Si recuerdan, en mi anterior artículo sobre un personaje bíblico para esta serie sobre “héroes y patriarcas”, escogí a Sansón, un juez de Israel, porque ya se me habían agotado los progenitores ancestrales. No obstante, este caudillo de la tribu de Dan presentaba notorios atributos y hasta peripecias de héroe, con lo que conjugaba de molde con las deslumbrantes figuras, tanto helénicas como semíticas, que le habían antecedido. Pero ha transcurrido una quincena desde el último paladín griego que les expuse, Heracles, y de nuevo me hallo horro del correspondiente patriarca, y claro, abocado a trocarlo por algún otro personaje israelita, suficientemente cargado de mitología.

No me ha resultado fácil encontrarlo y quizá por esta razón sea la última figura del gran libro que aborde; si bien, la escogida creo que reúne sobrados mimbres para no desmerecer a sus legendarios predecesores en esta galería. Se trata de la única mujer que fue juez de Israel: Débora. Ocupa el cuarto lugar en la lista del Libro de los Jueces, venerables prohombres elegidos por una o varias tribus hebreas por su conocimiento de la ley mosaica o por su apabullante autoridad, bien para mediar en sus conflictos internos o bien para defender a los israelitas ante el resto de los pueblos que habitaban Canaán cuando regresaron, tras su huida de Egipto. Y sea por mujer o por sus facultades, Débora es un juez del todo insólito.

«Y sea por mujer o por sus facultades, Débora es un juez del todo insólito»

La Biblia nos dice que era adivina, por tanto, oficiante de rituales opuestos a los mandamientos de Moisés, y prosigue con que se asentaba —o sea, emitía sus augurios— al pie de la palmera de Débora; es decir, que se ignora su verdadero nombre pues lo toma de la tumba —o más bien, del oráculo señalado por una palmera— de Débora, la nodriza de Rebeca. Pero he aquí que esta anónima pitonisa se convertirá en la guía de la gran victoria de Barac, jefe de la tribu de Neftalí y, para esta ocasión, también de la de Zabulón, sobre el rey cananeo de Hazor, que sojuzgaba a ambas tribus desde hacía veinte años. Pues fue esta adivina quien indicó a Barac que retase a los cananeos en las riberas del río Cisón, al pie de la fortaleza de Haroset-goim, donde Sísara, el general del rey de Hazor, acuartelaba sus temibles carros de guerra. Durante la batalla, hubo una “fortuita” crecida del río y estos fueron arrastrados —desastre semejante al sucedido a la caballería del faraón en el Mar Rojo—; el resto ya fue un degüello de la descabalgada tropa, en tanto, su general, Sísara, huía hasta el aduar del kemita Heber —hijo de Hobab, cuñado de Moisés—, donde su mujer, Yael, lo mató clavándole una estaca en la cabeza mientras dormía. Tras este homicidio, el triunfo sobre los cananeos de Hazor fue absoluto.

No obstante, encontramos en el relato algo muy significativo: Barac, al escuchar la predicción, le responde a la sacerdotisa que desafiará a los cananeos a orillas del Cisón siempre que ella lo acompañe durante la batalla; condición a la que accede. Esta exigencia del caudillo de Neftalí nos sugiere la desconfianza de algunas tribus hebreas por la hechicera, al punto que deberá ser otra mujer, Yael, quien disipe cualquier duda sobre la infalibilidad de sus vaticinios, cuando asesine al general Sísara y consume la hazaña. Además, en absoluto una mujer cualquiera, sino una vinculada familiarmente con Moisés, tras una victoria calcada de la obtenida por el gran legislador sobre los egipcios; hechos que confirman la legitimidad como juez de la adivina.

«…añadiré que débora significa en hebreo abeja, insecto que representaba a la diosa madre tanto en el Medio Oriente como entre los minoicos y micénicos»

Aunque, para entender el recelo de Barac, debemos volver la vista sobre Débora, la única sirvienta de Rebeca cuyo nombre se cita de cuantas la acompañaron desde Harrán hasta Canaán para casarse con Isaac. Esta significativa mención, más su reconocimiento como nodriza, nos indican un poderoso vínculo entre ambas. Además, tanto Rebeca como su sobrina y, luego, nuera, Raquel, eran hechiceras; es decir, sacerdotisas de un culto cuyo símbolo se nos desvelará durante este relato, cuando se señala la tumba y santuario de Débora con una palmera (tamar en hebreo). Lo que nos suscita a otra Tamar, la esposa escogida para sus vástagos por Judá —hijo de Jacob y Lía (también sirvienta, pero de Raquel)—; si bien, esta Tamar acabó preñada por el propio Judá cuando, viuda del primero de sus hijos e infecunda por el segundo, se le ofreció convertida en hieródula —prostituta consagrada a Isthar, diosa fenicia del amor— en Enaín. Este pasaje que recoge muchos y sustanciosos asuntos, nos interesa aquí porque expone la identificación entre la diosa Isthar y la palmera. Y para completar este juego de revelaciones, añadiré que débora significa en hebreo abeja, insecto que representaba a la diosa madre tanto en el Medio Oriente como entre los minoicos y micénicos —llamada por estos últimos Potnia, y a sus sacerdotisas, melisas (abejas)—. Y entre sus sucesores, los helenos, se recordaba a la melisa como la oficiante del oráculo de Delfos, antes de su consagración a Apolo; “abeja”, pues, demasiado semejante a la débora del santuario de la palmera.

De modo que la leyenda de esta pitonisa, elevada a juez, nos testimonia que los hebreos practicaron también el culto a la gran diosa madre —incluida su faceta erótica—, traído legendariamente por Rebeca desde Harrán, con sus sacerdotisas o déboras, de carácter matriarcal y telúrico; por tanto, opuesto al culto patriarcal y legislativo de Yahveh.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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