En la constitución estadounidense (art. 1.8), el Presidente necesita la autorización del Congreso para declarar la guerra. Ahora bien, esto no significa que toda operación militar requiera de una declaración de guerra. Sobre la Presidencia pesa el deber de la defensa nacional, lo que se traduce en ciertas facultades militares al margen del parlamento. En su autoproclamada guerra contra las drogas, en el Caribe venezolano, sin embargo, Trump empieza a colocarse al límite de su cobertura legal.

Académicamente, los libros de historia constitucional de EE.UU. remiten a la Guerra de Tripolitania (1801-1805), como la primera vez en que un Presidente, Jefferson, ejerció sus poderes como Comandante en Jefe en el extranjero.

«En la constitución estadounidense (art. 1.8), el Presidente necesita la autorización del Congreso para declarar la guerra»

Aunque formalmente bajo soberanía otomana, Tripolitania y su bajá actuaban de facto como un país independiente. Su principal fuente de riqueza era la piratería. Los países que les pagaban tributo podían navegar con libertad por el Mediterráneo. Por el contrario, los buques mercantes de quienes se negaban se veían constantemente hostigados por piratas a sueldo del propio bajá de Trípoli.

Cuando llegó a la presidencia, Jefferson manifestó que su intención de acabar con el chantaje tripolitano. Aquello no gustó mucho al bajá que redobló sus esfuerzos contra los buques estadounidenses.

«Sobre la Presidencia pesa el deber de la defensa nacional, lo que se traduce en ciertas facultades militares al margen del parlamento»

Jefferson decidió entonces enviar a la pequeña armada que el país acababa de construir. Informó al Congreso de que tomaba estas medidas, consciente de que diputados y senadores no había autorizado una declaración de guerra y que se limitaría a ejercer su deber de defensa nacional como Presidente.

¿Pero se mantuvo en esos límites? Hay todo un debate al respecto, no obstante, hay más argumentos a favor que contra Jefferson. Para empezar, informó al Congreso. Además, aunque este no declaró la guerra a Tripolitania –que tampoco era un país– sí se autorizó la intervención del Presidente.

«Académicamente, los libros de historia constitucional de EE.UU. remiten a la Guerra de Tripolitania (1801-1805)»

Como la mayoría países europeos sí pagaban tributo, se pusieron de perfil en la contienda estadounidense. Únicamente el Reino de Nápoles, ansioso por un Mediterráneo libre de piratas, accedió a dar cierta cobertura en sus puertos a los buques de guerra americanos. Otro insólito aliado, este sí aportó navíos de guerra, fueron los suecos.

Los estadounidenses pagaron cara su bisoñez bélica. La captura del buque Filadelfia, a comienzos del conflicto, fue una humillante derrota. Pero la modernidad tecnológica no tardó en imponerse y acabó con la derrota de Tripolitania.

«Jefferson decidió entonces enviar a la pequeña armada que el país acababa de construir. Informó al Congreso de que tomaba estas medidas»

Desde entonces ha llovido mucho: la guerra civil (1861-1865), las guerras mundiales, la guerra fría (1947-1989), todos estos eventos y otros han definido los poderes de defensa del Presidente. Sin embargo, hay dos cosas que siguen claras: las operaciones militares de gran escala o duración prolongada sí o sí exigen la autorización del Congreso.

Una invasión a gran escala de Venezuela sería ilegal si el Congreso no da el placet a Trump. Pero es que la propia continuidad de las operaciones contra supuestos barcos de droga en el Caribe resultan cuestionables, desde el momento en que dejan de ser eventos puntuales y, hasta cierto punto inesperados. Ergo necesitan una reacción rápida.

«hay dos cosas que siguen claras: operaciones militares de gran escala o duración prolongada sí o sí exigen la autorización del Congreso»

Tampoco ayuda a la coherencia de sus argumentos que Trump mantenga una guerra tan desigual contra la droga. Lo mismo indulta a un ex Presidente hondureño condenado por narcotráfico en Estados Unidos, como Juan Orlando Hernández, que ataca a pesqueros venezolanos –dudosamente vinculados al narcotráfico– en aguas caribeñas.

Además, muchos le plantean cómo justifica limitar la acción militar a Venezuela. Si de combatir a las drogas se trata, México, Colombia y otros países centroamericanos son bases más relevantes para el narcotráfico.

«Tampoco ayuda a la coherencia de sus argumentos que Trump mantenga una guerra tan desigual contra la droga»

Para colmo, su Departamento de Defensa –hasta que el Congreso no lo autorice el cambio de nombre «Departamento de Guerra» no es una denominación oficial por más que Trump se empeñe en usarla– podría haber cometido crímenes de guerra. En concreto, nos referimos al segundo ataque registrado hace un par de semanas. Después de hundir una embarcación, se lanzó otro ataque para masacrar a los náufragos supervivientes. Esto está totalmente prohibido, no sólo por el derecho internacional, sino por el propio derecho estadounidense.

El Secretario de Defensa (equivalente a nuestro ministro) se ha apresurado a asegurar que fue un almirante quien con «legitimidad y buen criterio» autorizó el ataque. O sea, el ataque está tan bien lanzado que el cargo político no quiere asumir la responsabilidad de autorizarlo… ¿De qué nos suena esto?

«Después de hundir una embarcación, se lanzó otro ataque para masacrar a los náufragos supervivientes»

Personalmente, me cuento entre quienes no sienten ninguna simpatía por el régimen de Nicolás Maduro. Sin paliativos, me parece una dictadura, cada vez más abyecta en su corrupción interna. Y sí, ciertamente se ha vinculado al narcotráfico para contentar con sus ingresos a la cúpula militar. Pero, si debe caer, mejor que no lo haga de modo que la sombra de la ilegalidad pueda azuzar el discurso de que los tiranos, en realidad, fueron mártires.