Gabriel Martínez (Rafal, Alicante, 1952) es dos escritores en uno. Está el autor de novela negra, el que obtiene material solo con leer el periódico, con informarse de la actualidad. Por otro lado, está el autor de novela histórica, de las que, afirma con rotundidad, requieren mucho más trabajo para ver la luz. Entre ambos media el lector apasionado que quedó marcado, hace ya mucho tiempo, por la prosa de Vargas Llosa.

 

Escribes novela histórica y novela negra, y más allá de en cuál de las dos te sientes más cómodo, ¿en cuál dirías que les gustas más a tus lectores?

A la vista de los resultados, parece que mis lectores prefieren mis novelas negras, pero confío en que aprendan a disfrutar también de mis novelas históricas, mucho más elaboradas, y con muchísimo más trabajo detrás.

Tu libro Volveremos a Mandalay está ambientado en la época previa a la Segunda Guerra Mundial, una época convulsa pero muy atractiva, ¿qué tiene esta época que nos sigue fascinando tanto?

Fue la época del auge de los totalitarismos, fascista y comunista, y su lucha contra la democracia. La época que, para bien o para mal, ha configurado el mundo actual desde el punto de vista político, económico y moral. Todavía hoy son visibles, en España y en Europa, los resultados de los grades conflictos surgidos en aquellos años, como la Guerra Civil española y la Segunda Guerra mundial. Por eso nos siguen fascinando, porque de alguna manera siguen formando parte de nuestras vidas.

 

El asesino de la Vía Láctea y El año del dragón son dos novelas policíacas de la serie Roncal. En ellas hay todo un cóctel de personajes políticos, policiales, jueces, chantajes, asesinatos… ¿Cuál dirías que es el hilo conductor de la serie?

 La corrupción no es exclusiva de políticos y empresarios. También hay policías y jueces corruptos. Y ese creo que es el hilo conductor de toda la serie, la lucha de un hombre serio y honesto, el comandante Roncal, contra la corrupción a cualquiera de sus niveles.

 

Si uno es autor de novela negra, ¿basta con abrir un periódico hoy en día para obtener material para escribir?

Siempre he pensado que la persona aparentemente más anodina puede esconder una apasionante novela. Se trata de «verla», y saber cómo contarla. Aún más en las crónicas periodísticas. De hecho, el arranque de dos de mis novelas, El laberinto ruso, de la serie Roncal, y Las putas de Nuestra Señora de la Candelaria, son la transcripción casi literal de noticias aparecidas en un periódico español y otro colombiano.

Las putas de Nuestra Señora de la Candelaria es la historia de un chaval nacido y criado en un barrio en Medellín, Colombia, donde la vida y la muerte son dos caras de un juego cotidiano. ¿Te inspiró algún hecho concreto para escribirlo?

En un viaje por Colombia, en Medellín, conocí a un joven cuyo hermano mayor es el trasunto de Brayan, el protagonista de Las putas de Nuestra Señora de la Candelaria. Unos días después leí una terrible noticia en un periódico, y ese mismo día empecé a escribir la novela.

 

¿Hay algún libro en concreto cuya lectura te haya marcado especialmente, o incluso te animase a comenzar a escribir?

Ninguno en concreto. El deseo de escribir lo siento desde que tengo uso de razón. Sí me ha marcado especialmente Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa, por su estructura literaria, por su sinceridad, por el maravilloso uso de nuestro idioma…

 

¿Estás satisfecho con la autopublicación o te gustaría que una editorial apostase por tus libros?

Me gusta la autopublicación porque tienes el control absoluto de tu obra, pero también tiene grandes inconvenientes, como la visibilidad. Las plataformas de autopublicación se han convertido en selvas impenetrables en las que es muy difícil ser, simplemente, visto. Mentiría si no dijera que me gustaría contar con el apoyo de una editorial española, no solo extranjera. Debe de tener su encanto ver tu libro expuesto en una librería.

 

¿Tienes algún ritual especial como escritor, alguna manía confesable?

Ninguna en especial, salvo un cigarrillo en el cenicero (un mal vicio que debería abandonar) y un té bien caliente, incluso en verano.

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