Uno de los pecados que cometemos los lectores cuando leemos literatura extranjera, sobre todo la literatura de las regiones, tradiciones o escritores que menos conocemos, es interpretarla con ojos estereotipadores, reductores. Utilizamos los pocos conocimientos que tenemos sobre el lugar de origen del autor como si fueran una palanca y, ¡zas!, dictamos sentencia, arrastrando el sentido de la obra hasta nuestro terreno intelectual, un espacio mental donde nos sentimos seguros pero que a menudo está minado de prejuicios, ideas falsas y topicazos, no por inconscientes menos dañinos. Así, cuanto no encaja en nuestras preconcepciones, lo descartamos; si en conjunto la obra está demasiado alejada de lo que esperábamos, la juzgamos mala, fallida. Porque, claro, no es posible que en una novela africana haya personajes homosexuales o de clase media, como reivindica con frecuencia Chimamanda Ngozi Adichie; porque, por supuesto, toda la narrativa latinoamericana ha de ser realismo mágico o culebrón romántico a lo Isabel Allende; porque, efectivamente, lo que se escriba en Rusia sin duda será solamente existencialismo intensito como el de Dostoyevski.

«La lectura estereotipadora es un pecado muy común, ya que necesitamos apoyarnos en algún concepto anterior para poder interpretar, y a menudo lo único disponible es un prejuicio o un estereotipo simplón»

La lectura estereotipadora es un pecado muy común, ya que necesitamos apoyarnos en algún concepto anterior para poder interpretar, y a menudo lo único disponible es un prejuicio o un estereotipo simplón; de hecho, Edward W. Said les atribuye este pecado a los supuestos especialistas occidentales en Oriente. Los lectores corrientes no somos expertos como los que Said critica en su ensayo Orientalismo, pero cada lector debería ser consciente del peligro que entraña la interpretación orientalista. A los textos, mejor no meterles el sentido con calzador.

Quien se acerque a la obra de Olga Tokarczuk a raíz del Nobel de Literatura de 2018 puede esperar encontrar una Escritora Polaca que hable de Temas Polacos con un Estilo Polaco. Es decir: personajes nacionalistas que luchan por la libertad o independencia de su patria; un catolicismo que roza el fundamentalismo; paisajes nevados donde el frío extremo agria el carácter de sus moradores; mujeres  bellas, rubias y sumisas como princesas de Disney; hombres alcohólicos, fuertes y autoritarios como villanos de Dickens; atmósferas opresivas y deprimentes, propias del naturalismo más determinista; menús consistentes en sopa de fideos, de primero, y luego chuletas con patatas acompañadas de pepinillos y col fermentados, regado todo con chupitazos de vodka. En Sobre los huesos de los muertos (novela de Tokarczuk ya reseñada aquí) la protagonista se enfrenta precisamente a estos tópicos, encarnados en un pueblo de cazadores, demostrando, así, que no todos los polacos los comparten y que algunos incluso los combaten; el lector, a su vez, se ve obligado a cuestionar sus estereotipos. En cambio, en Los errantes (Anagrama, 2019) la nobel polaca sigue una estrategia diferente pero que puede sorprender de igual manera al lector: no escribió un libro polaco; de hecho, podría haberlo escrito una autora checa, serbia, rumana, alemana o eslovaca. Los errantes es un libro centroeuropeo o, aún más, apátrida. Y esa es una de sus grandes virtudes.

Junto con la falta de patria, la otra gran virtud de Los errantes es la falta de género literario. En sus primeras páginas, el lector se encuentra con unos capítulos de apariencia autobiográfica, en los que una narradora de voz vigorosa revela su gusto por el movimiento y los viajes, describe su cuerpo, recuerda sus estudios de Psicología y confiesa padecer un «Síndrome de Desintoxicación Perseverante», a causa del cual siente atracción casi enfermiza por lo raro, lo singular, lo anormal. Esta outsider se parece a la protagonista de Sobre los huesos de los muertos, la señora Duszejko, por su mirada minuciosa, su fina ironía y su tendencia a la digresión, pero en Los errantes se libera del corsé del argumento: esta es una señora Duszejko desencadenada. Y además de fragmentos autobiográficos y ensayísticos más o menos breves, leemos también viñetas o relatos autónomos sobre viajes, aeropuertos, viajeros o trenes, en los que la narradora sin nombre no suele estar presente, pero siempre se nota su aliento. No obstante, estos textos cortos solo son los entremeses del plato fuerte del libro: unas nouvelles de longitud considerable que Tokarczuk dosifica con inteligencia, pues su lectura resulta mucho más compleja y lenta que el resto, y a veces incluso las divide en varias partes, como si fueran actos teatrales. Por ejemplo, la trágica historia tripartita de Kunicki, un polaco cuya mujer e hijo desaparecen sin dejar rastro durante las vacaciones en una isla de Croacia, por lo que acaba trastornado y errabundo; o los dos viajes del doctor Blau, un experto en conservación de tejido humano; o las vidas reales —pero ficcionalizadas— de Philip Verheyen, el anatomista flamenco que descubrió el tendón de Aquiles, y Frederik Ruysch, pionero holandés del embalsamamiento; o «El corazón de Chopin», que combina los dos grandes temas del libro: el regreso de París a Varsovia del corazón del compositor romántico, que había exigido en su testamento que el órgano impulsor de su sangre descansara en su patria polaca. En las novelas cortas, el estilo de Tokarczuk sigue siendo preciso y leve, pero también impresiona la minuciosidad de sus descripciones anatómicas y sacuden sus repuntes poéticos.

