Ya hemos hablado, alguna vez, de las dificultades que hay para destituir al Presidente de los Estados Unidos. No obstante, con algunos influencers del mundo maga, como Tucker Carlson, Nick Fuentes o Alex Jones, abogando por remover a Trump de la Casa Blanca, parece un buen momento para refrescar el tema.
Entendamos que nuestro sistema político, el parlamentarismo, responde a unas lógicas muy diferentes a las de presidencialismo, del cual EE.UU. es el máximo exponente. Aquí, para despedir al gobierno y cambiarlo por otro, el Congreso sólo necesita una cosa: voluntad. O lo que es lo mismo, mayoría absoluta de sus miembros.
«nuestro sistema político, el parlamentarismo, responde a unas lógicas muy diferentes a las de presidencialismo, del cual EE.UU. es el máximo exponente»
Bajo el presidencialismo estadounidense, el Presidente únicamente puede ser destituido del cargo mediante acusación criminal, o por falta de capacidad. La primera vía se denomina impeachment o destitución. La segunda, incapacitación.
Hay una diferencia adicional. En España, en una moción de censura, el Congreso decide quién es el siguiente jefe del gobierno, con total libertad. En contraste, en el presidencialismo, se mantiene una línea de sucesión inalterable. En el caso de EE.UU.:
- el Vicepresidente se convertiría en Presidente. Si este rehusara o no pudiese,
- el Presidente pro tempore del Senado –normalmente, el senador de más edad, del partido mayoritario. En su defecto,
- El Presidente de la Cámara de Representantes; y finalmente tocaría
- A los miembros del gabinete, empezando por el Secretario de Estado.
El impeachment requiere una acusación delictiva contra el presidente. Lo escribo en cursiva porque no se exige tanto un acto estrictamente delictivo, como una conducta indigna del cargo.
«en el presidencialismo, se mantiene una línea de sucesión inalterable»
Pese a que técnicamente se trata de un juicio, no se celebra ante los tribunales. La Cámara de Representantes debe votar la acusación por mayoría absoluta. A continuación, el senado, en una sesión especial, presidida por el Presidente del Tribunal Supremo, vota sobre la culpabilidad del Presidente. Aquí viene el problema. Se precisan de 2/3 para un veredicto de culpabilidad. Como hay 2 senadores por Estado, se requieren 67 de los 100 votos para una condena.
Esto nunca se ha conseguido. Si repasamos los cuatro impeachments de la historia:
–1868: contra Andrew Jhonson, acusado de abuso de poder, el único que pudo haber prosperado, la condena senatorial se quedó a un voto de los 36 necesarios –en aquel momento sólo había 54 senadores. Frente a 35 culpables, 19 votaron por la inocencia.
–1999: contra Bill Clinton, acusado de perjurio y obstrucción a la justicia, en el caso Lewinsky salió absuelto de ambos cargos. Por perjurio, 55 senadores votaron por su inocencia y 45 por su culpabilidad, en cuanto al cargo de obstrucción hubo 50 votos a favor y 50 en contra.
–2019: contra Donald Trump, acusado de abuso de poder y obstrucción al Congreso. Resultó absuelto en ambos casos, por 52 inocente, 48 culpable y 53 inocente, 47 culpable. Aunque lejos de la condena, el impeachment hizo historia ya que por primera vez un miembro del partido del Presidente, Mitt Romney, senador por Utah (y ex candidato presidencial en 2012 contra Obama) voto a favor de su culpabilidad, por el cargo de abuso de poder.
–2021: de nuevo, contra Donald Trump, por incitación al asalto del Capitolio del 6 de enero. Pese a que fue absuelto, en esta ocasión 57 senadores –siete de ellos republicanos– votaron por su culpabilidad, y 43 por su inocencia. No obstante, faltaban 10 votos, para el umbral de los 2/3.
Trump hizo historia por ser el único presidente que ha enfrentado dos impeachments y el único en hacerlo después de dejar el cargo. De haber prosperado, parece que no hubiese podido presentarse de nuevo a les elecciones cuatro años después.
«Trump hizo historia por ser el único presidente que ha enfrentado dos impeachments y el único en hacerlo después de dejar el cargo»
Por su parte, la incapacitación forzosa del Presidente es un procedimiento que aún no se ha empleado nunca. Ya en su versión original, la constitución estadounidense recoge que, en caso de muerte, dimisión o incapacidad del Presidente, el Vicepresidente asume sus funciones. Sin embargo, era excesivamente parca acerca de cómo debía activarse este procedimiento.
Durante los últimos meses de la presidencia de Wilson (1913-1921) hubo un gran debate en torno a la continuidad del mandatario, al que varias apoplejías habían dejado postrado en la cama y paralizado de medio cuerpo. Su Vicepresidente, Marshall –no el del Plan Marshall, otro– se negó a explorar una vía de incapacitación. Lo consideró una deslealtad.
