Desde hace tiempo, cada vez que criticas cualquiera de las muchas mentiras del secesionismo catalán, la contestación de las hordas independentistas en las redes sociales siempre es: “tú no sabes lo que pasa en Cataluña”.

Personalmente me siento bastante ofendida y muy injustamente tratada cuando escucho o leo este tipo de comentario. En septiembre del 90, a punto de empezar derecho en la Facultad Autónoma de Madrid, me fui a vivir a Barcelona. Lo hice por amor, por ese impulso loco del amor casi adolescente que se siente a los dieciocho años. El que luego fue mi marido y padre de mi hija, aunque extremeño, se había mudado allí y encontrado trabajo en Zona Franca, nada menos que en la Nissan Motor Ibérica.

El primer año que viví en Barcelona, nada menos que en La Verneda, un barrio pobre, obrero, de inmigrantes y gitanos, seguía matriculada en la Universidad en Madrid, pero ya trabajaba mecanizando actas de infracciones y sanciones laborales en una delegación del Ministerio de Trabajo (aún no se habían transferido las competencias laborales) por lo que cada vez que tenía examen, cogía un tren en la estación de Sans y tras ocho largas horas de viaje, llegaba a Madrid la noche antes de ir a la Facultad.

Al siguiente año, me matriculé en la Universitat de Dret, en la Diagonal, aunque en el turno de tarde para poder seguir trabajando por las mañanas. Cuando yo empecé la universidad, si un profesor daba las clases en catalán, obligatoriamente tenía que haber esa misma clase alternativa en castellano. Tenía lógica, no solo por los muchos alumnos que veníamos del resto de España, sino porque había muchísimos alumnos internacionales que, desde luego, no hablaban catalán.

Durante todos los años que estuve en la Universidad, y fueron 7, en lugar de 5, que estudiar, trabajar y tener una niña, no te facilita mucho la vida académica, nunca tuve problemas por ser castellano hablante, tampoco me cambié jamás de clase, si me tocaba un profesor que hablaba catalán, no era difícil de entender y los compañeros siempre me echaron una mano con los apuntes. Si el examen era en catalán, traían una versión en castellano para mí y algún otro de los que no nos atrevíamos a jugarnos el aprobado en una asignatura por no entender bien las preguntas.

En el 95 nació mi hija, en el Hospital del Valle Hebrón en Barcelona, la niña de los apellidos raros, la llamaban en la planta, hija de un extremeño y una madrileña, pero de origen extremeño. Cuando la llevé a la guardería, avisé a las profes que, en casa, el único catalán que se escuchaba era en la tele, porque tanto su padre como su madre éramos castellanoparlantes. La contestación fue que no me preocupara, que los niños aprendían rápido y que allí solo la hablarían en catalán.

En la Rambla, cuando sacábamos a los críos a jugar, aprendí, por otras madres, cómo era el sistema educativo casi totalmente en catalán, sin estudiar historia de España, ni literatura castellana. Mi hija se criaría sin estudiar a El Cid, los Reyes Católicos o la desamortización de Mendizabal. Mi niña iría a la escuela sin conocer a La Regenta o leer los versos de Machado o Miguel Hernández y decidí que nuestro tiempo allí se había terminado.

Así que mi marido, que era fijo en la Nissan dejó su trabajo, yo, que acaba de terminar la carrera de derecho y que siempre había tenido trabajo desde que llegué a Barcelona, renuncié a mi futuro laboral en Cataluña, vendimos un piso de 84 metros cuadrados que ya teníamos pagado y nos volvimos a Madrid con una mano delante y otra detrás porque queríamos darle a nuestra hija la oportunidad de crecer en un ambiente académico libre de opresiones, de adoctrinamiento independentista, de odio y de rencor hacia lo español.

