Sostenía Pausanias, en su Descripción de Grecia (s. II d. C.), que era cierto, que su tamaño era tan descomunal como cantaba la Ilíada, pues al dañar las olas su santuario en el cabo Reteo, allá, en la asiática Tróade, frente a la península de Galípoli, habían aflorado sus huesos y pertenecían a un gigante de cinco metros por lo menos. Qué duda cabe que tal descubrimiento reavivó, en las ciudades de alrededor y hasta en la cercana Mitilene, la veneración por los viejos héroes homéricos, cuando el mundo era ya Roma y las religiones orientales, con sus dioses únicos y atemorizadores, dominaban las creencias y, claro es, el jacarandoso panteón olímpico había sido relegado a las ceremonias cívicas, con todo el cumplido que ustedes quieran, pero sin una pizca de fervor.

Sí, Áyax Telamón, conocido también como el Grande, para distinguirlo del otro, de Áyax Oileo, caudillo de los locros y que igualmente se alistó a la campaña troyana, era el más alto y fornido de los jefes aqueos, y aunque dude de que alcanzara esos cinco metros que atestigua Pausanias, debo admitir que la tradición afirma que su fortaleza era casi pareja a la de su primo Aquiles, con quien compartía, además, otra envidiable y utilísima característica para la lucha: si el cuerpo de Aquiles era invulnerable salvo en el talón desde donde lo sostuvo Tetis cuando el baño protector; Áyax Telamón también presentaba un físico inmune a las armas, excepto en la axila y en el hombro que quedaron ajenos por una aljaba a la zalea de león con la que lo envolvió, en cuanto nació, el divino Heracles, para procurarle esta milagrosa defensa. A este prodigio añadía, para salir ileso de cualquier enfrentamiento, su formidable escudo de siete pieles de buey superpuestas, más una octava —cuentan algunos— de escamas de bronce, y al amparo de su enorme diámetro no solo guerreaba él sino hasta su hermanastro Teucro, aquel que, a su regreso de Troya, sería desterrado de Salamina, por su padre, al no haberle devuelto el cadáver de su heredero, el gigantesco Áyax. Así que Teucro emprendió, como Ulises, su viaje con el ignoto y perturbador Poniente por destino, con una casi postrera escala en Cartagena y, desde allí, en cabotaje por todo el perfil de Iberia, hasta las Rías Bajas, donde se desvanece su leyenda o donde otros afirman que acampó para siempre, con los ojos puestos en la infinitud del Océano.

Pero aquí no se trata de Teucro Telamón, sino de Áyax, su soberbio hermanastro, y tanto que menospreció por dos veces a los dioses; y contra tal agravio, de nada valieron sus admirables hazañas ante las murallas de Troya, pues los Crónidas serían caprichosos y, a ratos, hasta compasivos pero, si se los soliviantaba, podían resultar tan obcecadamente vengativos como esos dioses inefables y omnipotentes de los desiertos orientales o aquellas otras potencias, no menos temibles y dominantes, que se guarecían en las ofídicas cavernas. Y ya pudo combatir contra Héctor por dos veces cuando, faltos de Aquiles, los dánaos se adivinaron débiles, y en ambas lides no solo contuvo al campeón troyano, sino hasta lo hirió en la segunda, aquella cuando Héctor a punto estuvo de incendiar la flota aquea; o incluso demostrar su valor al recuperar el cuerpo despojado del temerario Patroclo y aún del divino Aquiles, caído en el templo de Apolo Timbreo, donde una flecha de Paris interrumpió su idilio con Políxena y también su vida, que ninguna de estas celebradas proezas le ganó el favor de los dioses. Y tanto es así que Áyax Telamón acabó allí sus días, en la Tróade, lejos de su Salamina; además, en lugar de festejado con las correspondientes competiciones alrededor de la enorme pira por el paladín muerto en combate, fue enterrado en un lóbrego ataúd de suicida por su hermanastro Teucro, por su hijo Eurísaces y por su concubina Tecmesa, ante la reprobación del resto de príncipes argivos, que incluso propusieron que su cadáver fuera abandonado a las bestias. No obstante, alguna sigilosa clemencia divina hubo, pues aquel día florecieron en Salamina unos pequeños jacintos con su rojo monograma, AI, estampado sobre sus pétalos blancos.

Todo aconteció al disputarse la armadura de Aquiles entre él y Ulises; naturalmente, los dioses —ansiosos por resarcirse de su par de menosprecios— prestaron la elocuencia a la astucia natural del Laertida y fácilmente lo humilló, para regocijo de Agamenón y de Menelao, que odiaban desde tiempo al Telamón. Este, atónito, cayó en la locura y la emprendió a sablazos contra un rebaño de ovejas; es más, escogió a dos de aquellos corderos, confundiéndolos con los Átridas, y los desolló a cintarazos. Cuando recuperó la cordura y contempló tan ridículo como sangriento estrago, el bochorno lo corroyó con tal ahínco que se suicidó arrojándose por su indefensa axila sobre la espada que le había regalado Héctor la vez que combatieron hasta la caída del sol.

Así lo avergonzaron los Olímpicos por dos veces antes de cobrase su vida por proferir públicamente en un par de ocasiones que los consideraba superfluos para sus victorias. Y al reparar en que su jactancia recibe un castigo, descubrimos que Áyax Telamón es ya un héroe trágico, trasunto angustiado del arrogante paladín homérico, pues su peripecia lejos de exaltarnos la moral combativa doria, aconseja una pía prudencia y hasta condena la altanería que había distinguido a los héroes antiguos.

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