Cuatro de cada diez jóvenes menores de 25 años tienen pensado opositar.

Esa es la noticia que ha dado pie a una oleada de indignación ante lo que sería poco menos que una tragedia nacional. Hay que tener en cuenta, no obstante, que esto no tiene nada de nuevo; cada vez que aparece una entrevista de alguien que ha elegido la función pública, vuelve la misma cantinela: la mediocridad de elegir un empleo público frente a la opción aguerrida y patriota de ganarse la vida por uno mismo.

Nuestro sector público no es perfecto; no obstante, me da la sensación de que quienes lo atacan lo hacen desde una mediocridad intelectual muy triste. Existen líneas argumentativas muy sólidas para sacar los colores a nuestra Administración Pública, pero también aseveraciones absurdas y con muy poco fundamento.

Creo que va siendo hora de superar la imagen “carca” que mucha gente tiene de los funcionarios. La mayor parte del empleo público no es gente en una ventanilla, aburrida, esperando a que aparezca algún ciudadano para amargarle la mañana con su cara de pocos amigos. Los funcionarios no somos amargados con empleos tristes; los salarios en España son generalmente de miseria, pero se da la circunstancia de que el empleo público (sin grandes alardes tampoco) está mejor pagado que el privado de media. Además, solemos tener mejores condiciones laborales, entre otras cosas porque las nuestras se nos respetan y, si no, ahí están los sindicatos y el resto de actores sociales para hacerlas respetar. El sector privado necesita enormes mejoras en este sentido.

«Cuatro de cada diez jóvenes menores de 25 años tienen pensado opositar»

Muchos de nuestros empleos, además, son cada vez más dinámicos. Nuestro ámbito de acción se va ampliando, y por experiencia propia puedo decir que cada día veo expedientes muy diferentes, converso con personas interesantes y analizo documentación de cierta complejidad. Cabe destacar, también, que la edad media de la plantilla va bajando. En las oficinas se junta mucha gente joven y el ambiente de trabajo es bastante agradable. También tenemos la posibilidad de ir adquiriendo cada vez más responsabilidad, y en mi carrera administrativa es seguro que (salvo que yo no quiera) mi posición y las implicaciones derivadas de la misma irán cambiando.

Me da la impresión de que la gente hace una comparativa tramposa, cogiendo lo peor del empleo público y lo mejor de la iniciativa privada. Contraponen al señor o señora deprimida que está deseando jubilarse y que te atiende con las bolsas de Mercadona al lado, como representante del sector público, con el chico de treinta años que tiene una empresa potente y que vive entre Dubái e Ibiza, como representante del sector privado. La media, en realidad, creo que es bastante distinta: a nosotros podría representarnos un chico o chica con dos o tres años de experiencia, pensando en alquilar un piso solo en una gran ciudad y, quizá, promocionar dentro de la Administración para alcanzar un mejor puesto; al sector privado podrían representarlo miles y miles de jóvenes que trabajan por cuenta ajena, sin conciliación de su vida personal y laboral y cuya posibilidad de promocionar pasa por hacer horas y horas hasta que les ofrezcan una salida un poco mejor en la siguiente empresa.

«Me da la impresión de que la gente hace una comparativa tramposa, cogiendo lo peor del empleo público y lo mejor de la iniciativa privada»

Incluso si contraponemos la mejor versión de cada uno, pienso con sinceridad que depende de gustos. Si me preguntáis a mí, prefiero mi trabajo, o el de un diplomático, a tener una empresa pequeña o mediana. No sé si es mejor ser juez o ser el dueño de una cadena de Smash Burger, o si uno disfruta más siendo profesor universitario o haciendo dropshipping de Amazon o desarrollando zapatillas. Tampoco pienso que sea fácil determinar quién genera más riqueza para un país, si alguien que interpreta y aplica la ley o alguien que vende gofres con formas “sugerentes” en el barrio de Chueca. Preferiría ser Técnico Comercial del Estado que influencer en redes sociales, qué queréis que os diga. No hay que olvidar que nuestro perfil acaba siendo muy demandado en el sector privado. Por algo será.

Una vez despejadas las críticas mediocres, vamos a las que tienen cierta relevancia y algo de verdad.

