En los países occidentales, las protestas contra la migración se han convertido en una parte de nuestro paisaje político. A menudo, caemos en el error de pensar que este fenómeno deriva, en exclusiva, de nuestro contexto cultural. Pero la violencia xenófoba desatada en Sudáfrica nos obliga a reconsiderar esta perspectiva.

Para comprender el malestar en la población local, hemos de analizar la situación sudafricana. Su economía muestra las paradojas características de muchas naciones emergentes. Pese a disfrutar de un alto PIB, estabilidad política, solidez financiera –su moneda, el Rand, figura entre las más fuertes del continente–, y unas buenas infraestructuras, una vertiginosa desigualdad mina su cohesión social. Esta se manifiesta específicamente en una tasa de desempleo estructural de las más altas del mundo: más un 40% en la población adulta y un volumen superior al 60% entre los jóvenes.

«la situación sudafricana […] más un 40% en la población adulta y un volumen superior al 60% entre los jóvenes»

Por descontado, las cifras oficiales de paro enmascaran un volumen ingente de economía sumergida. Esta situación es una herencia directa del apartheid. La marginación educativa a la que el sistema racista sometió a la población negra mantiene sus consecuencias, pasados treinta años de su abolición. La mayoría de sudafricanos negros, es decir, la mayor parte de la población carece de estudios superiores.

Como resultado, Sudáfrica necesita importar mano de obra cualificada. Con una economía pujante en campos como la banca, la minería tecnológica o la construcción de infraestructuras, el país necesita ingenieros, financieros y demás personal debidamente formado. Esta necesidad se agrava en la medida en que muchos sudafricanos cualificados prefieren trabajar en el extranjero, donde encuentran ofertas y condiciones más competitivas; lo que popularmente conocemos como fuga de cerebros.

«las cifras oficiales de paro enmascaran un volumen ingente de economía sumergida»

Por supuesto, esta fuerza laboral migrante cualificada protagoniza un rol secundario en la aparición de las tensiones sociales. El problema lo encontramos en los sectores agrícola, el pequeño comercio, la venta ambulante y la construcción. Ahí, la migración no cualificada acepta, con menos resistencia que los locales, sin estudios avanzados, bajos salarios en B y durísimas condiciones de trabajo.

El colapso administrativo y la corrupción dentro de la administración sudafricana contribuyen, y no poco, al malestar cívico, tanto en un sentido general, como en otros específicamente vinculados a extranjería. Por ejemplo, las solicitudes de asilo y la tramitación de permisos legales de residencia se eternizan, lo que empuja, más aún, a los migrantes pobres a la irregularidad.

«Desde hace años, en Sudáfrica se gesta un movimiento anti-migración cada vez más organizado»

El cóctel social es explosivo. Desde hace años, en Sudáfrica se gesta un movimiento anti-migración cada vez más organizado. Se culpa a los migrantes de la falta de empleo, problemas de vivienda, colapso de los servicios de salud, del aumento de la delincuencia, del tráfico de drogas… En fin, todos los males del país los causan los migrantes. Suena familiar, ¿verdad?

Diversos grupos políticos han empezado a enarbolar un discurso xenófobo. Mucho más inquietante, contra los migrantes, se han organizado grupos de vigilantes, con tintes de matonismo paramilitar. Destacan March and March y Operation Dudula, pero hay otras muchas organizaciones parecidas, aunque de menor entidad.

«se han organizado grupos de vigilantes, con tintes de matonismo paramilitar. Destacan March and March y Operation Dudula»

A principios de mes, estas bandas, junto a turbas espontáneas, elevaron el diapasón de la violencia. En pocos días se produjo un asalto a miles pequeños negocios, en especial, vendedores ambulantes y puestos similares en diversos puntos del país. Aunque la comparativa no es fácil, el distrito de Alexandra, en Johannesburgo, ha vivido los peores episodios.

