“Carezco de discreción, juicio, código moral. No hay nada que no estaría dispuesta a hacer: asesinato, destrucción, prácticas sexuales repugnantes. No obstante, también leo la Biblia”

Cuando leemos, de forma inconsciente, estamos buscando al autor en sus páginas. Es inevitable preguntarse de dónde saca sus ideas, si los personajes son reales o surgen de su imaginación, qué hay de personal en todo ello. Y siempre lo es. Escribir es un acto íntimo, de entrega, siempre hay una parte de ti que se expone, que delata tu esencia, ahí estás tú, tus demonios, tus obsesiones, tus flaquezas. Patricia Highsmith lo sabía bien, ella batallaba con sus recuerdos, con sus enemigos reales o ficticios, con todas las pasiones imaginables. Celosa de su vida privada, al morir dejó unos diarios y cuadernos personales; ahí estaba ella, sin capas que la cubriesen. Sin máscaras.

Lectora confesa de Kierkegaard, Arendt, Dostoievski, admiradora de Guy de Maupassant, autora prolífica de libros de relatos, de ensayos y de novelas, cinco de ellas protagonizadas por Tom Ripley, el estafador, el ladrón, y el asesino cuando se tercia, más famoso de la literatura. Pero también fue la niña nacida en 1921 en Texas que no conoció a su padre hasta los doce años, la hija que mantuvo una relación amor/odio con su madre que supuestamente intentó abortar bebiendo aguarrás durante su embarazo, la mujer que descubrió su homosexualidad y fue incapaz de mantener una relación de pareja, adicta al alcohol, amante de los gatos y de los caracoles cuya compañía prefería a la de las personas. Y por encima de todo, una de las mejores escritoras del siglo XX, amada y criticada a partes iguales, con una virtud que pocos poseen: la atemporalidad de sus textos, que reflejan no solamente una sociedad y una forma de vida, sino el ser humano en su esencia.

«Highsmith no necesita palabras altisonantes, giros inesperados, o usar la suspensión de la incredulidad para atrapar al lector desde la primera frase»

Highsmith no necesita palabras altisonantes, giros inesperados, o usar la suspensión de la incredulidad para atrapar al lector desde la primera frase. Su estilo es claro, conciso; los diálogos, rápidos, directos. Es una maestra inigualable en crear una atmósfera de aparente normalidad, donde suceden cosas terribles que protagonizan parejas de clase media, vecinos simpáticos y atentos, amas de casa que se desviven por su familia, jóvenes ricos y despreocupados, ancianos entrañables y vulnerables. El crimen es un vehículo para contar historias que nos mantienen en vilo hasta el final, que invitan a la reflexión después de cerrar el libro. Historias en las que todos podríamos ser un personaje, víctima o verdugo.

Estudió literatura inglesa, latín y griego, y durante mucho tiempo trabajó como guionista de cómics. Pronto descubriría su verdadera vocación: hallar su propia voz, el tono perfecto, la narración impecable. Alérgica a la hipocresía, al optimismo crónico, a las historias con final feliz, la mentira, el crimen, el bien y el mal, son los ejes de sus historias. Y el deseo, que es el que dicta las acciones de sus personajes igual que nos sucede a nosotros, los seres humanos. El deseo sexual, el de amar y ser amado, el deseo de poseer, de ser lo que no somos, de significar, incluso el deseo de alcanzar lo inalcanzable. Highsmith se inspira en el arte, en la psicología, en el reino animal, y escribe una realidad que algunos han calificado de depresiva, pesimista, oscura. Proclamó en sus “Diarios y cuadernos”, “no crearé vida, sino verdad como nadie ha visto hasta ahora”.

«Escribía sobre la verdad desnuda, porque en sus páginas podemos reconocer nuestros secretos más inconfesables»

Escribía sobre la verdad desnuda, porque en sus páginas podemos reconocer nuestros secretos más inconfesables. Vivió en Reino Unido, en Francia y murió en Suiza. La vieja Europa le resultó mucho más cómoda tras exiliarse de los Estados Unidos. Su personalidad reservada y extraña, le granjeó diversos calificativos: racista, misógina, contraria a los valores norteamericanos, o ser un hombre disfrazado en el cuerpo de una mujer. 

Bruno, uno de los protagonistas de Extraños en un tren”, publicada en 1950, un gran éxito que no tardaría en llevar al cine Alfred Hitchcock, sentencia: “Tengo la teoría de que una persona debería hacer todo cuanto sea posible hacer antes de morirse, y tal vez morir tratando de hacer algo que sea realmente imposible”. Toda una declaración de intenciones. Patricia Highsmith, consiguió lo imposible, crear obras que no se parecen a las de nadie más. Ser la cronista de la cara oscura del ser humano. Porque para conocernos, nada como mirarnos al espejo. Solo se trata de aguantarnos la mirada, tan difícil como eso. ¿Se atreven?