«Preferiría ser Técnico Comercial del Estado que influencer en redes sociales»

El sector privado hace falta, y es el que aporta los recursos con los que se sostiene el sector público. Eso nadie lo niega. El problema es que quienes entronizan el sector privado parecen creer que tener un sector público potente no da fuerza y vigor a un país. ¿De verdad creemos que es una mala idea captar a personas “top” para que sean nuestros médicos, nuestros jueces, nuestros profesores? En mi opinión, quien tenga el deseo de montar una empresa debe poder hacerlo, y debería favorecerse la iniciativa privada; pero también veo correcto que España utilice parte de sus recursos para mantener una plantilla de altísimo nivel en la Función Pública. Gastar dinero en que personas inteligentes y trabajadoras ocupen puestos de responsabilidad es una inversión, no un gasto.

De la misma forma, quien dice que deberíamos poder perder nuestra plaza tiene razón en parte. El problema de esto está en articularlo correctamente. ¿Quién decide los criterios para cesar a un juez, un investigador universitario o un médico? Soy partidario de que se me quite el empleo público conseguido si no cumplo unos mínimos criterios (trabajar durante mi jornada laboral y mantener un desempeño decente, por ser simple), pero no acaba de quedarme claro quién debería tomar la decisión. Al fin y al cabo, nuestro carácter permanente se ha extendido indebidamente, pero tenía su razón de ser: evitar que el gobierno de turno ponga y quite a sus favoritos dentro de la función pública. No sé exactamente cómo se solucionaría, más allá de la obviedad de echar a quienes no aparecen ni por su puesto de trabajo; menos claro lo tengo todavía si, como comentaba en otro artículo, cuando hago bien mi trabajo la gente se enfada porque tiene que pagar impuestos. ¿Hay un volumen bueno de expedientes para los Inspectores de Hacienda, una especie de cifra justa? Supongo que está por ver. Primero habrá que decidir si trabajamos demasiado o demasiado poco. Depende de a quién le preguntes. Como todo.

«¿De verdad creemos que es una mala idea captar a personas “top” para que sean nuestros médicos, nuestros jueces, nuestros profesores?»

La crítica más inteligente, en mi opinión, es la de quien habla del sesgo elitista de los puestos de mayor nivel dentro de la Administración. Es una realidad: el hecho de tener que dedicar algunos años de tu vida de forma casi exclusiva (o totalmente exclusiva) a estudiar una oposición crea un sesgo a favor de quien viene de familias que se lo pueden permitir. Siendo completamente honesto, yo he sido beneficiario de becas para estudiar toda mi vida, también para estudiar la oposición a Inspección de Hacienda; vengo de familia trabajadora, cosa que no deja de ser excepcional dentro del grupo A1. Creo que ésa es la mejor vía para conseguir que personas inteligentes de clase trabajadora puedan aprobar estas oposiciones; pienso, además, que deberían ser más cuantiosas, con el fin de sufragar no solo los gastos de la academia y los desplazamientos, sino también, aunque sea en parte, el coste que para las familias supone tener un miembro improductivo. De nuevo, lo veo una inversión, en pos de que los mejores elijan la función pública si es lo que desean.

Por otro lado, debo decir que, igual que soy crítico con el elitismo del acceso al grupo A1, tampoco soy ingenuo: España es un país de enchufismo, elitista a todos los niveles. Tampoco un hijo de currantes lo tiene tan fácil para montar una empresa, ni para alcanzar un buen nivel en el sector privado. Sé que a todo el mundo le encantan las historias de superación, pero igual que la mayoría de funcionarios A1 tienen padres con mucho dinero, también los principales empresarios jóvenes los tienen. Eso, o muy buenos contactos. Y antes de que salte alguno que otro, seguro que algún emprendedor tiene un origen humilde; también yo lo tengo. Estoy hablando en general y, en un sentido amplio, las personas exitosas en España tienen padres y abuelos que ya eran exitosos. Es lo que hay, y el camino de democratización que estamos siguiendo es el correcto, pero va muy despacio.

«igual que soy crítico con el elitismo del acceso al grupo A1, tampoco soy ingenuo: España es un país de enchufismo»

En definitiva, yo me siento orgulloso de ser funcionario. Soy parte de un grupo de personas de muchísimo nivel, cada vez más diverso e inclusivo, con unas condiciones laborales que van mejorando y unas expectativas de avance profesional muy interesantes. Hay que depurar la función pública de quienes no están a la altura, despolitizarla todavía más, aligerarla donde pueda ser aligerada y hacer que, especialmente en los puestos más elevados, la plantilla represente la realidad española e integre a todas las clases sociales, convirtiendo el supuesto “ascensor” en una realidad efectiva. Esas son las asignaturas pendientes, sin que ello implique echar por tierra todo lo bueno que tiene ser servidor público.

Haríamos todos bien en no agachar la cabeza.