Antes de dedicarles este par de páginas a aquel hatajo de filibusteros que dejaron a Troya convertida en una escombrera y que, en realidad, son quienes ostentan con toda propiedad el título de héroe, me voy entreteniendo con otros personajes como, en la entrega anterior, la abuela Io o, en esta, con su cuatrinieto o chozno —que también se dice— Minos, quienes sin pertenecer a la tronante casta de los paladines aqueos y, por tanto, quedar fuera del objeto de esta serie, figuran, sin embargo, entre sus antepasados más eminentes. Y ante tal prelatura, cómo no darles un repaso; incluso, se me antoja que ignorarlos resultaría ofensivo.

Por lo pronto, Minos es hijo de Zeus y de la púnica Europa, y aparte de rey de Creta —o por eso mismo— intervino en un buen puñado de mitos como en el de su hermano Sarpedón y el bello Mileto, o en el de Dédalo e Ícaro, o en el divorcio de Céfalo y Procris, o en el traidor parricidio de Escila o en, desde luego, los muy célebres y desdichados amores de su hija Ariadna por el temerario Teseo; quién sí era un héroe genuino. Pero el que aparezca en tantas y tan famosas leyendas no significa que Minos resultase simpático a sus relatores, los aedos griegos; más bien al contrario, pues siempre quedaba en mal lugar o, como poco, en un papel secundario y con tintes de abusón; basta reparar en su propia leyenda. Para empezar, les birló a sus hermanos, Sarpedón y Radamantis, el trono de su padrastro Asterio, aduciendo que los dioses estaban de su lado y como testimonio elevó un altar a Poseidón, a quien rogó un toro digno para la consagración. Dicho y hecho: el crónida oceánico le envió un imponente toro blanco y, claro, el trapacero de Minos pensó que no era cosa de sacrificar tan majestuosa criatura y lo apartó para semental, desconociendo que no lo sería solo de su ganadería sino hasta de su hogar, pues, como es sabido, el señor de los océanos, enojado por aquel birlibirloque del joven rey, encegueció de amor a su mujer Pasifae, quien, escondida en un armadijo de aspecto vacuno, concebido por Dédalo, consumó sus ardores por el toro y con tanto aprovechamiento que parió a Minotauro.

El escándalo fue superlativo como pueden imaginarse, al punto que Dédalo tuvo que construir el laberinto subterráneo para ocultar a aquel engendro de testuz táurica y cuerpo humano. Entretanto, Minos engrandeció su imperio marítimo —se cuenta que gobernó unas noventa ciudades— mientras se agasajaba con muy sonoros lances de amor, como el mantenido con Paría con quien repobló Paros o su noche con Escila, quien le entregó a Megara y la cabeza de su padre, Niso; en fin, parecía que nada se le interponía salvo Éaco de Egina y Céfalo de Atenas y, desde luego, la ira de su mancillada esposa Parsifae, y tanto que, de un conjuro, lo condenó a eyacular serpientes y moscardones. Aunque este aberrante castigo fue cosa de poco momento, porque la despechada Procris, huida de Atenas y refugiada en Creta, lo curó con una pócima antes de yacer con él. En cuanto a Egina, se le resistió hasta el fin, pero Atenas sucumbió a su autoridad; no se sabe bien si tras un prolongado sitio o tras un oráculo que vaticinó que solo se suspenderían los terremotos que estremecían al Ática cuando se sometiese al cretense. Luego ya vino aquel horrible tributo: cada nueve años, catorce jóvenes —siete doncellas y siete mozalbetes— zarpaban para Creta como alimento de Minotauro, hasta el tercer envió, cuando Teseo se incorporó y acabó con el monstruo. En cuanto a Minos, murió en Camico, Sicilia, hasta donde había navegado en busca de Dédalo, huido de su corte. Allí, las hijas del rey Cólcalo lo asesinaron, cuando se bañaba, arrojándole o bien brea o bien agua hirviente por un tragaluz, temerosas de que les arrebatase a Dédalo, su juguetero predilecto. Y ya como difunto, ejerció de juez —curiosamente, de casación y recursos— en el tribunal del Hades, donde acompañaba a su hermano Radamantis y a su enemigo Éaco.

Este benévolo papel postrero sorprende ante su trayectoria, insisto, bastante ceniza, pues todos sus amores nos aparecen ensombrecidos por alguna calamidad: el joven Mileto lo rechazó por su hermano Sarpedón y ambos se fugaron a Caria; la bella Britomartis se arrojó al mar tras esquivarlo durante nueve meses; Paría perdió a todos los hijos comunes que eran una multitud; Escila, rendida de pasión, asesinó a su padre y le entregó su ciudad, y su esposa Parsifae no contenta con humillarlo al parir a Minotauro, le envenenó el semen. Solo con Procris, aunque breves, sus amores exhalaron sosiego y gratitud; pues tras librarlo de aquella ponzoña seminal, Minos la obsequió con el mastín Lelaps, inigualable en la caza, y con un carcaj de flechas —otros aseguran que fue una jabalina— infalibles. Ahora bien, es una parva cosecha ante la anterior lista de chascos; lo que me sugiere una pérfida inquina de los dorios. Y, entonces, solo se me ocurre que, durante siglos, los rudos helenos debieron sentirse inmerecidos herederos de aquella fascinante talasocracia tan perdida como legendaria: la minoica, y aunque no se atrevieran a negar su dominio sobre el Mediterráneo, se afanaron con fruición vengativa en adjudicarle a su encarnación, el rey Minos, lachas y trapacerías de todo orden y hasta un puñado de amores contrariados.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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