«La crítica ha comparado Los errantes con el Sebald de Los anillos de Saturno, donde el escritor alemán también hibrida géneros diferentes, aunque en este caso el viaje a pie por el condado de Suffolk es el hilo narrativo»

Tal vez este «género de géneros» sea lo más llamativo de la obra. De hecho, la crítica ha comparado Los errantes con el Sebald de Los anillos de Saturno, donde el escritor alemán también hibrida géneros diferentes, aunque en este caso el viaje a pie por el condado de Suffolk es el hilo narrativo. Más breve, variado y fragmentario es El hacedor de Borges, compuesto de recuerdos, diálogos, ensayos, relatos, poemas e incluso citas apócrifas, por lo que en el fondo se trata de una obra mucho más miscelánea, sin el aglutinante temático de la dupla cuerpo-viaje. Y un año antes de publicarse la versión polaca de Los errantes (2007), se publicó en España Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo, una extraña amalgama de elementos literarios, científicos y de la cultura pop que fue calificada de «red de redes», «arroyo sin fin» o «estructura rizomática»; rizoma es un término botánico que designa a una especie de raíz o tallo subterráneo, pero Deleuze y Guattari lo dotaron de sentido filosófico: se refiere a un modelo de organización no jerárquico, sin centro y horizontal, como Nocilla Dream o Los errantes.

Sin embargo, se agradece que, a diferencia de Fernández Mallo, Tokarczuk no teorice explícitamente, no exponga los porqués de su libro —los autores también pueden pecar—, sino que sea el lector quien debe llegar a su propia conclusión. Por ejemplo, a partir del brillante fragmento dedicado a la Wikipedia, uno podría definir Los errantes como una enciclopedia sobre el cuerpo y el viaje; sabiendo que se escribió en la primera década del siglo XXI y que incluye fotos de mapas y dibujos, es inevitable pensar en el boom de los blogs, espacio heterogéneo y multimedia por excelencia; al leer frases como esta: «los órganos están empaquetados en el cuerpo con minuciosidad, listos para un largo viaje», todos los lectores coincidimos en que los fragmentos de Los errantes también están empaquetados con minuciosidad, provocando una sensación de coherencia corporal.

Pero un lector malicioso —ningún lector está libre de pecado— podría decir que al libro de Tokarczuk le sobran páginas, aunque cuesta decidir cuáles. Otro lector con mala leche añadiría que el título escogido por la editorial Anagrama o la traductora Agata Orzeszek traiciona el original: Bieguni es una palabra polaca creada a partir del verbo biegać, o sea «correr», que a su vez viene del ruso stranniki, «los corredores», una antigua secta ortodoxa cuyos miembros consideraban el movimiento algo sagrado y de quienes proceden algunas ideas del libro (aunque no son mencionados); pero en este caso cada título es un judas: en catalán, la editorial Rata o el traductor Xavier Farré eligieron Cos, que significa «cuerpo», y en otros idiomas también varía: Los vagabundos, Los peregrinos, Viajes… Un lector aún más bellaco diría que podría haberse dividido Los errantes en tres libros más ligeros, según sus respectivos géneros: uno de microensayos similar a algunos de Eduardo Galeano, otro libro autobiográfico sobre viajes, al estilo de Claudio Magris, y un tercero que incluyera sus novelas cortas con protagonistas errantes, como Los emigrados de Sebald; otro lector malintencionado podría proponer partir el libro en dos, agrupándolos temáticamente: el primer libro sobre los viajes, los vagabundos y el movimiento, el segundo sobre el cuerpo, la anatomía y el embalsamamiento. Pero la verdad es que todos sus capítulos están más o menos interrelacionados, bien por el tema, bien por continuarse unos a otros, bien por repetir ciertos motivos —»Mi peregrinación es siempre en pos de otro peregrino»—, bien por enlazarse con sutiles guiños. Un último lector listillo y pecaminoso consideraría que la mezcla genérica de Los errantes no resulta tan sorprendente, pues ya lo hicieron antes Borges y miles de blogueros, ¿no? Yo le respondería que el gran hallazgo de Tokarczuk es mezclar estos dos temas tan imperecederos —el viaje de los cuerpos, los viajes por el cuerpo— en un libro tan mestizo, tan orgánico.

Cada lector puede hacer lo que quiera, claro, pero a pesar de su (des)estructura es mejor leer Los errantes de principio a fin, no saltando de un capítulo a otro en cualquier orden, como en la Rayuela de Cortázar. Porque las nouvelles dividas en varias partes exigen una lectura secuencial y, por otro lado, la disposición de los fragmentos no es azarosa. Una vez terminada la lectura, sin embargo, sí apetece releer algún fragmento al azar. Abrir el libro sin pensar y dejarse seducir por la prosa y la inventiva de Tokarczuk. Uno de ellos, titulado «Cioran como faro», habla precisamente de los hábitos lectores de un hombre: cuando viaja, se lleva un libro de Emil Cioran, «uno de esos compuestos de textos brevísimos», lo abre y lee una página cualquiera. Considera que «como herramienta para predecir el futuro» Cioran es mucho más efectivo que la Biblia. De hecho, propone sustituir las Biblias que suelen estar en las mesillas de noche de los hoteles europeos por obras de Cioran. Yo propongo usar Los errantes como faro: su lectura nos iluminará el camino y nos indicará quiénes pertenecen a la secta de los bieguni; para dar ejemplo, lo dejo en mi mesilla de noche.

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