Por eso, veinte años después, aun recordando con cariño cada día vivido en Barcelona, sabiendo aún defenderme en catalán después de dos décadas sin apenas usarlo, reconociendo que en Madrid no he vuelto a tener la calidad de vida de la que disfruté en una ciudad con mar, con un clima templado, con grandes avenidas y gentes tremendamente acogedoras, siento como una puñalada cada vez que un crío con ínfulas de libertador, me dice desde mi amada Cataluña, que yo no sé de lo que estoy hablando.

En Barcelona tengo un hermano, en Barcelona tengo un amiga del alma, en Barcelona tuve lo mejor que he hecho en mi vida, mi hija Alba, en Barcelona estudié Derecho, una de mis grandes pasiones, en Barcelona aprendí lo que es ser un adulto responsable y a Barcelona llevaré siempre en mi corazón, por eso no pienso consentir que ningún crío independentista que lo más redondo que ha visto sea un melón me diga que yo no sé lo que pasa en Cataluña.

7 Comentarios

  1. Certament no tens ni p… idea de, no ja del que passa ca Catalunya, sinó simplement del que és Catalunya. Vas fer bé en marxar d’aquí, si tant t’incomodava Catalunya i els catalans millor per tu tornar al teu país.
    I certament a Catalunya si d’alguna cosa anem sobrats és de colons. Au, bon vent i barca nova.

  2. Leo con tristeza su artículo, pues no sé si verdaderamente dice convencida lo de la «opresión independentista» en la Cataluña de los 90. ¿En serio? Antes de la sentencia del Estatut, en 2010, el independentismo catalán era un fenómeno que no abarcaba mucho más del 15 por ciento del electorado. En esas circunstancias, ¿de qué «opresión independentista» puede hablarse? ¿Se refiere a la educación catalana de esa época? Soy nacido en Barcelona, bilingüe pero con el castellano como lengua materna, de madre cordobesa y padre barcelonés. Me crié y eduqué en Cataluña entre los 80 y los 90, soy hijo del sistema de inmersión lingüística catalán, un sistema cuyos excelentes resultados están acreditados por los recientes informes PISA. Conozco la historia de España (Cid y Reyes Católicos incluidos), la literatura española (soy, créame, más amante de Machado y de Miguel Hernández que de Salvat-Papasseit o Ramon Llull), y jamás he recibido durante mis años de escolarización catalana nada que pudiera ni remotamente parecerse a lo que usted define como adoctrinamiento independentista. De hecho, conozco la historia y la literatura españolas gracias precisamente al sistema educativo catalán. En cuanto a la lengua, y contra lo que se cree, el sistema de inmersión lingüística no favorece al catalán, sino que prima -entre una de las dos lenguas- a la contraria de la que ejerce mayor presión social en cada entorno determinado. En el área metropolitana de Barcelona, donde se concentra la mayor proporción de castellanoparlantes de Cataluña, la diglosia social es claramente favorable al castellano, por lo que, en esas circunstancias, se favorece al catalán por una elemental cuestión de compensación. El resultado es que, al salir de la escuela, los niños que han recibido esa educación son, no solo competentes en castellano, sino también, y gracias a dicho método, en catalán. No olvidemos que esta es, no únicamente lengua oficial en Cataluña, sino la lengua propia del territorio. ¿En qué otro lugar del mundo, desde que otro territorio debe ejercerse la defensa del catalán, sino es desde la propia Cataluña? ¿Lo harán los quebequeses, los azerbayanos, acaso? Se trata de una lengua con poco más de 9 millones de hablantes, que, de otra manera, sería fagocitada por su vecina, que tiene más de quinientos. Si ustedes eligieron ese camino, de verdad que lo lamento, porque privaron a su hija de la posibilidad de haberse criado en un entorno que le hubiera ofrecido la riqueza de hablar dos lenguas. No obstante, fue su decisión personal, y no tengo nada que objetar al respecto. Pero, por favor, no hable de opresión independentista, no asuma el relato de los medios de comunicación nacionales sin pasarlo por el tamiz de su juicio crítico, un juicio que no pongo en duda. Y no lo haga solo en base a la autoridad que le confiere haber residido en Cataluña un tiempo. Vuelva ahora. Regrese. Hágalo sin prejuicios , sin ninguna idea preconcebida. Y dese un paseo por las calles catalanas, por las escuelas de esa tierra. Leyendo su artículo, he recordado un pequeño experimento que decidió hacer Jordi Évole hace unos pocos años:

    http://www.huffingtonpost.es/2017/10/15/jordi-evole-recupera-un-video-sobre-la-inmersion-linguistica-con-un-alcalde-del-pp_a_23243906/

