Hace algunos días, el escritor Javier Sierra escribía un tuit en el que se preguntaba si no sería mejor que en las cestas de Navidad, “en vez de tanto alcohol”, las empresas “pusieran más libros”. El tuit, como era de esperar, agradó a las redes, la retórica en torno a los libros siempre tiene éxito, si bien de retórica no viven las librerías ni sobreviven las editoriales. Sabemos todos que los libros nos hacen viajar, que las librerías son un paraíso terrenal y que la biblioteca es un espacio de libertad, pero de poco sirve repetirlo hasta la saciedad; mejor sería dejar esta retórica de lado y exigir presupuestos anuales dignos para la compra de libros para las bibliotecas públicas, un marco legislativo, como existe en Francia, para la protección de las librerías independientes ante la competencia desleal de las grandes cadenas, desgravaciones fiscales en el consumo de productos culturales, ayudas para las traducciones, la posibilidad a compatibilizar derechos de autor, remuneración por obras publicada y pensión en el caso de los escritores… ¿Sirve a algo cambiar botellas por libros en las cestas de Navidad? No se hizo esta pregunta ante el tuit de Sierra, el entusiasmo facilitó el aplauso inmediato a tal propuesta, pero la pregunta sigue estando ahí, ¿para qué?

Ante todo, y sin caer en los tópicos sobre literatura y alcoholismo, tan reiterativos como insustanciales a la hora de analizar una obra literaria, cabría preguntarse qué tipo de competencia desleal realiza un buen vino contra un libro, puestos a sustituir, también podríamos cambiar el jamón, cada vez más escaso en las cestas, por una novela o el turrón de turno por un libro de poesías. Se podría, incluso, plantear que, de ahora en adelante, cada vez que unos amigos nos inviten a cenar a su casa, en lugar de llevar un postre o un ramo de flores, se opte por un libro de ensayo, pero ¿es acaso esta la manera de fomentar la lectura? Un florista podría, a la larga, proponer lo contrario, regalar flores en lugar de libros, y nos volveríamos a encontrar con la misma situación. Sin embargo, no hay que menospreciar las buenas intenciones y, sin lugar a dudas, en más de una ocasión, no estaría de más que un adolescente optara por la lectura antes que por arruinarse el hígado, pero, si hablamos de fomentar la lectura y de fomentar la adquisición de libros, de poco sirven las bonitas palabras, lo único que sirve es una política cultural. Además, cuando se habla de fomentar la lectura debería también hablarse de educar el gusto lector, algo que solamente puede hacerse desde un sistema educativo que introduzca simultánea a los alumnos a la lectura y a la literatura, formándolos tanto en el placer de leer como en el gusto por aquello que se lee. Y esto no se está haciendo, prueba de ello es que en España el número de lectores sigue siendo bajo con respecto a nuestros vecinos europeos y que los libros más vendidos no suelen destacar por su valía literaria, ante todo, porque suelen ser libros, escritos, aunque no siempre, por personajes que lejos están de poder ser definidos como “escritores”.

Al final del Premio Planeta, que este año ganó Javier Sierra, se suele agasajar a los periodistas con un libro, normalmente un best-seller de la casa que no pocos abandonan en las mesas por la falta de interés que suscita. De la misma manera que, para el amante del vino, no hay nada peor que un mal vino, para el amante de la literatura no hay nada peor que un mal libro. A veces, es casi mejor no recibir regalo alguno. ¿Qué libro regalarían las empresas en la cesta de Navidad? ¿El más vendido del año? ¿El ganador de un determinado premio? Siguiendo esta lógica, este año todas las cestas llevarían la novela de Aramburu, Patria, o, siguiendo la tradición española que dicta que el Premio Planeta suele ser uno de los libros más regalados en las Navidades, la novela del propio Sierra, El fuego invisible, dos novelas, la de Aramburu y la de Sierra cuyas ventas están muy por encima de la media: según datos de Nielsen, hasta el día 3 de diciembre, Patria, publicada el 6 de setiembre de 2016, ha conseguido vender 473.336, mientras que El fuego invisible, en menos de dos meses, ya ha llegado a 42.187 lectores.

