“Cuidado, porque no tengo miedo y, por tanto, soy poderoso” (Frankenstein, Mary Shelley)
“En el verano de 1816, visitamos Suiza y fuimos vecinos de lord Byron. Al principio pasábamos las plácidas horas en el lago, o vagando por sus orillas; y lord Byron, que estaba escribiendo el tercer canto de Childe Harold, era el único de nosotros que había plasmado sus pensamientos sobre el papel. Tales pensamientos, conforme nos los exponía sucesivamente, se investían de toda luz y la armonía de la poesía, parecían acuñar como divinas las glorias del cielo y de la tierra cuyas influencias compartíamos.
Pero aquél fue un estío borrascoso, desapacible, y a menudo la incesante lluvia nos tenía encerrados en casa durante días enteros. Cayeron en nuestras manos unos volúmenes de relatos de fantasmas, traducidos del alemán al francés…
…‹‹Escribamos todos un cuento de fantasmas», dijo lord Byron; y su proposición fue aceptada”, Mary Shelley (1831)
Con estas palabras, la autora precursora de la actual ciencia-ficción y terror, nos acerca a aquél verano en el que un reto se convirtió en idea y la idea en una obra indispensable para comprender, no solo el origen de un género literario, sino muchos de los temores que despertaban los avances científicos.
Frankenstein o El moderno Prometeo: Ciencia, Miedo y la Búsqueda del Conocimiento
“¿Cómo yo, a la sazón una muchacha, pude pensar y abundar en una idea tan espantosa?”, fue una pregunta que intentó responder Mary Shelley (1797-1851) cuando los editores de Standard Novels seleccionaron Frankenstein para su colección.
Las conversaciones que mantenían Lord Byron (1788-1824) y Percy Bysshe Shelley (1792-1822) aquél verano de 1816, eran diversas y profundas, abarcando una amplia gama de asuntos sociales, políticos e incluso científicos. Durante uno de estos intrigantes intercambios, se debatieron diversas doctrinas filosóficas, centrándose en los principios de la vida y la posibilidad de entender y replicar este fenómeno. Se mencionaron los experimentos del doctor Erasmus Darwin (1731-1802), quien, a pesar de sus esfuerzos, no logró infundir vida en ningún ser inerte. La noche languideció en torno a aquél debate hasta la hora de retirarse.
En la penumbra de la habitación, una joven de apenas 19 años dejó volar su imaginación en torno a un posible. ¿Y si un joven estudiante de artes profanas consiguiera armar un cuerpo? ¿Y si, gracias a los avances científicos aquella horripilante criatura diera señales de vida gracias a la acción de una potente máquina? El creador del monstruo entraría en pánico, huiría de su odiosa obra presa del horror deseando que aquella tenue chispa de vida que le había transmitido se extinguiera; sin embargo, la abominación se erguiría ante él, inmediata y aterradora.
Quizás fuera solo una historia fruto de una imaginación extrema influenciada por las conversaciones de sobremesa tras la cena. No obstante, también podría ser el reflejo de un anhelo existencial que muchos compartían, sin entender las profundas implicaciones de sus deseos. Eran acciones que, en última instancia, deberían reservarse solo a Dios.
El Contexto Científico del Siglo XIX
Durante el final del siglo XVIII y principios del XIX, la ciencia vivía un período de intensa transformación y descubrimiento. La Revolución Industrial y los avances en diversas disciplinas como la química y la biología cambiaban la manera en que la humanidad comprendía el mundo. La electricidad, en particular, despertaba un interés ferviente y se empezó a explorar su potencial en aplicaciones biológicas.
Uno de los nombres más prominentes en este avance científico fue Luigi Galvani (1737-1798). Su experimento con ranas, que demostraba que los músculos podían contraerse mediante la aplicación de electricidad, alimentó la noción de que podía existir una conexión entre la electricidad y la vida misma. Este descubrimiento, que se conoce como galvanismo, introdujo la idea de que era posible reanimar lo que estaba muerto o inerte, un concepto que inspiró en gran medida los eventos de «Frankenstein». La noción de que una chispa de electricidad podría provocar vida resonaba fuertemente en una época que empezaba a cuestionar las limitaciones de la biología y la naturaleza misma.
