras los otros héroes se glorificaron en la Ilíada con combates estruendosos y sanguinarios para que los aedos declamasen baritonales descensos o, de pronto, álgidos falsetes con los que representar la irrupción de Helena o de Hécuba o de yo qué sé cuál diosa; y melismas por aquí y melismas por allá —el melisma que no faltase nunca pues, como en la soleá, resultaba infalible para reventar el lagrimón—, él, Filoctetes, nada.
Ciertamente, en todo este festín de la fantasía, que era escuchar por los pueblos y las aldehuelas dorias a aquellos cantores errantes qué sucedió en Troya, en aquella edad antigua, cuando los dioses andaban entre ellos como si cualquier cosa, Filoctetes apenas si recibía una pobre mención: que si acudió con siete cóncavas naos, que si se quedó lisiado en Lemnos, que si su herida atufaba tanto que daba un asco insoportable, que si… Total, cuatro minucias; cuando ni más ni menos que el divino Heracles le había entregado su arco y su carcaj, con aquellas flechas envenenadas con la sangre de Hidra, a él y no a cualquier otro; pues fue él quien prendió su pira funeraria en la cima del monte Eta; él, Filoctetes de Magnesia, soberano de Melibea, hijo del sensato y compasivo Peante, de quien se cuenta que acompañó a Jasón, en aquel memorable derrotero hasta la Cólquide. Y de todo esto, apenas unos versillos en la torrencial Ilíada, sepultados por el clamor de las victorias ajenas; ¡qué oprobio, qué lacha, qué verecundia…!

Pero pasaron los siglos y alboreó la época clásica, y la leyenda de Filoctetes, con sus diez años padeciendo en Lemnos aquella apestosa herida, subió a la escena porque venía de molde para hacer llorar a los atenienses; ¿o acaso no se trataba de eso en el certamen de tragedias? Y como prueba aún conservamos la del gran Sófocles y fragmentos de la del truquista de Eurípides, y seguramente se escribieron un buen puñado más, empezando por la de Esquilo, sobre este héroe que había sido repudiado en tan menesterosa situación; mejor argumento para conmover a todo el graderío, imposible. En efecto; los tiempos —ya lo advertí en el artículo anterior sobre Áyax— eran otros, y las desgracias de los paladines atraían más que sus asombrosas hazañas. Y con el paso de nuevos siglos, Apolodoro, Higino, Quinto de Esmirna y algunos más abundaron sobre su peripecia, esa que escamoteó la Ilíada, según la habían escuchado en otros poetas y estos, en decires populares, y así descubrimos su decisiva intervención en la toma de Troya. Y su figura, aunque sin llegar a codearse nunca con Aquiles o con Ulises o con Héctor por mencionar algunos resonantes personajes, encontró un respetable aposento entre el elenco del legendario asedio.

En cuanto a esta crucial aportación, de sobra la conocen: Calcante, el adivino, había predicho que, sin contar con el arco de Heracles, Troya jamás sucumbiría. Y para Lemnos partieron atribulados Ulises y Diomedes —otras voces muy autorizadas (por ejemplo, Sófocles) sostienen que fue Neoptólemo quien acompañó al Laertida— a convencer a Filoctetes para que les prestase el arma. Pero el magnesio les respondió —eso sí, aconsejado por el fantasma del propio Heracles— que nanay, que aquel arco y aquellas flechas eran suyas y solo él las manejaba. Así que hubieron de levantarle, en el campamento aqueo, a los pies de Troya, un quirófano atendido por Macaón y Podalirio, que para algo eran hijos de Asclepio, dios de la Medicina.

Filoctetes salió tan repuesto de la cirugía que no solo liquidó a Paris de tres flechazos, con lo que provocó la discordia por adueñarse de Helena entre los hijos de Príamo y, como consecuencia, una quiebra sin sutura en las defensas de la ciudad, sino que, como le había pronosticado el espectro de Heracles, estuvo entre los que cupieron en la barriga del caballo cuando el devastador asalto, de resultas que obtuvo un soberbio botín. Claro que no lo disfrutó a gusto porque, en cuanto pisó Melibea, lo desterraron y, según la propaganda romana, acabó sus días en Italia, donde fundó ciudades aquí y allá.

No obstante, la victoria de Filoctetes sobre Paris no deja de constituir un episodio secundario —incluso con cierto viso a calco de la muerte de Aquiles— cuando lo sustancial para la caída de Troya fue el secuestro del Paladión, su talismán —o si prefieren, su santa patrona—. Tal circunstancia me sugiere que su incorporación al ciclo troyano se debió a la pujanza repentina de su figura entre los helenos; mientras constato que su leyenda es una fábula de una variedad de la comira —la fiesta de sustitución del soberano solar agrario durante el solsticio de verano—, consistente en, además del corte de pelo, la cesión de sus armas e incineración del antiguo rey; ceremonial muy arraigado, al parecer, en Magnesia. Y en cuanto recordé que Heracles era un héroe solar fenicio —como les indiqué en el artículo sobre Sansón—, adoptado por los dorios como gran patrón durante su conquista de la Hélade, ya no me cupieron dudas: el episodio de la entrega del arco y la aljaba a Filoctetes y su ignición de la pira funeraria en el monte Eta era una alegoría sobre esta variedad del ancestral rito agrario, opuesto al panteón dorio y que, por su resistencia —o quizá repunte— entre los cultos populares griegos, en cierto momento hubo de buscársele un acomodo legendario.

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En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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