Como tantos fans de la saga, no aguantaba las ganas de ver Alien Romulus. La mejor de las secuela ¿no? Quizás, lo mejor de ver una película –o leer un libro– popular son las muchas ocasiones para la charla que te regala –casi infinitas gracias a las redes. Con la amiga que vino conmigo, hablamos acerca de que la ciencia ficción recibe una crítica centrada en su grado de realismo y solidez científica. Me temo que Alien Romulus corra la misma suerte. Pensando en esto, me acordé de La Guerra de los Mundos (1898), tan denostada en sus últimas adaptaciones cinematográficas por su falta de verosimilitud. ¿Acaso nos aproximamos a la ciencia ficción como espectadores de un documental o ensayo?
Después de dedicar no pocas horas al estudio literario, nunca he dejado de lamentar el desprecio que la Academia muestra hacia la ciencia ficción –o hacia lo detectivesco, la magia y otros tantos géneros. Los aborda como formas baratas de entretenimiento, sin mucho que aportar a la historia de las artes literarias o escénicas. Esto ha contribuido en gran medida a simplificar nuestra mirada como espectadores hacia estos géneros. Nuestras expectativas quedan atenazas por la sed de verosimilitud. ¿Y si miráramos a la ciencia ficción no como un simulacro de la realidad, sino en clave simbólica?
“¿Acaso nos aproximamos a la ciencia ficción como espectadores de un documental o ensayo?”
¿Habéis leído La guerra de los mundos? ¿O habéis visto alguna de las películas? Después de siglos observando la tierra, los marcianos deciden invadirla. Su superioridad armamentística y tecnológica aplasta a las fuerzas armadas de las distintas naciones, barridas por los extraños rayos láseres que nos lanzan desde unos ciclópeos trípodes. No pierden el tiempo en intentar terraformar –neologismo inexistente cuando H. G. Wells escribió el libro– nuestro planeta, para hacerlo más semejante al suyo. En concreto, inundan amplias extensiones de tierra con una planta roja, abundante en su planeta natal.
Cuando todo parece perdido, ocurre el milagro: los alienígenas empiezan a morir. Lo que no han conseguido las armas, lo logran sin dificultad los virus y bacterias de nuestro planeta.
Aquí empiezan las preguntas/críticas: ¿cómo una raza tan avanzada no va a saber que existen organismos microscópicos? ¿Acaso no resulta increíble que no tomaran ninguna medida de protección frente a cualquier elemento que pudieran respirar o beber durante su conquista? Perfeccionar el viaje interplanetario para acabar así…
“¿Cómo una raza tan avanzada no va a saber que existen organismos microscópicos?”
Aunque legítimos, estos comentarios ignoran el propósito original del autor y uno de los mayores potenciales de la ciencia ficción en su origen y hasta la actualidad: la metáfora.
Cuando Wells escribió La guerra de los mundos, él tenía muy claro de qué estaba hablando y sus lectores contemporáneos también: las atrocidades cometidas a lo largo de la historia por civilizaciones más avanzadas han infligido a otras. En concreto, el escritor –que aún no había atestiguado El Holocausto ni las Guerras Mundiales– tiene en mente la masacre británica de los nativos tasmanos. De hecho, en el libro encontramos una referencia expresa a este exterminio.
La ocupación de Tasmania o Guerra Negra (1825-1838) resultó un evento genocida que se saldó con la práctica aniquilación de los aborígenes de la isla. Hacía mucho que ninguna otra potencia disputaba al Imperio Británico el dominio de Australia –Napoleón ambicionó durante algún tiempo el dominio de la mitad occidental– ni Nueva Zelanda. A efectos geopolíticos, Tasmania era indisputadamente inglesa, pero faltaba consolidar ese poder oficial sobre el terreno.
“Cuando Wells escribió La guerra de los mundos: las atrocidades cometidas a lo largo de la historia por civilizaciones más avanzadas han infligido a otras”
Convencidos de que no habría resistencia aborigen, los ingleses decidieron extender sus plantaciones agrícolas por territorios de la isla habitados por los indígenas. Transformar el suelo era la mejor forma de asegurar una ocupación duradera de la isla. ¿Recordáis la hierba roja?
Para sorpresa de los ingleses, pese a su inferioridad demográfica y tecnológica, los nativos opusieron una feroz resistencia. En un primer momento, las autoridades inglesas pensaron que unas pocas “operaciones de castigo” bastarían para amedrentarlos. Operación de castigo significa enviar a unos pocos hombres a quemar una aldea aborigen, matar su ganado y a algunos hombres en combate. El terror que esto genera debía disuadir de nuevos ataques contra los ingleses o su propiedad.
Testarudos, los aborígenes tasmanos persistieron en defender sus bosques y medios de vida, frente a los colonos y sus ganados y plantaciones traídos allende del mar. Finalmente, fueron diezmados y los pocos supervivientes reubicados a la fuerza.
“Testarudos, los aborígenes tasmanos persistieron en defender sus bosques y medios de vida”
Sin embargo, hubo un aspecto de la guerra que los invasores no habían previsto: el microscópico. A diferencia de en la novela de final feliz que escribió Wells, me temo que, en Tasmania, las enfermedades traídas por los colonizadores también contribuyeron a la muerte de los nativos. No obstante, los ingleses contrajeron diversas fiebres y otras enfermedades que no supieron identificar y que, según parece, no tardaron en contagiarse por Australia y el resto de Imperio.
¿Lo más llamativo? Los británicos ya habían tenido sus experiencias de enfermedades en los trópicos y lugares alejados de la Vieja Europa. También sabían que gestos sencillos como hervir el agua, fomentar ciertos hábitos higiénicos y demás podían prevenir su contagio. Pero no forzaron estas medidas de prevención entre sus fuerzas.
Si uno quiere disfrutar de la Guerra de los Mundos, sea de la novela original o de las posteriores adaptaciones en películas, no debería obsesionarse demasiado con las incoherencias científicas del relato. Mejor nos va analizándola como una narración alegórica de la crueldad del fuerte sobre el débil.
“¿Y si miráramos a la ciencia ficción no como un simulacro de la realidad, sino en clave simbólica?”
¿Y Alien? Ridley Scott ha hecho referencia más de una vez a las implicaciones psicológicas de su alienígena. Los diseñadores de la criatura confirman el componente sexual, la felación forzada, que hay tras el abraza-caras, cuando implanta el embrión del monstruo en el esófago del huésped. Estos elementos simbólicos y la claustrofobia tecnológica que nos causa la nave espacial, Nostromo, de la primera película de la saga han ido perdiendo importancia en las sucesivas entregas. Pero como ocurre con la novela de Wells, quizás, valdría la pena no obsesionarse con valorar la verosimilitud del guion y su recreación científica, tanto como el simbolismo que existe delante del terror espacial de alien: un monstruo con el que no puedes razonar y rara vez escapar. ¿Cuántas cosas en nuestra vida cotidiana no responden a esta definición?










