Lo que más perturba de la imagen es su arrogante eficacia. Cualquier mirada registrará, de modo inconsciente, lo que alrededor de una mesa de trabajo diseñaron sus promotores: las nociones de inocencia y de agresión. Y, por supuesto, se aceptará la distribución de los roles de víctima y verdugo asignada a unos y a otros. Sólo una mirada posterior, ésta ya reflexiva, podrá cuestionar el mensaje y conjurar esa efectividad. Pero repasemos la puesta en escena milimetrada de este poderoso grupo escultórico: una figura contemplativa y del todo ajena a la amenaza, el arcángel Gabriel, en actitud oferente con el orbe en la mano. Su protagonismo como víctima pura del relato mediante el centrado en el conjunto clasicista de frontón y sobrias columnas dóricas, éstas no obstante medio derruidas como signo premonitorio del desastre que se avecina. El escalofrío de orden cinético que nos transmite el águila desproporcionadamente grande al abrumarnos con sus alas desplegadas y la garra, bien crispada y fija en el instante de impulso previo a la aniquilación. La leyenda del frontón: “Monumento a las víctimas de la ocupación alemana”. Ejemplo rabiosamente actual de construcción de un discurso falaz, presto a la aceptación y al consumo por la fracción de ciudadanía distraída o perezosa. Precisamente esa ciudadanía que acepta la propuesta de aplaudirse y celebrarse a sí misma en el sutil y a la vez obvio juego político de espejos que despliega el populismo de hoy.

La imagen fue tomada el 24 de noviembre en la plaza de la Libertad, Budapest. Szabadság tér es un lugar de densidad simbólica y discursiva abrumadora, un recinto de edificios clasicistas y art nouveau donde el silencio corta el aire tanto como el frío, la piel. Donde pugnan entre sí el último residuo de la etapa comunista que puede hallarse en la ciudad -el Monumento a la ocupación soviética de Hungría al final de la II Guerra Mundial, reconocimiento del régimen comunista local a la liberación rusa del yugo nazi-, y la embajada de Estados Unidos. Este edificio no sólo se impone como el polo ideológico opuesto meramente en abstracto: en la memoria de los húngaros se asocia con la resaca de la invasión de los tanques rusos, cuando el sueño aperturista fue liquidado en 1956. Desde entonces, y durante los siguientes quince años, la sede sirvió de refugio para el cardenal Mindszenty, símbolo de la resistencia católica al régimen satélite de Janos Kádár, y hoy héroe en el imaginario colectivo húngaro. Para completar el cuadro, una estatua del presidente Reagan sorprende al viajero en su perplejo deambular por la plaza. Y aún podría añadirse que, a pocos cientos de metros, se encontrarán más cosas: el Parlamento de Hungría, construcción fuera de medida, pensada quizá más como puesta en escena de una identidad nacional que se buscaba –y se sigue buscando- a sí misma hipertrofiada, que como mera casa de la deliberación democrática. O el homenaje a Imre Nagy, el rostro del comunismo amable, líder de la revolución de 1956, ejecutado por el régimen, proscrito durante décadas y también rehabilitado: hoy, su recogida estatua –de un aroma a la sedente figura de Pessoa junto a A Brasileira, en Lisboa- se convierte en excusa inevitable para el posado fotográfico del turista, que se marcha de allí sonriente, con la idea de un político entrañable, precursor de las libertades recuperadas en 1991. O el emotivo monumento Zapatos en el Danubio, brillante sinécdoque de la ausencia a la que se condenó a los judíos de Budapest en los estertores de la pesadilla nazi. Discursos múltiples, mezclados en un notable caos, disonantes entre sí, trazos de identidad contradictorios de un país que de nuevo recomienza su andadura. Pero volvamos ya al monumento inicial, el que registra la fotografía. Porque es con esa parte tan embarazosa de la reciente memoria húngara con la que cabe relacionarlo: con su papel ante el holocausto judío.

Como el lector ya ha deducido, el arcángel Gabriel no representa otra cosa que la confiada Hungría de entonces, y el águila la despiadada máquina de destrucción del III Reich. Por si la simbología necesitaba refuerzo, un anillo en su garra muestra la cifra 1944, es decir, el año de la ocupación nazi de Hungría. Por tanto: ésa es la explicación y en ese momento ocurrió todo. El discurso populista ofrece razones sencillas para los hechos desagradables, siempre una misma causa única y siempre atribuible al otro: su maldad y su mala fe. De eso hemos aprendido mucho aquí, en Cataluña: por si aún no lo habían escuchado cientos de veces aquí todo empezó con la sentencia del TC sobre el Estatut.

Por supuesto, la realidad histórica es distinta, e inocular la mentira de la mano de una autocomplacencia nacionalista que la cuele de matute es la estrategia del propósito autoritario del primer ministro Viktor Orbán, que tantas preocupaciones está dando a la UE en su laminado sistemático de principios democráticos esenciales para el proyecto comunitario. La realidad que vela la escultura –contraejemplo fáctico del anterior Zapatos en el Danubio-, al centrifugar a la Alemania nazi la responsabilidad exclusiva de la masacre, al ofender cuando simula que homenajea, es que Hungría, con el fin de recuperar la soberanía sobre territorios perdidos tras la I Guerra Mundial, colaboró desde el inicio con el proyecto bélico de Hitler. Que un régimen totalitario autóctono, el nacional-fascismo de la Cruz Flechada, ocupó el poder durante los últimos meses de la contienda y envió a las cámaras de Auschwitz a más de 400.000 judíos húngaros en un tiempo récord. Que la ocupación alemana de Hungría no fue tal, sino más bien un paseo triunfal y acordado, ante la indiferencia de la gran mayoría de la población.

Así, la escultura se erige como el último fragmento de discurso en el sobrecargado espacio de la plaza de la Libertad. Puesta por sorpresa, una noche de hace más de tres años, por orden gubernamental, ahí sigue, a pesar de las constantes protestas. Porque desde el primer día provocó la indignación de una mitad de la población, la que no se plegó a creer: el nacional-populismo, siempre partiendo la ciudadanía en mitades casi perfectas. El autoritarismo oficial –democracia iliberal es la etiqueta que el propio Orbán acuñó sin complejos para definir su programa de gobierno- contra la reacción espontánea de ciudadanos que resisten y pugnan por mostrar un relato alternativo. Repárese en la parte inferior izquierda de la fotografía: los textos, testimonios y objetos que la ciudadanía anónima opone al oficialismo. Cartas de indignación, explicaciones para el visitante atento, incluso objetos personales de las lejanas víctimas. El rechazo, sobre todo, de ese uso de la historia agresivo y mendaz, que es a la vez corolario de una forma inevitable de actuación una vez en el poder. Todo muy familiar para quien haya abierto los ojos estos últimos años en Cataluña, a pesar de la incapacidad de demasiados, todavía hoy, para reconocer dónde está el autoritarismo. Orbán, Erdogan, Kaczynski, Puigdemont: rostros múltiples de una misma realidad.

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