El lunes pasado, por 194 votos a favor y 364 en contra, la Asamblea Nacional francesa negaba la confianza al gobierno de François Bayrou. Al día siguiente, el primer ministro cumplió su deber constitucional, presentando su dimisión a Macron. Francia despedía así al cuarto jefe de gobierno ¡en dos años! Si durante medio siglo, Italia se ha granjeado la fama de campeona europea de la inestabilidad institucional, el país galo parece decidido a batirse por el título.
«El lunes pasado, por 194 votos a favor y 364 en contra, la Asamblea Nacional francesa negaba la confianza al gobierno de François Bayrou»
Veamos una breve recapitulación de los últimos años, porque la imagen es desoladora:
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- Elisabeth Borne: 1 año, 7 meses y 24 días (16/05/2022 – 09/01/2024)
- Gabriel Attal: 7 meses y 27 días (09/01/2024 – 05/09/2024)
- Michel Barnier: 3 meses y 8 días (05/09/2024 – 13/12/2024)
- François Bayrou: 8 meses y 27 días (13/12/2024 – 09/09/2024)
Borne y Attal dimitieron ante la imposibilidad de hallar apoyo en la Asamblea Nacional. En cambio, a Barnier y a Bayrou los ha destituido el parlamento. El último perdió la cuestión de confianza a la que se sometió, después de que se rechazara su plan de recortes presupuestarios. Barnier, directamente, fue derrotado en una moción de censura. Francia no veía caer un gobierno de esta forma desde en 1962, cuando la Asamblea censuró el gobierno de Pompidou –quien más tarde se convertiría en Presidente de la República.
«Francia despedía así al cuarto jefe de gobierno ¡en dos años!»
El origen de esta inestabilidad institucional se remonta a la reelección de Macron en 2022. Como dicta la constitución, el Jefe de Estado (re)electo convocó entonces elecciones legislativas. En las últimas dos décadas, el partido del Presidente acostumbraba a obtener mayoría absoluta –algo que la ley electoral favorece–, lo que le permitía gobernar con comodidad. Pero, esa vez, si bien su partido, ¡Juntos!, obtuvo la primera posición en escaños, no alcanzó el control absoluto de la Asamblea.
Desde los primeros años de la presidencia de Chirac (1995-2007), Francia nunca había visto una Asamblea que el Presidente no tuviera en un puño. Con esta perspectiva, muchos esperaban que Macron siguiera los pasos de Chirac o, su predecesor, Mitterrand: la cohabitación. En pocas palabras, nombrar a un primer ministro que no fuese de su partido.
«El origen de esta inestabilidad institucional se remonta a la reelección de Macron en 2022»
En muchas repúblicas, como Alemania, Italia, Portugal o Austria, que el Jefe del Estado y el de gobierno provengan de partidos distintos es casi el pan de cada día. ¡Y ojo! No ocasiona problemas, ya que el peso de la agenda gubernamental descansa en el primer ministro o canciller, mientras que el Presidente desempeña un rol simbólico y moderador.
En contraste, bajo la Constitución de 1958, se concibe al primer ministro francés, como un edecán del Presidente. Este lo nombra y lo cesa a voluntad. Para echar a andar, un gobierno no necesita de un voto de confianza parlamentario –aunque los diputados sí pueden tumbarlo mediante una moción de censura. Claro que, sin mayoría parlamentaria favorable, el Presidente y su gobierno no pueden aprobar leyes. En pocas palabras, el país queda paralizado.
«bajo la Constitución de 1958, se concibe al primer ministro francés, como un edecán del Presidente»
Semejante marco constitucional no está diseñado para que Presidente y primer ministro tengan agendas políticas distintas. No digamos ya, contrapuestas. En Francia las cohabitaciones prolongaban un tira y afloja que, tras muchas tensiones, concluía con una ruptura. Para entenderos, la relación contra natura de una cohabitación vendría a ser el equivalente francés a una gran coalición en sistemas parlamentarios, como el español.
Macron la evitó, pero eso no ha ahorrado problemas. Más bien al contrario. Dio inicio una parálisis institucional que va camino de cumplir tres años.
«En 2024, el partido de Le Pen, Agrupación Nacional, obtuvo una victoria abrumadora en las elecciones europeas»
En 2024, el partido de Le Pen, Agrupación Nacional, obtuvo una victoria abrumadora en las elecciones europeas. Macron disolvió entonces el parlamento francés, en un intento desesperado de sacar ventaja de una convocatoria electoral inesperada.
La jugada no le salió mal del todo. Su coalición aguantó en segunda posición (168 diputados) por detrás de las izquierdas (182 diputados). Sin embargo, el nuevo parlamento resulta ingobernable sin grandes acuerdos. Para colmo, a pesar de a que Agrupación Nacional quedó en tercer puesto en escaños (143), no ha de olvidarse que obtuvo la victoria en votos, lo que reforzó la movilización de sus bases, reabriendo el eterno debate sobre el sistema electoral.
«Macron disolvió entonces el parlamento francés»
Desde 2024, las izquierdas francesas entienden que Macron debe invitar a un candidato de sus filas a presidir el gobierno, torpedeando los sucesivos premieres del Presidente. En esta estrategia, se cumple aquello de que la política hace extraños compañeros de cama, ya que Le Pen, por sus propios intereses hace pinza con las izquierdas para derribar a los gobiernos de centro-derecha nombrados por Macron.
¿Qué opciones le quedan al Presidente de la República? Pues, como se esperaba, va a seguir probando con primeros ministros de centro derecha liberal. Ha nombrado nuevo primer ministro, al ex ministro de defensa, Sébastien Lecornu, uno de los más estrechos colaboradores de Macron.
«Ha nombrado nuevo primer ministro, al ex ministro de defensa, Sébastien Lecornu»
Sin exagerar, esta ruta conduce a una vía muerta. Aunque en Francia la Asamblea Nacional no puede imponer un gobierno al Jefe del Estado, los diputados de izquierdas y de derecha radical ya amenazan con una moción de censura contra Lecornu.
Otra alternativa pasaría porque Macron cediera y nombrara a un primer ministro de izquierdas, pero eso sabotearía su agenda de recortes de gasto público. La derecha radical de Agrupación Nacional parece haber dado definitivo portazo a cualquier acuerdo con el Eliseo. De hecho, Le Pen le pide a Macron que dimita.
«Otra alternativa pasaría porque Macron cediera y nombrara a un primer ministro de izquierdas»
Este último escenario, la marcha del Jefe del Estado tampoco asegura la resolución de la crisis. Si dimite Macron, el presidente del Senado asumirá interinamente la jefatura del Estado. Su única misión será convocar nuevas elecciones presidenciales. El ganador, fuese quien fuese, probablemente disolvería el parlamento, pero nada garantiza que las urnas arrojaran un parlamento más estable. Misma obra, con distintos actores.
Hay una tercera opción. Como ya ha pasado un año desde las últimas elecciones, Macron podría convocar nuevos comicios parlamentarios. Pero claro, volvemos a lo mismo, nada garantiza que el nuevo parlamento le sea favorable. De hecho, las encuestas auguran un parlamento más fragmentado y un severo empeoramiento electoral para el partido del Presidente.
«Como ya ha pasado un año desde las últimas elecciones, Macron podría convocar nuevos comicios parlamentarios»
Como toda crisis institucional profunda esta es el reflejo de un severo problema: la preservación del Estado del bienestar francés, amenazado por la deuda. La mejor solución pasa, claro, por un acuerdo ajeno a intereses partidistas, algo cuya lejanía ahora mismo rivaliza con la del horizonte.










