Después de una histórica remontada, los liberales canadienses han logrado revalidar el gobierno del país. El patriotismo nacional, agitado por las bravuconadas de Trump, sin duda, explica la derrota de los conservadores. No obstante, el gran derrotado es el pueblo canadiense que suma otra decepción a la lista. De nuevo han votado bajo una ley electoral que desagrada a la mayoría.

Hace apenas dos meses, el Partido Liberal se veía luchando por mantener el liderazgo de la oposición después de las elecciones. La posibilidad de que el equivalente canadiense a nuestra socialdemocracia se viera relegado a un tercer puesto en el parlamento era real. Cambiar al Primer Ministro ha ayudado. Tras diez años en el poder, tres elecciones y no pocos casos de corrupción entre sus ministros, Trudeau estaba desgastado, por decirlo suavemente. Per se, su relevo por Carney dio aire al partido.

“Hace apenas dos meses, el Partido Liberal se veía luchando por mantener el liderazgo de la oposición después de las elecciones”

Aunque visto de cerca, es forzoso admitir que Carney no es el candidato soñado por la izquierda canadiense. Con una extensa carrera en el sector financiero público y privado, ha presidido el Banco de Canadá y el Banco de Inglaterra. Representa el ala más centrista del partido liberal.

Los humoristas canadienses –quienes, por cierto, no reciben el crédito internacional que merecen– lo representan como un hombre desesperantemente aburrido, incapaz de mostrar emociones. Como toda caricatura, este retrato robotizado exagera, pero también se basa en una realidad: a Carney no le sobra carisma.

“El patriotismo nacional, agitado por las bravuconadas de Trump, sin duda, explica la derrota de los conservadores”

Claro que Trump y el líder de la oposición, Pierre Poilievre, se lo han puesto en bandeja. Después de varios años repitiendo que quería ser el Trump canadiense, Poilievre debió horrorizarse cuando, de la nada, el recién elegido Presidente de EE.UU. empezó a repetir que aspiraba a convertir a su vecino septentrional en el Estado 51º. Sin cortarse, incluso se dirigió varias veces a Trudeau como «Gobernador» en vez de «Primer Ministro», como si Canadá ya fuera un Estado más de la federación estadounidense.

Con mayúscula torpeza, Poilievre secundó en un primer momento los ataques al premier liberal. Aseguraba que el inexplicable giro expansionista de Trump obedecía a la incompetencia de Trudeau para gestionar las relaciones internacionales. Sin embargo, conforme pasaban las semanas, Trump insistía en la anexión de Canadá con independencia de quién fuera el Primer Ministro. Hasta el mismo día de las elecciones publicó un post en las redes sociales pidiendo a los canadienses que votaran con quien favoreciera la anexión.

“Después de varios años repitiendo que quería ser el Trump canadiense, Poilievre debió horrorizarse cuando Trump empezó a repetir que aspiraba a convertir a su vecino septentrional en el Estado 51º”

En tiempo de descuento para abrir las urnas, poco convincentes resultaron los desesperados intentos de Poilievre de distanciarse de Trump, a quien hasta hace cuatro días quería emular no convencieron al público. La mayoría cualificada que le daban las encuestas a principios de año se había reducido progresivamente hasta la derrota. Él mismo ha perdido su escaño. Ya no es diputado.

Aunque los liberales no han alcanzado la mayoría absoluta (172 escaños) su victoria parlamentaria es rotunda, su partido cuenta con 168 escaños, frente a 144 de los conservadores, 23 del Bloque Quebequés, 7 de los Demócratas y 1 de los verdes. Un pacto tanto con el Bloque Quebequés o, más probablemente, con los Demócratas permiten a Carney gobernar con comodidad.

“es igual de relevante analizar el porcentaje de voto por partidos”

Sin embargo, es igual de relevante analizar el porcentaje de voto por partidos: liberales 43’5%, conservadores 41’4%, Bloque Quebequés 6’4%, Nuevos Demócratas 6’3, Verdes 1’2% y otros 1’2%. Advertimos una clara falta de correspondencia entre los votos y los escaños.

Como el Reino Unido, Canadá sigue un sistema de representación mayoritaria para la elección de la Cámara de los Comunes de Ottawa. El país se divide en 172 distritos, cada uno con un diputado al frente, elegido en una única vuelta. Este sistema implica que, de media, se pierde entre un 40% y 60% de los votos. Incluso puede ser peor. Imaginemos que una circunscripción canadiense los resultados por votos son: liberales 31%, conservadores 30%, Bloque Quebequés 20% y Demócratas 19%. Únicamente el partido liberal obtendría representante.

“Esto se traduce en un elevado nivel de abstención y una decepción constante de los electores.”

Esto se traduce en un elevado nivel de abstención y una decepción constante de los electores. Trudeau prometió repetidas veces que cambiaría el sistema electoral a uno de representación proporcional, más respetuoso con las opciones de voto. Al final, todo se quedó en una tibia reforma que redistribuye los distritos, haciendo más fácil, es verdad, que los partidos minoritarios obtengan representación, pero manteniendo el sistema de representación mayoritaria, que favorece a los grandes partidos. La ley electoral, pues, sigue muy lejos de las legítimas aspiraciones de la ciudadanía, favorable a un sistema proporcional.

No es esta la única razón que tienen los canadienses para sentirse decepcionados con sus instituciones. Como muchas antiguas colonias británicas, Canadá arrastra un marco constitucional anacrónico que ya no refleja los sentimientos de la mayoría de su población.

“Técnicamente, Canadá es una monarquía. Carlos III de Inglaterra es su rey.”

Técnicamente, Canadá es una monarquía. Carlos III de Inglaterra es su rey. Allí le representa una figura un tanto peculiar, el Gobernador General, nombrado y cesado por el monarca a propuesta del Primer Ministro canadiense. No existe un mandato fijo. La convención es que el Gobernador se mantenga 3 años en el cargo, aunque algunos han rebasado con creces esta cifra.

Su rol es totalmente simbólico. Como representante de la Corona, se comporta como un rey constitucional. Ejerce sus poderes a petición del gobierno. Sí es cierto que algunos Gobernadores han mostrado más transparencia en sus ideas políticas que el rey al que representan, pero nunca han llegado a confrontar al gobierno.

“Albergo serias dudas de que Carney emprenda profundas reformas institucionales o electorales”

Esta peculiar Jefatura del Estado no genera mucho entusiasmo. Como tampoco lo hace el senado canadiense. Como país federal, la cámara alta del parlamento sería un espacio idóneo para dar voz a las provincias y territorios que componen Canadá. Por desgracia, el senado nació como cámara de la nobleza, al estilo Cámara de los Lores del Reino Unido. Actualmente, ya no es un requisito disfrutar de un título nobiliario, pero sus miembros siguen sin ser elegidos.

El Gobernador General nombra a los senadores a propuesta del gobierno entre personas reputadas en la vida política, civil, académica o religiosa del país. Se trata de un cargo vitalicio, aunque con la obligación de jubilarse a los 75 años. Algunos defensores del senado mantienen que se ha convertido en un consejo de sabios y que siempre respeta la voluntad de la cámara de los comunes, la parte electa del parlamento. Sin embargo, aunque hace décadas que no la ejerce, sobre el papel, este senado no electo disfruta de la misma autoridad que la asamblea de diputados, la Cámara de los Comunes, directamente elegida por el pueblo.

Albergo serias dudas de que Carney emprenda profundas reformas institucionales o electorales. Sin embargo, taponar estos procesos en salvaguarda de los intereses de los grandes partidos, sólo nutre el auge de futuros populismo o ideologías extremistas.