La desesperación de los jóvenes es un tema recurrente en nuestra prensa. Hace ya muchos años que las quejas de los veinteañeros (y treintañeros, que ahora también son jóvenes) suscitan todo tipo de reacciones, desde los que les quitan importancia porque “tendrías que haber visto cómo vivían tus abuelos” hasta los que postulan la destrucción de la humanidad por la llegada de la IA. Me da la sensación de que muchas veces se pierde la perspectiva de cuál es la queja de la generación que hoy está en los “veintimuchos” o “treinta y pocos”, así que pondré un ejemplo que todo el mundo entenderá. El mío.

Mi padre se dedica al mantenimiento aeromecánico (trabaja con las manos, por simplificar). Mi madre fue empleada doméstica y, ahora, es ama de casa. Ninguno de los dos tiene formación universitaria. Con muchísimo esfuerzo y dedicación, han podido criarme como hijo único y tener un piso pagado y algunos ahorros. He crecido y vivido sin grandes lujos, sin apartamento en la playa, sin viajes caros, sin ropa de marcas estrambóticas. Como yo, también mis amigos de toda la vida.

«La desesperación de los jóvenes es un tema recurrente en nuestra prensa»

Hoy soy graduado en Matemáticas e Inspector de Hacienda del Estado, cosa a la que no solo ha contribuido mi esfuerzo (de hecho, diría que ni siquiera mayoritariamente), sino todo un sistema que entiendo que creyó que ésta era la forma de que personas como yo escalasen peldaños en el conocidísimo ascensor social. En mi vida actual me rodeo de personas con orígenes muy distintos al mío y al de mis amigos de siempre. Poco a poco me voy acostumbrando a que no me tiemble la mano cuando la comida pasa de los diez euros por persona, en parte por la inflación y en parte porque, hablando en plata, en estos ambientes lo barato se estila poco. O hay una definición de “barato” distinta a la que yo tenía.

Digo todo esto sin rencor, con un cierto orgullo. Es increíble que personas con orígenes tan diferentes acabemos en el mismo punto o, cuanto menos, algo más cerca. El hijo de dos personas de clase trabajadora codeándose con gente cuyos abuelos tenían carrera universitaria (mi abuela materna, para que os hagáis una idea, no pensaba que valiese mucho la pena estudiar). Estoy agradecido por esta oportunidad, pero este relato introductorio no tiene por objeto la autocomplacencia; lo que quería era ponerle contexto a lo que os voy a contar a continuación.

«Me da la sensación de que muchas veces se pierde la perspectiva de cuál es la queja de la generación que hoy está en los “veintimuchos” o “treinta y pocos”»

Mis padres, en un escalón social muy por debajo del que, en teoría, ocupo yo hoy en día, acabaron de pagar un piso de unos noventa metros cuadrados cuando tenían aproximadamente treinta años. A los treinta y un años se sintieron en disposición de traerme a mí al mundo, lo que, conociéndolos, significa que estaban convencidos de poder darme una buena vida; hoy, yo me acerco a la edad que tenían ellos cuando tomaron la decisión de ser padres. Supongo que tengo derecho a hacer una pequeña comparativa.

Partiendo de la base de que soy un enorme privilegiado, el Pablo que haría que a mi versión de diez añitos le entraran arcadas (me vería como a un pijo asqueroso, para qué mentir) comparte piso con dos amigos en el centro de Barcelona. Es cierto que tal cosa va a cambiar en breves, y que cada uno emprende su propio camino por separado, pero incluso en estos momentos el alquiler de un piso en una zona medio decente de la ciudad se nos va a comer más de una tercera parte del sueldo. Para quien vaya a hacer el mismo apunte que haría mi yo adolescente, sí, es un muy buen sueldo. Que le quede claro a todo el mundo que sé que tengo mucha suerte y que el común de los mortales está peor que yo; pero no dejo de ser un proyecto de privilegiado que va a pagar una millonada por lo que antes hubiese sido un “pisito de soltero” y ahora es un “pisazo”.