Recomendando que es gerundio

De listas de libros va cargada la prensa en estos días pre-navideños, todas ellas enumerando los que pueden considerarse los mejores libros del año; como es evidente, dependiendo de los medios y de los encuestados, las listas varían; sin embargo, todas ejercen una función de recomendación. Evidentemente, es más que posible no compartir ciertas elecciones y pensar que determinado título no merece estar entre los seleccionados, sin embargo, opiniones de lado, normalmente ninguna de las listas de mejores del año selecciona a los que, en la práctica, son los libros más vendidos. Hay una neta separación entre lo que es lo más destacable literariamente y lo que es más vendido. Dejando de lado Patria, caso algo particular, si repasamos las listas de los mejores del año, tanto las de ahora como las de años pasados, observaremos una clara ausencia tanto de determinados best-sellers como de galardonados con determinados premios, algo que no sorprende desde un punto de vista meramente crítico-literario, pero que puede despertar mal estar en todo aquel autor que considere que sus ventas son la prueba evidente de que su obra es digna de aplauso. Pese a todo, continuamos haciendo listas y recomendando libros casi a modo de resistencia y está bien que así sea. En cierta manera, optar por recomendar ciertos títulos es una forma de seguir creyendo que la situación puede revertirse, que, antes o temprano, las cosas pueden cambiar. Sin embargo, no debemos engañarnos, la situación no es del todo halagüeña: como ya ha pasado en los últimos años, es de esperar que los regalos más habituales estén relacionados con el mundo de la tecnología y, si la lógica que trazan los datos de Nielsen no varía, pocos, muy pocos, de los libros considerados, tanto por las listas como por algunos lectores, como los más reseñables terminarán siendo los más vendidos.

Dijo en una ocasión un editor que en España hay que editar literatura, sabiendo que la literatura no vende. En estos últimos días del año, tiempo para la reflexión, estas palabras se hacen más que evidentes e, incluso, podría añadirse que, salvo excepciones, casi todo vende poco. Los anuncios de reediciones o la presencia constante en medios de comunicación -véase, por ejemplo, columnistas y opinadores- no aseguran nada; en efecto, muchas veces se anuncian reediciones solamente para dar la impresión de elevadas ventas, pero, con tiradas de 300. Es factible llegar a las tres ediciones habiendo vendido menos de 1000 ejemplares, algo común entre los libros “ensayístico-periodísticos” de muchos habitué de la prensa escrita, donde el único que destaca es Manuel Jabois, que, en año y medio, ha conseguido vender 7.389 ejemplares de Nos vemos en esta vida o en la otra, siempre según datos de Nielsen. De la misma manera que el periodista de El País destaca entre sus compañeros de profesión, Vargas Llosa y Javier Marías lo hacen dentro del sector literario, con ventas que superan, con grandísima diferencia, las de sus compañeros: mientras el primero ha vendido de Cinco Esquinas 72.348 ejemplares desde el día su publicación, el 3 de marzo de 2016, Marías lleva vendidos desde el primero de septiembre de 2017, 31.906 ejemplares de Berta Isla, considerada una de sus mejores novelas.

Todas las reglas, tienen sus excepciones, entre las cuales no se puede omitir a Antonio Muñoz Molina, que, con su ensayo de 2013, Todo lo que era sólido, ha conseguido vender 67.627 ejemplares, y a Javier Cercas, que con El monarca de las sombras ha vendido 44.549, las reglas terminan imponiéndose, siendo particularmente difícil la situación -en cuestión de ventas- para los autores nacidos a partir de los sesenta y, más en concreto, después de los setenta. La generación afortunada de los cincuenta resiste, a pesar de que el mercado de hoy no es el de los años noventa; basta ver el caso de Almudena Grandes, cuyas novelas siguen conquistando a miles de lectores -Los pacientes del doctor García, publicado el primero de setiembre de este año, ha vendido 55.250 ejemplares en papel y 2100 en ebook. Sin embargo, en los últimos diez años, incluso veinte, la situación ha cambiado radicalmente, en parte, aunque no solo, por el aumento exponencial en el número de libros publicados anualmente, sino también por la caída de las ventas y por la reconfiguración de la figura del escritor, que no solo ha perdido centralidad en el contexto social, sino que su labor se ha precarizado de forma inaudita, ante todo, por la bajada radical de los anticipos. Asimismo, hay otro factor a tener en cuenta y que explica la normal disparidad entre la mejor literatura y lo más vendido: a finales de los años noventa, Anna Wintour, directora de la edición norteamericana de Vanity Fair, se dio cuenta de que, para aumentar las ventas de la revista, debía sustituir las espectaculares, pero anónimas, al menos para el gran público, modelos de sus portadas y optar por rostros conocidos. Las top modelos de la generación de los noventa -Claudia Schiffer y compañía- comenzaron a acaparar todas las portadas, eran famosas y el gran público las conocía. Sin embargo, su reinado se fue agotando cuando la fama ya no la aportaba la pasarela, sino la pantalla. Desde hace algunos años, las portadas de Vanity Fair las protagonizan actrices, tanto de cine como de televisión, que consiguen atraer un número de lectores mucho más considerable que las modelos, más espectaculares, pero menos familiares. Hay quien anuncia que esta tendencia cambiará en breve y que las portadas del futuro tendrán los rostros de las instagrammers, cuya influencia es hoy similar o superior a la de cualquier estrella televisiva.

