Buceé en la historia de Hans Dietrich Genscher la primera vez que escuché esta cita memorable: “La prensa es la artillería de la libertad”. Dietrich, fue ministro del Interior alemán con el SPD y represalió a Septiembre Negro cuando el exterminio de los atletas israelíes de los juegos olímpicos de Munich en 1972.

Nunca fui amante de las citas porque suelen acabar en el repertorio discursivo de algún burócrata que intenta comprarse la envergadura de líder o algo de ingenio ajeno para terminar un párrafo. Es como un pedazo hurtado a un discurso completo de fuerza, riesgo y carisma para convertirlo en un banner melifluo y florido de agenda de instituto.

Pero en esta cita había un matiz que convertía a un junta letras en lo que yo espero del periodismo. En un recurso bélico contra caudillos. El oficio de contar cosas en la valentía intestina de denunciar todos los despotismos. Y no concibo mayor suerte que militar en ese bando. Soy feliz colgándome la mochila en la espalda para ir al lugar donde agravies a los totalitarios. A veces me preguntan qué saco, qué gano o por qué vuelvo cada año. Vuelvo porque me hace feliz y porque no imagino mayor vergüenza que sentir el miedo a contarlo.

Escribir y hablar libremente hoy en día supone abrirte paso entre la multitud de una paranoia colectiva que ha levantado la clase política con unas estructuras de chantaje que a mi juicio se derrumban: el desafío catalán y vasco, la ideología de género, la aberración del multiculturalismo, la ruina y la enfermedad nacionalista que siempre ha sido inherente al socialismo, el comunismo rescatado, mentiras históricas mantenidas en el tiempo. Y escribiendo me siento una afortunada por tener la posibilidad de empujarlas al abismo. Simplemente no existe esa posibilidad desde un escaño porque son los políticos los que las han levantado. Han convertido a España en ese país en el que una televisión pública considera interesante entrevistar a Otegi mientras los periodistas tienen que esconder el nombre de su hijo para que nadie pueda amenazarle.

Ese país en el que en el nombre de la democracia una minoría independentista atropella a la mayoría con toda la inmunidad y el poder que todos los gobiernos les han conferido durante 40 años. Es ese país en el que es libertad de expresión ver a las CUP quemar la bandera de España y llamar fascistas a los demócratas mientras, los que hacemos periodismo caminamos sobre el filo que separa a la calle de un juzgado con elementos de censura habilitados e implementados incluso en el Código Penal.

Uno de ellos es el artículo 510 y 511 relativo al delito de odio que castiga en el Código Penal con pena de prisión de uno a cuatro años y, además, con la pena de multa de seis a doce meses a quienes públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación …por motivos racistas, ideológicos, religiosos, de creencias…”. Censura disfrazada de corrección y paternalismo. El chantaje político al periodismo para obligarle a no odiar ni atacar a ninguna de las grandes y actuales amenazas alumbradas por ellos mismos. Para ser un ser humano y un profesional decente no hay que odiar absolutamente nada. Es delito de odio adelantarte al Abouyaaqoub de turno que te venga a abrir en canal. Señalar a la Juana Rivas de la opereta de la ideología de género que practique el secuestro parental para extorsionar al estado de derecho. Odias si avisas a un transexual femenino de que la filosofía LGTBI le ha timado, y que ninguna consultora de género ni ninguna ley ideológica va a concederle el milagro de la concepción. Estos son sólo algunos de los males totalitarios instalados por la peor clase política de la historia que pienso ayudar a destruir.

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