Teníamos poco más de veinte años y todo el tiempo por delante. Había habido un par de extrañas muertes días atrás dentro del campus, pero a ninguno de nosotros nos preocupaba aquello en aquel momento. Además a nuestra edad morir es algo que les pasa a otros. Nada nos iba a impedir disfrutar de una fiesta por todo lo alto la noche 31 de Octubre.
Maléficas, Arlequinas, Jokers, además de las típicas brujas y vampiros, inundaban el comedor del colegio mayor. Todos bailaban bajo un cartel en el que con mucho mimo se había escrito con letras naranjas y negras las palabras Halloween Party. Porque se había puesto así en lugar de Fiesta de Halloween es otra historia.
Miraba a mis compañeros relajada, disfrutando el momento, feliz porque a tan temprana edad consideraba que estaba a tan solo a un paso de la felicidad absoluta. Tenía al alcance de las yemas de mis dedos lograr el completo desarrollo de mi persona, una plenitud que muchos otros no llegarían ni a vislumbrar en toda una vida.
Según se establece en la pirámide de Maslow me encontraba a tan solo un paso de completar el desarrollo de todo mi potencial, y ni por un instante di por supuesto que algo así se pudiera truncar. Todas mis necesidades fisiológicas, la base de la pirámide, estaban plenamente satisfechas. También todas aquellas necesidades que me aportaban seguridad, como un techo o dinero, estaban a mi alcance. Disponía de una buena familia, amigos y éxito entre sexo opuesto. En cuanto a la autoestima nunca he tenido problema, tengo plena confianza en mí misma y mi opinión es tenida en cuenta por los demás. Tan solo me faltaba por alcanzar el techo de la pirámide: la autorrealización. Me faltaba lograr aquello con lo que uno encuentra sentido a su vida y se siente bien consigo mismo. Podría resumirse en el típico “he nacido para”. El pleno desarrollo de todo el potencial como individuo lo alcanza el pintor pintando, el escultor esculpiendo, el escritor cuando escribe y…
Llegó el momento del brindis. Era mi ponche con lo que íbamos a brindar. Todos alababan siempre mi buena mano para preparar bebidas deliciosas, decían que había nacido para ello. La respuesta de los allí presentes tras vaciar sus vasos fue casi inmediata. Había unanimidad. En medio de horribles estertores fueros cayendo uno a uno al suelo como hojas en otoño. Comprobé que ver un cuerpo convulsionar en solitario no era ni la mitad de impresionante que todo aquel conjunto de almas agonizando al unísono. Una imagen dantescamente hermosa. Y es que el asesino solo cuando asesina en masa desarrolla su máximo potencial y alcanza la experiencia cumbre.