En el ámbito editorial, la situación no es muy distinta: desde hace ya algunos años, quienes llenan las arcas de las editoriales gracias a sus ventas son rostros conocidos de la televisión y, cada vez más, de internet, por no hablar de la combinación televisión-cocina, seguramente el producto editorial más rentable y que suele asegurar ventas que van de los 30.000 a los 50.000 ejemplares. El Rubius, youtuber de éxito y con profesión todavía por conocer, vendió con su primer libro 143.590 y, si bien, con los títulos posteriores sus ventas han bajado, ha sido capaz de vender en tan solo un mes más de 5.771 ejemplares.

Los presentadores de televisión, aunque hay excepciones, no se quedan cortos; sin entrar en analizar la calidad -o la ausencia de ella- literaria, no cabe duda de que publicar a rostros televisivo es rentable: mientras que Mónica Carrillo ha vendido 52.483 ejemplares de su primera novela, publicada en abril 2014, y 49.177 de su segunda novela, publicada en marzo 2016, Sandra Barneda alcanzó los 57.872 ejemplares con Reír al viento, publicada en junio 2013, y 31.951 con La tierra de las mujeres, publicada en noviembre 2014. Entre medio, con cifras no desdeñables, pero que no pueden compararse con la de sus compañeros, encontramos a Christian Gálvez, que con su último libro vendió 15.164 copias, Mariló Montero, que con su libro de recetas light ha vendido 17.056 ejemplares o Terelu Campos, que desde julio de este año ha vendido 15.727 ejemplares de su biografía. Si bien es cierto que con su segunda novela no consiguió las mismas cifras, al no alcanzar los 50.000 ejemplares, Jorge Javier Vázquez sigue ostentando el liderazgo tras conseguir vender con su primer libro, publicado en 2012, 172.662 ejemplares, aunque, hay que decir que su liderazgo puede serle rebatado por Carme Chaparro, Premio Primavera de 2017, que en solo ocho meses ha vendido 54.331 ejemplares de No soy un monstruo.

Las cifras hablan por sí solas, contados escritores pueden hacer cara a tales ventas, solamente nombres como María Dueñas, que lleva vendidos, desde el 2015, 270.435 ejemplares de La Templaza y desde 2009 1.154.249 ejemplares de El tiempo entre costuras, Dolores Redondo, que con Todo esto te daré, Premio Planeta 2016, ha vendido 305.805 ejemplares, o Dan Brown, que en dos meses ha vendido 107.932 ejemplares de Origen.

Bendito maldito Nielsen

No engañan las cifras, pero sobre todo no engaña el Nielsen, que nos devuelve a la realidad, trágica para algunos, beneficiosa para otros. ¿Cambiarían las cosas si en las cestas de Navidad se regalaran libros? Difícilmente la respuesta puede ser positiva, pues, lo más probable, es que las empresas fueran sobre seguro, consiguiendo solamente redondear las cifras de ventas de libros que no necesitan empujón alguno y que, en la mayoría de los casos, como el mal vino, es mejor descartar. Si bien son cuestionables las listas de libros, en la recomendación de una lectura distinta a la que el mercado impone hay algo, mucho, de positivo: una forma de resistencia. En este sentido, recomendar lecturas, subrayar la calidad de determinados títulos, reconocer la labor de algunos escritores es una forma de restitución de un mérito no reconocido por las cifras. Me decía el otro día una autora, “me interesa más gustar a determinada gente cuyo criterio respeto que no a todos” y puede que, sus palabras sean más comprensibles de lo que, a priori, algunos puedan pensar, pero, a veces, muchas veces, lo masificado no es lo más apetecible, más allá de los beneficios económicos.

Sin embargo, es peligroso detenerse en dicha constatación, puesto que podríamos terminar en forma de aceptación de una situación que, por el contrario, debe ser modificada. Para ello, no sirven las buenas intenciones, sino políticas culturales que se dirijan en una doble dirección: protección del sector del libro y fomento de la cultura del libro y, sobre todo, del texto escrito. Es imprescindible abandonar el lema del “todo vale” y apostar por una educación del gusto que es, al final, una educación de una cultura intelectualmente emancipadora y crítica. No sé cuánta relevancia tienen las recomendaciones literarias a efectos prácticos, pero si sirven para que alguien ponga bajo el árbol El año del pensamiento mágico de Joan Didion (Literatura Random House), la nueva edición de Crimen y Castigo de Dostoievski (Alba editorial), El entusiasmo de Remedios Zafra (Anagrama), los Cuentos Completos de Henry Jamens (Páginas de Espuma), Mejor la ausencia de Edurne Portela, Kanada de Juan Gómez Bárcena (Sexto Piso), Corazón Tradicionalista de Berta García Faet (La bella Varsovia), La Correspondencia entre Marcel Proust y Jacques Rivière (La Uña rota) o Clavícula de Marta Sanz (Anagrama), entre muchos otros, podemos darnos por satisfechos. Al final, el reto último no es convertir el regalar un libro en una campaña de concienciación, sino hacer que la gente entre una librería, hable con el librero y compre, para sí o para otros, sabiendo que lo que compra merece la pena.

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