Lo hice a través de uno de esos vídeos que tanto se viralizan hoy en día en redes sociales, en concreto en esa que ahora se llama X. Me impresionó la sencillez, la falta de ornamentación: un chaval de unos 20 años, sentado en una silla, listo para enfrentarse dialécticamente a cualquiera que osara hacerle frente. No hacía falta nada más. La gente del público hacía turnos para intentar machacarlo y, de esos intercambios, su equipo sacaba pequeños fragmentos que publicaba online. Así fue como muchos conocimos a Kirk, y así fue como perdió la vida el 10 de septiembre de 2025. Nació mediáticamente sentado en una silla, y abandonó este mundo de la misma forma. Mirando a un auditorio e intentando expresarse.
Intento empatizar con quienes celebran que Charlie Kirk ya no esté entre nosotros. He leído sus motivos: era un activista con unas opiniones nada halagüeñas sobre el colectivo LGTBI, el antirracismo o la causa palestina; era un conservador cristiano que estaba en contra del aborto; era un defensor de Donald Trump, y es difícil negar que su plataforma, Turning Point USA, hizo mucho por sus victorias electorales; y, por último, defendía el derecho a portar armas, aunque eso implicase la muerte de personas. No obstante, pienso con honestidad que quienes celebran su fallecimiento no se dan cuenta del precedente que se ha creado.
Charlie Kirk creía en el poder de la palabra. Lo último que hizo en vida fue tratar de contestar a la pregunta de un creador de contenido de izquierdas. Lo repito: no lo mataron en un mitin, ni en medio de un discurso incendiario, ni en una insurrección civil, ni siquiera en la cámara de eco de una charla conservadora de universidad. Puede que lo último que viese Charlie Kirk antes de morir fuese a un ser humano que pensaba distinto a él. Lo último que hizo en vida fue hablar con alguien con quien no tenía nada en común en el ámbito político. Murió con un micrófono en la mano, sentado, en un ambiente distendido, esperando la siguiente pregunta.
«Puede que lo último que viese Charlie Kirk antes de morir fuese a un ser humano que pensaba distinto a él.»
No son pocas las veces en las que he hablado, con amigos y familiares, de un fenómeno que me preocupa: la igualación de todo lo que existe en base a palabras grandilocuentes. Todo es fascismo, todo es comunismo, todo es violencia, todo es odio. Estamos empezando a recoger los frutos, porque el razonamiento no es demasiado complicado: si no gustarte algo se convierte en odiarlo, y el odio lleva a la violencia (o, por qué no, es literalmente violencia), disentir de alguien que se sienta amenazado se convierte en una amenaza hacia la integridad de esa persona y, por ende, se activa el derecho del agraviado a defenderse, ejerciendo a su vez violencia para ello. Es imposible salir de esa lógica si no le pegamos una patada al tablero, y tenemos que hacerlo ya.
No se puede mantener una discusión política civilizada con alguien que se siente existencialmente amenazado por quien piensa distinto. Me parece que esta máxima debería ser respetada sin excepción posible. La discusión política en estado de guerra es imposible. Alguien que percibe el disenso como un riesgo no está en sus cabales para debatir, y tenemos nuestra política (y también la discusión civil, por desgracia) plagada de ejemplos de esta forma de pensar. No se trata de culpar al que está asustado, sino de darnos cuenta de cuándo alguien está participando en un intercambio desde una posición inadecuada y ser amables con él.
«No se puede mantener una discusión política civilizada con alguien que se siente existencialmente amenazado por quien piensa distinto.»
He escuchado muchas veces eso de “que haya personas que piensan como tú pone en riesgo el derecho de (inserta tu colectivo favorito) a una vida digna”. Contra ese argumento no se puede hacer nada. Contra quienes afirman en X que Kirk “odiaba” a las personas trans, a los homosexuales, a las mujeres, a los musulmanes o a los izquierdistas y que, por ende, su existencia era una amenaza, no se puede hacer nada. Debatir contra alguien que opera desde ese marco conceptual es imposible, porque disentimos en la propia definición de las palabras a través de las cuales se articula nuestro discurso.
Hemos prestado muy poca atención a la deformación del significado de muchos términos, y eso nos ha llevado a un punto del que es muy difícil retornar. Parémonos un momento a pensar: buena parte de quienes reflexionan habitualmente sobre política tienen dudas de si alguien se merece que lo maten por lo que piensa y dice. No por lo que hace, no por su trato con los demás, no por su participación activa en acontecimientos desagradables. Personas que están interesadas en la política discutiendo activamente si alguien cuyo discurso les disgusta se merecía o no desangrarse en público. O lo que es aún peor: si ser asesinado era la consecuencia inevitable de sus actos.
«buena parte de quienes reflexionan habitualmente sobre política tienen dudas de si alguien se merece que lo maten por lo que piensa y dice»
Como broche de oro a la época distópica en la que nos encontramos, las personalidades de izquierdas que se han atrevido a discutir que Charlie Kirk mereciese la muerte han tenido que recurrir a aclarar que discrepaban de las opiniones de la víctima en todos o casi todos los temas. “No soy de derechas, pero me aterra que alguien sea asesinado por defender sus ideas”. Me aterra pensar que hasta algunos políticos se han plegado a este ritual, aclarando primero lo mucho que les repugnaba Kirk para ganarse el derecho de sentir lástima por su muerte. Ni que decir tiene que los influencers están aún peor: sus audiencias les han afeado, por ejemplo, que llorasen en directo por el asesinato de un rival. “No eres verdaderamente de izquierdas”, le decían a Dean Withers, un chico joven que había debatido en alguna que otra ocasión con Kirk y que, a pesar de considerarlo “una persona horrible” (en sus propias palabras), no pudo evitar llorar ante la idea de la mujer y los hijos que dejaba atrás. En este punto estamos.
Espero que quienes querían, respetaban o amaban a Charlie Kirk se queden con el recuerdo del muchacho que, con solo 19 años, organizó Turning Point USA con el sueño de poder defender sus ideas ante un auditorio cada vez más grande. Yo, por mi parte, me quedo con dos imágenes. La de sus inicios, con una solitaria silla en un campus universitario lleno de gente hostil, y la de la época previa a su muerte, con todo un imperio mediático y una familia hermosa que espero que encuentre el consuelo que se merece. A mí, sinceramente, me parece que su asesinato es la demostración más palpable de lo importante que era su labor.
«La silla de Charlie Kirk ha quedado vacía. No es fácil adivinar quién ocupará su lugar»
Por último, recordemos la máxima de que “a rey muerto, rey puesto”. La silla de Charlie Kirk ha quedado vacía. No es fácil adivinar quién ocupará su lugar. No es difícil imaginar que será alguien peor que él.










