“No leas poemas hijo mío: lee los horarios de trenes. Son más exactos». Hans Magnus Enzensberger.

La puntualidad es algo que siempre ha caracterizado al ferrocarril; desde sus inicios, las compañías ferroviarias se empeñaron en llevar a cabo con mucha exactitud el cumplimiento de los horarios de sus trenes. De ahí el consejo que daba el hispanista alemán Enzensberger a su hijo.
Pero, a pesar de esta puntualidad de la que siempre han hecho gala los ferrocarriles de todo el mundo, Claude Monet, un pintor obsesionado con captar la luz en sus cuadros, consiguió, gracias a su gran poder de convicción y a su carácter obstinado, alterar de manera inverosímil los horarios de los trenes de la estación de San Lázaro de París para poder pintar en ella tranquilamente y con la luz deseada.
El desarrollo de los ferrocarriles en el siglo XIX hizo que el viaje en tren se convirtiera en un motivo muy moderno para llevar al lienzo, y la pintura de las estaciones comenzó a ser un tema muy atractivo para los pintores impresionistas. Para ellos, la estación tenía un nuevo encanto marcado por el vapor, el acero y el movimiento continuo de la gente en los andenes, que también podía ser representada en los cuadros con unos cuantos rasgos esquemáticos, añadiendo movimiento, color y vida al motivo.
Además, los trenes, con su velocidad hasta entonces desconocida, podían atravesar el paisaje rápidamente, y el viajero, al mirar por las ventanillas del vagón, podía sentir cómo los objetos que veía se volatilizaban, como si la naturaleza se pusiera en movimiento porque la velocidad marcaba lo esencial del paisaje.
Los viajeros, sentados cómodamente en el interior del vagón, tenían una nueva conciencia de la distancia, porque ahora, gracias al ferrocarril, los lugares lejanos se hacían mucho más cercanos que cuando tenían que llegar a ellos en coche de caballos o en carruaje.
El desarrollo del ferrocarril marcó una nueva manera de percibir el espacio y también de moverse en el tiempo, y los pintores impresionistas, que intentaban captar un instante preciso de luz en la naturaleza, también querían llegar a pintar ese instante único, condicionado por el movimiento y la velocidad, tomando como motivo los trenes y las estaciones.
Quizás todo esto hizo que a Claude Monet, en 1885, se le ocurriera la idea de pintar la estación de San Lázaro de París, intentando captar el efecto que producía el sol sobre las nubes de vapor que desprendían los trenes a su llegada a la estación. Y para ello, pensó en utilizar el mismo método que siempre había empleado para pintar la naturaleza al aire libre: trasladarse al motivo para poder llevarlo al lienzo.
Cuando intentó abordar su nuevo objetivo pictórico y se colocó en la estación con su caja de pinturas y su caballete, se dio cuenta de que, cuando partían los trenes, las nubes de vapor que emitían eran tan espesas que momentáneamente le borraban el motivo que quería pintar, y apenas le quedaba tiempo entre un tren y otro para poder verlo de nuevo y continuar pintándolo. Todo esto lo desesperaba, y decidió ponerle remedio de alguna manera.
Habló de su problema con su amigo Renoir un día que ambos estaban pintando juntos, comunicándole su intención de intentar retrasar media hora el tren que salía para Ruan desde la estación de San Lázaro de París, para así poder disponer del tiempo suficiente para que el vapor del tren saliente no le ocultase el motivo.
Renoir se quedó perplejo por esta exigencia de su amigo, que por aquel entonces todavía no era un pintor conocido, y además, conociendo lo escrupulosas que eran las compañías ferroviarias con el cumplimiento de sus horarios, pensó que la idea de Monet de retrasar el tren era una broma, y que desde luego no hablaba en serio al decírselo.
Pero, asombrosamente y aunque pueda parecer imposible, Monet no solo consiguió retrasar el tren que partía para Ruan desde París, sino que también logró que la estación se adaptase a todas sus exigencias para poder pintar en ella a su gusto y cómodamente.
Jean Renoir, en el libro «Renoir, mi padre», relata estos hechos, informándonos también de la estrategia empleada por Monet para conseguir lo que quería. Escribe así lo que le refirió su padre:
«Monet se puso sus mejores prendas, se arregló los puños de encaje y, haciendo piruetas con su bastón de empuñadura de oro, se dirigió a las oficinas de los Ferrocarriles del Oeste, donde presentó sus credenciales al director… anunciando así el propósito de su visita.»
“He decidido pintar su estación. Durante un tiempo estuve dudando entre la suya y la Gare du Nord, pero me parece que la suya tiene más carácter”.
Se le concedió el permiso para hacer lo que quería. Se detuvieron los trenes, se vaciaron los andenes, y se llenaron las máquinas con carbón para que Monet pudiera tener todo el humo que necesitara en el momento oportuno. Monet se estableció en la estación como un tirano y pintó envuelto por un respeto reverencial. Al final, se marchó de allí con más o menos una docena de cuadros, mientras todo el personal, con el director de la compañía a la cabeza, se despedía de él haciendo reverencias.
Monet, con sus buenos modales, su vestimenta y su convicción, había impresionado a todo el personal de los Ferrocarriles del Oeste. Al verle, nunca se les hubiera pasado por la cabeza que tenían delante a un pintor poco conocido y con muy pocos recursos económicos, que además pertenecía al grupo de “Los rechazados” del Salón Oficial, por lo que no se le tenía en ninguna consideración en los círculos artísticos oficiales.
Jean Renoir, para finalizar el relato, cuenta que su padre le dijo:
“Yo no me hubiera atrevido a pintar delante de la ventana de la tienda de la esquina… sin embargo, Monet podía hacer estas cosas y muchas más”.