«Mis padres, en un escalón social muy por debajo del que, en teoría, ocupo yo hoy en día, acabaron de pagar un piso de unos noventa metros cuadrados cuando tenían aproximadamente treinta años»

En fin, continuemos. Cuando yo quiera comprarme un piso, tendré que meterme en una hipoteca eterna. No es que no vaya a tener un piso en propiedad a la edad a la que lo tuvieron mis padres; es que, con suerte, lo acabaré de pagar a la edad que tienen ahora. Si quiero tener hijos a la edad a la que ellos los tuvieron, deberé iniciar el proyecto en un piso de alquiler, comiéndose éste un alto porcentaje de mi sueldo. Tendré menos margen para mi propio proyecto de vida.

Casa, coche, hijos. Si algo he aprendido en estos últimos años es que, si los jóvenes no están pensando en tener una casa en propiedad, un coche y tener descendencia (con excepciones, claro está, que nadie se enfade si no quiere tener hijos o si prefiere las motos) es porque son pobres. Tanto en mi entorno de origen como en el que ahora me muevo, todo el que consigue amasar algo de dinero o lo tiene de cuna se compra una casa y un coche bueno y empieza a pensar en tener chiquillos. La diferencia es sangrante: veo cómo la “vida tradicional y carca” se repite en mi nuevo entorno, mientras la vida moderna del “no tendrás nada y serás feliz” se la dejan a los menos favorecidos. ¡Qué afortunados son los pobres, que se quedan lo bueno de la modernidad!

«Cuando yo quiera comprarme un piso, tendré que meterme en una hipoteca eterna.»

Por supuesto que creo que hay otras cosas en la vida aparte de “casa, coche, hijos”, pero se suponía que la gracia era construir, a partir del edificio del pasado, algo aún mejor. Los treintañeros de hoy hacemos más escapaditas de fin de semana a Budapest, y quizá nos tomamos cafés más caros; a cambio, nos hemos quedado sin casa en propiedad y sin poder llegar a tener descendencia antes de peinar canas.

Si a mí me enerva el darme cuenta de que, en lo esencial en la vida, estoy peor que mis padres, nunca dejará de asombrarme la naturalidad con la que la gente de mi nuevo entorno vive su situación actual. Si hasta yo veo algunos pisos en alquiler y me dan ganas de vomitar, ¿qué debe pensar el hijo de un funcionario de alto nivel, o de un empresario, del sitio en el que ahora le toca vivir? Estoy seguro de que mi casa de toda la vida les hubiese parecido cochambrosa; aún y así, es mucho más decente que el sitio en el que ahora viven ellos. Y en el que ahora vivo yo. Como diría coloquialmente algún conocido mío, “esto es mierda para todos”. Pobres y ricos de cuna nos hemos transformado en orgullosos habitantes de un trastero al que le han incrustado una cama o, dicho de otra manera, de un “precioso estudio en el centro de Madrid”. Quienes me rodean hoy se levantaban con quince años en un sitio mucho mejor que el que los recibe hoy al abrir los ojos. Yo, curiosamente, también.

«Pobres y ricos de cuna nos hemos transformado en orgullosos habitantes de un trastero»

La gente tiene un propósito menos claro en la vida, eso es evidente. Nos hemos acostumbrado a fingir que no tiene importancia. Los treinta son los nuevos veinte. Los cuarenta, los nuevos treinta. Los cincuenta, los nuevos cuarenta. Vamos retrasando el momento en el que evaluar nuestro propio recorrido vital, porque enfrentar la realidad de que estamos en un estancamiento y podredumbre generalizada como “juventud” es algo demasiado duro.

Sé que esta queja no sirve de nada, pero deberíamos pararnos a reflexionar. Se suponía que cada generación tenía que vivir mejor que la anterior, tener una existencia más plena. A partir de lo que ya teníamos, ir añadiendo cosas. Hacer del incremento del nivel educativo generalizado, de la mejora de la productividad y de los avances científicos el combustible para que todos mejorásemos exponencialmente nuestro nivel de vida. Sin embargo, lo que hemos conseguido ha sido ganar Netflix a cambio de todo lo demás.

Hoy hay muchísimo más de casi todo y muchísimo menos de lo que de verdad importa.