    Supongo que lo conocía. Pero, si no es así, le invito a que pase, hoy mismo, por el patio del colegio de cualquier escuela del área metropolitana de Barcelona. Haga el mismo experimento que Évole. Creo que un ejercicio de honestidad nos haría bien a todos, porque artículos como el suyo, para quien conoce profundamente la realidad catalana, entristecen sinceramente a quienes hemos visto cosas mucho más esféricas que un melón.

    Cordialmente,

    José Mª

  3. Con todos los respetos, Sra. Garrote, yo sí he estudiado y leído todos estos temas durante mi escolarización en el sistema público catalán. Además de recibir las clases en la lengua que el profesor quisera usar, tanto en el instituto como en la universidad. Si mi educación tuvo algun sesgo ideológico, sin duda este fue hacia la izquierda.

    • Negar la ideologización nacionalista antiespañola es otra más de vuestras mentiras. Cuantas más y más grandes creéis que lleguen a ser creidas como verdades. Pues no. Siguen siendo mentiras.

  4. Siempre que escucho según qué comentarios sobre Cataluña por parte de gente de fuera intento pensar «si vinieran y nos conocieran, no serían tan categóricos». Pero hoy me sorprendo ante un artículo de alguien que asegura haber vivido en Barcelona (en el barrio de La Verneda, que conozco bien) durante un largo periodo y en episodios importantes de su vida. Y lo que leo (el qué y el cómo) me suena a lo mismo que escucho de esas personas que nunca han estado aquí: historias de buenos y malos como las que se empeñan en endosarnos nuestros políticos (todos ellos), como si fuéramos niños pequeños sin capacidad de discernir la inmensa gama de grises que predomina en todos los aspectos de la vida.
    La sensación que me llevo tras leer el artículo es que todo ese tiempo vivido en Cataluña caló en la autora lo mismo que un baño con escafandra, que las personas con las que se relacionó pensaban igual que ella y no tuvo tiempo o interés de integrarse y conocer a esa parte de la población (bastante numerosa) que piensa diferente. Y lo digo porque pasa. Mis padres, sin ir más lejos, llevan más de cincuenta años en Barcelona, han regentado un negocio de cara al público durante más de cuarenta años y el único catalán que les he oído hablar ha sido con mi hija de dos años que, para que quede claro, habla indistintamente catalán y castellano igual que su padre e igual que yo.
    Yo tampoco leí La Regenta en el colegio (ese año tocaba Marianela), pero la cogí en la biblioteca (allí estaba, junto a una abrumadora colección de clásicos en lengua castellana) y la leí en mi casa. Eso se podía hacer en aquellos tiempos igual que ahora y nadie me detuvo ni me miró mal por ello. Solo espero que, tal como está el panorama, pueda decir de aquí a un año lo mismo del «Tirant lo Blanc» o de la obra de Àngel Guimerà.
    No voy a poner en duda que la autora ha vivido en Cataluña, ni que allí tiene hoy a gente a la que quiere, ni que allí viera y oyese un montón de «cosas» con sus ojos y sus orejas bien abiertos. Pero sí tengo la certeza de que, sea cual sea el órgano que suscita la empatía y el interés por conocer (que no compartir) las ideas del que es diferente, todo ese tiempo lo mantuvo tan cerrado y prieto como los melones que menciona.

  5. Sra. Garrote, permítame una apuesta: me juego una comida/ cena a que si usted pregunta a escolares de la comunidad que usted quiera, de 10 no saben/conocen nada acerca de.las desamortizaciones de Mendizabal.

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