Monet pintó doce óleos de la estación de San Lázaro desde diferentes puntos de vista. En algunos, muestra el interior de la estación con un tren entrando en ella, rodeado de vapor, y en otros pintó el exterior, con el vapor envolviendo el puente metálico de nueva construcción.
Los cuadros de la estación de San Lázaro fueron muy inspiradores para él, porque a partir de entonces se le ocurrió la idea de pintar el mismo motivo bajo distintas condiciones de luz y en diferentes momentos del día. Esta idea dio origen a sus extraordinarias series de pinturas, como la de los alminares, la de la catedral de Ruan y la del puente del Támesis. Todas estas nuevas ideas pictóricas finalmente dieron sus frutos en su último gran trabajo, las Decoraciones de las Ninfeas, que se han considerado la Capilla Sixtina del impresionismo. En ellas, Monet supera la pintura puramente impresionista, añadiendo no solo lo que veía en ese instante, sino también sus propias sensaciones subjetivas, que cambiaban con cada momento del día, inspiradas por la luz.

Cuando Monet pintó los cuadros en la estación de San Lázaro, además de aplicar un nuevo método de trabajo, estaba descubriendo otra manera de ver y entender la realidad. Se mantenía fiel a la naturaleza, pero por primera vez era consciente del papel tan importante que tenía su imaginación en su trabajo pictórico. Con sus pinceles, reproducía un instante fugaz lleno de luz en una estación que cambiaba rápidamente con el ir y venir de los trenes y el ajetreo de las personas en los andenes, como si estuviera realmente pintando los paisajes de la naturaleza que se sucedían vertiginosamente unos a otros al mirarlos a través de las ventanillas de un vagón de tren.

Ese día, el retraso en la llegada del tren procedente de París a la estación de Ruan estaría plenamente justificado, y si algún viajero, contraviniendo la recomendación de Enzensberger, hubiera empleado su tiempo de espera en leer un poema en lugar de consultar los horarios de los trenes, se habrían cumplido tanto los objetivos pictóricos como los literarios.