En su globalidad, los disturbios han dejado numerosos daños materiales, linchamientos con heridos graves y diversos muertos. No existe una cifra oficial de estos últimos, pero la más aproximada oscila entre la docena y la veintena de personas.

«En pocos días se produjo un asalto a miles pequeños negocios, en especial, vendedores ambulantes y puestos similares en diversos puntos del país»

Las autoridades sudafricanas han detenido a más de 350 personas vinculadas a la violencia. Sin embargo, el gobierno también ha doblado su brazo, ante los violentos. En las últimas semanas, Sudáfrica ha expulsado a 53.000 migrantes, a Mozambique, Zimbabue o Malaui, entre otros destinos. Las deportaciones se efectúan en aviones o… en autobuses. Muchas ONG y grupos observadores de los Derechos Humanos han protestado por la vulneración de los derechos de los migrantes expulsados, en especial, su derecho a un proceso con garantías.

Países como Gahana, Mozambique, Nigeria o Malaui están tratando de facilitar la repatriación de sus nacionales en condiciones seguras, dadas las previsiones de la violencia continue. Mientras, tanto la Unión Africana como diversas cancillerías individuales han protestado sonoramente contra la decisión de Sudáfrica. Acusan al país de traición histórica, contra el resto del continente negro.

«el gobierno también ha doblado su brazo, ante los violentos»

A pesar de ello, no se han aprobado sanciones económicas ni medidas similares. Tampoco se las espera. Ya lo hemos dicho. Con todos sus problemas, Sudáfrica es una economía poderosa dentro del continente y, en especial, en la Comunidad del Desarrollo de África Austral –16 Estados. El juego de interdependencias económicas convierte cualquier represalia financiera en un tiro en el pie para los propios impulsores.

Sin embargo, muchas empresas sudafricanas ya está experimentando una sanción social. Sus ingresos de otros países africanos están cayendo. En paralelo, muchos artistas sudafricanos denuncian cancelaciones repentinas de eventos pactados hace tiempo, fuera de su país.

«la Unión Africana como diversas cancillerías individuales han protestado sonoramente contra la decisión de Sudáfrica»

En contra de la creencia más popular occidental, el 80% de la migración de origen africano, tiene por destino a otros países africanos. No es que las condiciones de estos sean ideales, pero Nigeria, Costa de Marfil, Botsuana o Sudáfrica gozan de una economía más o menos pujante, propicia para trabajadores con poca cualificación y una mayor estabilidad política que el resto del continente…

¿Cómo interpretar los sucesos xenófobos de Sudáfrica? Nos llama la atención el contexto cultural y racial. En occidente, asociamos la xenofobia a un fenómeno vinculado al odio religioso, el desprecio cultural o el complejo de superioridad racial. En especial, las fuerzas políticas de la izquierda asumen que el discurso anti-migratorio versado en la conflictividad social y problemáticas económico-laborales es una máscara de lo anterior: el racismo y la animadversión a otras culturas.

«¿Cómo interpretar los sucesos xenófobos de Sudáfrica?»

No seré tan naíf de negar que, en la xenofobia, el rechazo cultural y racial juegan un papel. En occidente y fuera de sus fronteras. Después de todo, cualquier que conozca un poco África sabe que dista de ser cultural y religiosamente homogénea. La piel oscura común no es óbice para que el odio étnico y racial estalle entre muchos de sus pueblos. Menos aún, el religioso. Ahora bien, estos factores no parecen los protagonistas, cuando uno revisa las ruinas dejadas por los disturbios en Sudáfrica.

Como en cualquier lugar, allí, la xenofobia escala cuando el migrante se convierte en mano de obra muy barata –casi esclavista– del empresariado. Esto perjudica el acceso y condiciones laborales de las personas más humildes en el país receptor de migrantes. La pasividad de la clase política, a quien, al final del día, le interesa que ciertos sectores económicos sean de bajo coste, termina de carburar un explosivo mortal que antes o después estalla.