Palabras Hilanderas, la nueva colección de ensayos de Huso Editorial, publica “Soy Catalina de Salazar, la mujer de Miguel de Cervantes”, escrita por José Manuel Lucía Megías.

Un libro que se transforma en historia y sentido. En confesión, redención y entrega. En un ¿acto de justicia? y una vida que se vuelve la voz y el eco de Catalina de Salazar (una mujer que vivió cobijada bajo la sombra de su marido), con la única y noble intención de dejarla hablar. De permitirle contarse y contarnos quién es por primera vez en su vida; en su muerte y, de paso, regalarle la posibilidad (o la impunidad) que todos necesitamos cuando decidimos desnudar y desollar la voz de nuestra propia esencia. O de esa historia de amor que todavía nos constituye, nos justifica, nos bautiza y nos duele (a pesar de los años y de los daños compartidos).

“Mi querida Catalina: ¡Qué injusta que ha sido la historia, el paso del tiempo contigo! ¡Qué injustos que hemos sido todos los hombres y mujeres en estos siglos que nos separan, en este silencio que hemos ido tejiendo a tu alrededor a base de tópicos y de lugares comunes!”, escribe José Manuel Lucía Megías en el prólogo de este libro. En esa primera página que es también una declaración de intenciones. Un guiño. Un pedido de perdón y un permiso que, entre otras cosas, se vuelve la caricia y la excusa que Catalina necesita para comenzar a hablar. Para comenzar a declamarse y declararse sin miedos. Sin pensar que sus contradicciones pueden llegar a traicionarla, y que nadie va a animarse a lastimar su verdad. Ni su motivo.

Y que nadie va hacerlo porque José Manuel se juró que va encargarse de eso. Que va a estar ahí, con ella, abrazando cada una de sus palabras. Asegurándole que no está sola. Que él llego para quedarse o, mejor dicho, que él sería incapaz de abandonarla…

Catalina lo sabe.  Lo presiente. Y entonces aquel silencio que los envuelve y los antecede a los dos, comienza a transformarse en música. En luz. En vida. En una melodía y una cadencia compartida que sale del alma de una mujer que se siente libre y, por eso mismo, se anima a ¿narrarse? por primera vez.

A hablar de su infancia, de su adolescencia, de su ¿adultez? De sus miedos, su intrepidez, sus falsos corajes. De la bendición y la sentencia de ser la “mujer de”. De llegar a ser el ¿verdadero y único amor de Miguel de Cervantes?

De entregarse al destino sin ofrecer resistencia, y transformarse en la compañera más fiel de ese hombre que, como ella decía, eran dos hombres (o demasiados) al mismo tiempo. En el mismo instante: “A mí también me gustaban tus manos. Sí. Nunca lo entendiste. Siempre me decías: «¿Cómo te pueden gustar estas manos llenas de manchas de tinta, de cicatrices, de dedos torcidos?». Pero yo no las veía así, o no las veía solamente así. Detrás de las manchas de tinta yo veía horas y horas de trabajo. Horas haciendo listas, escribiendo informes, cuadrando cuentas, cada vez más y más pesadas…, pero también horas con la pluma volando por encima de los papeles, con la risa, la rabia o la sorpresa en los ojos y las ganas de gritar al mundo tus historias. Antes de leerlas, yo me las sabía de memoria: ¡te las había oído tantas veces mientras las estabas escribiendo! Detrás de esos dedos torcidos yo veía unos dedos largos, unas manos poderosas, fuertes, protectoras; incluso la mano izquierda, esa que siempre intentabas disimular…, también esa mano, a su manera, con su historia y su pasado, era una mano que siempre estaba dispuesta a la confianza y a la diversión. Dos manos tan diferentes y al mismo tiempo tan iguales. Como tú eras tan diferente cuando tenías que ausentarte para hacer tus negocios, y cuando te ausentabas al escribir tus historias, al inventarlas en voz alta o cuando demostrabas tu ingenio con tus amigos, ya fuera en casa, ya fuera en las Academias o en el Mentidero de los Representantes. Las dos manos eras tú. Ni más ni menos. Como también esos dos Migueles eras también tú”.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here