Hay autoras que, sin haberlas leído, sabes que van a formar parte de ti. Es algo más que un presentimiento.

Una tarde fría de enero, abrí lentamente un libro del que había oído hablar casi con unanimidad. Lo comencé con esa mezcla de zozobra y de emoción que todos los lectores conocen muy bien. Se titulaba Nada se opone a la noche. Desde el principio, tuve la extraña sensación de que junto a mí estaba sentada la propia Delphine de Vigan. En realidad, tuve la certeza. Oí su voz, aunque jamás la había escuchado. La imaginé ligeramente ronca, con esa sensualidad tan francesa. Interrumpí la lectura para buscar un vídeo o una grabación que corroborasen mi intuición. Me sorprendí. No era como yo la había imaginado. Su voz era clara, con un tono suave y levemente agudo. Me pareció una mujer cercana, con un gesto afable, enmarcado por una melena rubia y rizada. Volví nuevamente los ojos hacia el libro y releí la primera línea: Mi madre estaba azul, de un azul pálido mezclado con ceniza, la encontré en su casa esa mañana de enero. Y pensé que, quizá, esa mañana de enero podría coincidir con la misma en la que yo había empezado el libro. Enero, siempre frío, pero siempre prometedor. Continué leyendo (…) Mi madre llevaba varios días muerta. Y ahora sí; en ese instante se sincronizó con mi lectura la voz común de una mujer singular, cuya infancia y adolescencia la arrastraron hacia el abismo para llevarla después a tocar las estrellas. De Vigan nos cuenta cómo vivió esos primeros momentos en los que trató de asimilar que su madre había muerto, en los que tuvo que hacer frente a una pregunta que su hijo de nueve años le formuló, volviendo del dentista. ¡Qué prosaico! La abuela…de alguna manera… ¿se suicidó? Delphine tuvo que admitir que su hijo sorteó sin paliativos todos los eufemismos utilizados hasta entonces. Poco después, se decidió a escribir sobre su madre, antes y después de serlo, a enfrentarse a su pasado y a tratar de comprenderlo, tal vez de perdonarlo. Eligió hacerlo a través de la voz de sus propios parientes que nos muestran a una Lucile fragmentada, como un laberinto de espejos o una colcha de retazos disfuncionales. De Vigan nos pide que la acompañemos en su búsqueda personal y en su proceso creativo. Nos introduce en un túnel oscuro y perturbador, repleto de secretos familiares, al igual que lo hace en Las lealtades, con esa misma narrativa precisa, dura y hermosa, capaz de convertir el dolor en belleza. No suelo llorar mientras leo; en realidad, no lo hago nunca, pero esta historia de adolescencia y desamor, de abandono, de invisibilidad, se me clavó como un estilete bajo la piel. Quién puede soportar sin rabia la imagen de un niño de doce años bebiendo a escondidas tras un armario del colegio. Un adolescente que solo desea refugiarse en la sensación evanescente de la borrachera. Quizá sea una de las novelas más duras que he leído. De Vigan no necesita vísceras ni giros para sumergirnos en lo más abyecto del ser humano: la falta de compasión, la auténtica soledad, la deshumanización del egoísmo y de la miseria moral: esas lealtades que son lazos invisibles que nos vinculan a los demás lo mismo a los muertos que a los vivos —, promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos (…) Nuestras alas y nuestros yugos. Delphine de Vigan no oculta que ha sufrido. Lo muestra de modo descarnado y punzante en sus novelas. Ella misma habla sin tapujos de su anorexia a los diecinueve años como un autocastigo por pecados que, más tarde, descubrió que no eran suyos. Confiesa en las entrevistas, con esa voz ligeramente aguda, su pánico tras el éxito y los años de parálisis creativa. Pero, al igual que habla del sufrimiento, no oculta tampoco su agradecimiento a la vida. Y por ello, sin duda, uno de sus libros más bellos, Las gratitudes, comienza con las preguntas que solo son capaces de hacerse los que han amado y vivido: ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias? (…) ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias?

Yo también os confieso que, aunque no sea enero, seguiré leyendo a Delphine de Vigan, a una autora que me fascina porque escribe con la belleza concisa de quien mira de frente a la muerte y no teme a la vida.

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He nacido en Zaragoza y vivo en Logroño. Adoro las dos ciudades porque son acogedoras y generosas como sus gentes. Soy Licenciada en Filosofía y Letras en la especialidad de Historia Moderna y Contemporánea. Ejerzo de profesora de Geografía e Historia y Filosofía. No concibo mi vida sin mis alumnos. Apasionada del cine, de la literatura y de los viajes. Escribo desde que era niña, seguramente, porque la lectura me ha hecho muy feliz. A finales de 2018 publiqué “Dostoievski en la hierba” y en junio de 2021, mi segunda novela, "¿Quién ha visto a una sirena?" Sigo adelante.