Mary Shelley, que formaba parte de un círculo intelectual que incluía a figuras como Lord Byron y el poeta Percy Bysshe Shelley, fue testigo de estos debates sobre la moralidad y la ética de la ciencia. Su novela refleja una profunda reflexión sobre el uso y abuso de la ciencia, particularmente en lo que respecta a la manipulación de la vida y la muerte.
La Creación de la Criatura
En «Frankenstein», Victor Frankenstein, un joven ambicioso y talentoso, se obsesiona con desentrañar el misterio de la creación. Con un enfoque que recuerda las prácticas de los experimentos galvánicos, decide dar vida a un ser creado a partir de partes de cuerpos muertos. La escena de la animación de la criatura se convierte en uno de los momentos más emblemáticos de la literatura, donde la ciencia y el horror se fusionan.
Al llevar a cabo su experimento, Frankenstein se enfrenta a las consecuencias de cruzar fronteras que la sociedad se sentía insegura de superar. Aquí es donde se denota claramente una crítica a la arrogancia científica: la incapacidad de reconocer las implicaciones morales y éticas de sus acciones. La criatura, al ser traída a la vida, presenta no solo un problema técnico, sino también uno filosófico y humanístico, reflejando el dilema de cómo la humanidad debería tratar las creaciones cuya existencia pone en entredicho su esencia.
La Sociedad y sus Reticencias
La reacción de la sociedad ante los experimentos científicos del siglo XIX era, en gran parte, de recelo y miedo. El avance del conocimiento también traía consigo temores sobre las consecuencias no deseadas. En «Frankenstein», la criatura se convierte en un símbolo del «otro», en un reflejo del temor hacia lo desconocido, de lo que la ciencia podría liberar si se manejaba irresponsablemente.
En la obra, la sociedad no acepta a la criatura debido a su apariencia deformada y su origen. Esto es una clara representación de los sentimientos de alienación que pueden surgir ante lo que no se entiende. Los experimentos galvánicos y otras prácticas científicas se percibían a menudo como actos de hubris – la arrogancia de intentar jugar a ser Dios, abriendo un debate sobre las responsabilidades que acompañan al conocimiento.
El miedo a lo desconocido es un tema recurrente en la obra. La oscuridad que envuelve el nacimiento de la criatura evoca una sensación de terror que va más allá del horror físico; manifiesta un temor profundo por los dilemas éticos que surgen a partir de la manipulación científica. La novela, por lo tanto, es también una crítica a la falta de preparación y consideración por parte de quienes buscan el conocimiento sin una comprensión adecuada de sus implicaciones.

Comparativa con la Ciencia Actual
Si bien «Frankenstein» se sitúa en una época donde la electricidad estaba en su infancia, los dilemas que aborda siguen siendo relevantes en la ciencia moderna. Hoy en día, el avance en la biotecnología, la edición genética y otras formas de modificación genética suscitan debates éticos y morales que son paralelos a los que Mary Shelley planteó en su novela.
La capacidad de manipular la vida y modificar organismos plantea preguntas sobre las responsabilidades de los científicos hacia sus creaciones. ¿Hasta dónde debería llegar la intervención humana en los procesos naturales? ¿Cuál es el papel de la ética en la ciencia en un mundo donde se podrían crear «Frankenstein» modernos a través de tecnologías avanzadas? Estos interrogantes nos muestran que, aunque la tecnología ha avanzado, los dilemas morales han permanecido casi intactos.
No solo recomendaría la obra que ha dado lugar a este artículo, sino que podría recalcar la importancia de leer aquella edición que incluyese el prólogo escrito por la propia Mary Shelley en el año de 1831. Además sugiero ver la película “Mary Shelley” del año 2017 protagonizada por la joven Elle Fanning, quien ofrece una visión genérica de la relación entre Mary Wollstonecraft Godwin y Percy Bysshe Shelley.
Para los más jóvenes o lectores que buscan la frescura de una obra que le traslade a esos años de adolescencia, cuando Mary Shelley contaba con apenas 16 años, les recomendaría una novela de ficción histórica en la que Mary se ve envuelta en la investigación de un crimen acaecido en la librería de su padre, William Godwin, en 1814. “La muerte y las hermanas” de Heather Redmond (Ed. Versátil).