«la incapacitación del Presidente es un procedimiento que aún no se ha empleado nunca»
Después del magnicidio de Kennedy, se reabrió el debate sobre la incapacidad del Presidente. Kennedy había permanecido varias horas en el quirófano. Aunque, en su caso, el desenlace fatal fue inevitable desde el comienzo, en las altas instituciones se valoró la necesidad de vehicular con claridad qué había que hacerse si, por ejemplo, el Presidente quedaba en coma. Así se aprobó la Enmienda XXV de la Constitución (1967).
En su sección 4ª, se establece que, en caso de incapacidad presidencial, el Vicepresidente y la mayoría del Gabinete –los ministros, o como se les llama allí, «secretarios de los departamentos ejecutivos»– acuerdan, por votación, una declaración que se envía al Congreso. En ella informan a las cámaras de que, a su entender, el Presidente no se encuentra en condiciones de ejercer su cargo. Tan sólo con remitir la declaración, se produce el traspaso automático de los poderes presidenciales al Vicepresidente.
«Después del magnicidio de Kennedy, se reabrió el debate sobre la incapacidad del Presidente»
Tengamos en cuenta que la sección 4ª está prevista para escenarios en que el Presidente no puede o no quiere firmar. En la sección anterior, la 3ª, se regula el escenario de incapacidad voluntaria, utilizado habitualmente cuando el Presidente pasa por quirófano. Este avisa al parlamento de que durante unas horas no podrá ejercer su cargo y que el Vicepresidente asume sus funciones. Biden fue el último en usarla esta sección de la Enmienda XXV (2021), pero antes ya la usaron Bush (2007 y 2002) y Reagan (1985).
En el caso de la Sección 4ª, el Presidente puede recuperar su autoridad en cualquier momento enviando al Congreso una declaración asegurando que se encuentra perfectamente. En ocasiones, este proceso puede ocurrir desde la lealtad y el acuerdo tácito. Por ejemplo, el Presidente sufre un infarto y entra en quirófano antes de poder firmar declaración alguna (Sección 3ª). Su gabinete avisa al Congreso y, en cuanto el Presidente se recupera, remite su propia declaración diciendo: «Todo en orden. Ya vuelvo a estar al mando».
«En el caso de la Sección 4ª, el Presidente puede recuperar su autoridad en cualquier momento enviando al Congreso una declaración asegurando que se encuentra perfectamente.»
Ahora bien, en caso de incapacidad por trastorno mental, la cosa puede complicarse. Imaginemos que el Presidente rechaza su incapacitación. Escribe al Congreso y recupera sus atribuciones. Si el gabinete sigue pensando que no se encuentra en sus cabales para gobernar, en un plazo de 4 días, puede volver a acordar una contradeclaración. Se transfiere entonces de nuevo al Vicepresidente la dirección efectiva del gobierno.
Este desafío abierto a la voluntad del Presidente desde su propio gobierno debe resolverlo el Congreso. En 21 días, como máximo, las cámaras pueden recabar información –por ejemplo, informes médicos y psiquiátricos – y deben decidir por mayoría cualificada de 2/3, esta vez, de cada cuerpo legislativo, si perpetúa la transferencia de poderes al Vicepresidente. De no alcanzarse esta mayoría en la Cámara de Representantes o en el Senado, el Presidente recupera sus poderes.
«Si el gabinete sigue pensando que no se encuentra en sus cabales para gobernar, en un plazo de 4 días, puede volver a acordar una contradeclaración»
¿Por qué puede Trump estar tan tranquilo? Pues, para empezar, aunque varios senadores republicanos deserten, cuesta imaginar que la desbandada sea suficiente para lograr los 67 votos que requiere que el impeachment prospere en la Cámara Alta.
Por otro lado, no olvidemos la rigidez en la línea de sucesión. La destitución colocaría a Vance, un político joven, en la presidencia, listo para presentarse a unas elecciones como Presidente. Eso sin mencionar que el gobierno quedaría en manos de alguien no menos polémico que su jefe. Recordemos, sin ir más lejos, sus últimas declaraciones asegurando que los ovnis existen, pero que son entidades demoníacas…
«cuesta imaginar que la desbandada sea suficiente para lograr los 67 votos que requiere que el impeachment prospere en la Cámara Alta»
Las polémicas que rodean al extravagante Vicepresidente son, en sí, un desincentivo para apartar a Trump del poder.
En cuanto la Enmienda XXV, nos plantea un problemas adicionales. Para empezar, ya es difícil imaginar a suficientes republicanos rompiendo filas en el senado. En la cámara de representantas, donde se necesitarían muchos más, ni siquiera puede imaginarse.










