Su escapada de Saigón en 1975 parece un relato propio de Homero, donde pasó varios días sorteando una lluvia de bombas y escabulléndose a duras penas entre el caos establecido. En Uganda logró mantener un encuentro con Idi Amin, el carnicero de África, que por poco no termina en conflicto diplomático, y en más de una ocasión una bala perdida terminó estrellándose a escasos centímetros de su cabeza.
Sin embargo, Diego Carcedo (Cangas de Onís, Asturias, 1940), el periodista que años más tarde ejercería de director de los Servicios Informativos de TVE y de Radio Nacional de España, procura normalizar la figura del corresponsal de guerra. “Lo mío era buscar los datos, contarlo y trasmitirlo. Tuve pistolas delante, pero no porque yo lo buscase”, afirma con su calma habitual.
Carcedo dio sus primeros pasos en el oficio como reportero de La Nueva España. Tras pasar por la agencia Pyresa entró a trabajar en TVE, donde pasó la mayor parte de su carrera profesional. Sus crónicas y reportajes abrieron una ventana al exterior para miles de telespectadores en España, que escuchaban las últimas noticias de los lugares más inhóspitos del planeta de la mano de este hombre tranquilo y comprometido con su trabajo.
Posteriormente fue corresponsal en Lisboa y Nueva York, antes de recalar finalmente en los despachos de RTVE. Actualmente es presidente de la Asociación de Periodistas Europeos, en cuya sede nos recibe para hablar de su último libro “Sobrevivir al miedo” (Ediciones Península), un tomo que recoge 20 episodios de su trayectoria unidos por un rasgo común: el miedo.

 

El libro se titula «Sobrevivir al miedo». ¿Qué miedos existen para un reportero aparte del miedo físico?

El título responde a que el miedo es el nexo de unión entre estos 20 episodios que he vivido y cuento en este libro, porque son muy dispersos en cuanto a lugar geográfico, época histórica, cronología, matemática… El miedo que predomina es el físico, el miedo a las balas, a los cañonazos, el miedo que pasas cuando te apuntan con una pistola o cuando estás metido en medio de una catástrofe del tipo que sea. Pero también hay otra serie de miedos que pasas cuando estás trabajando de periodista o de cualquier otra cosa. Uno de ellos es el miedo al ridículo. Soy tímido, aunque lo he ido venciendo, y el ridículo me preocupa muchísimo.

Otro miedo que yo caracterizo es el miedo a la conciencia, el miedo que te está remordiendo durante tiempo. Ese es en mi experiencia el que peor se olvida. El miedo físico, una bomba que te estalla al lado, te pega el gran susto y a los tres días te olvidas. En estos casos afortunadamente siempre tuve el miedo después de que hubiera pasado el peligro, es curioso. Pero el miedo a la conciencia sí que te queda para largo.

 

¿Qué consecuencias le dejó sobrevivir al miedo? En el libro cuenta la anécdota de una madre y su bebé en Perú de la que todavía se acuerda…

El miedo me dejó un cierto problema cuando volví de Vietnam: el recuerdo de los bombardeos, de los sobresaltos nocturnos, del día de la evacuación. Eso me atormentó el sueño ya casi de por vida. Hasta entonces dormía muy bien y ahí empecé a no dormir. Me dieron pastillas para dormir que ya nunca volví a dejar. Todavía de vez en cuando me viene algún recuerdo de esa naturaleza.

El episodio más expresivo sin duda es el de esa mujer en el Callejón de Huaylas en el Perú. Cuando iba a embarcar en el helicóptero que teníamos alquilado para llevar las imágenes a Lima y habíamos cubierto la información, se me acercó una mujer con un bebé de muy pocos meses ofreciéndome el niño para que me lo llevara. Yo en ese momento nuca había tenido un niño en los brazos, era muy joven. Empecé a decir que no. Ya estaban todos los compañeros arriba en el helicóptero y yo con un pie en la escalerilla. La señora me decía que el niño se moría de hambre. Se sacó un pecho y empezó a decir que no tenía leche, que el niño llevaba días sin comer y se moría.

Estábamos en un campamento donde miles de personas se habían refugiado. Era muy inhóspito y la Cruz Roja repartía alimentos, pero no eran suficientes ni mucho menos. Le dije a la mujer que no podía llevármelo porque era extranjero y no iba a poder pasar la frontera con el niño, no me iban a dejar. “Cuando usted llegue a Lima se baja y deja al niño en la puerta de la primera casa que encuentre, toque el timbre con fuerza y márchese. Quién abra la puerta no le va a dejar morirse y sin embargo si se queda conmigo se va a morir”, me contestó. Eso se me quedó muy marcado.

Quizás fue hasta peor después, cuando ya llegué a Lima y mandé las películas y las crónicas, y se me quedó el recuerdo de aquella mujercita con el niño en el brazo. El bebé tendría unos meses o incluso unos días. Se le veía moribundo. Me quedaron otras historias duras, y si hablamos de conciencia y remordimientos te quedan muchas cosas.

«El miedo me dejó un cierto problema cuando volví de Vietnam: el recuerdo de los bombardeos, de los sobresaltos nocturnos, del día de la evacuación. Eso me atormentó el sueño ya casi de por vida»

Ha trabajado en prensa local, de agencia, de guerras, etc… ¿Fue siempre igual de firme en su tarea hacer periodismo?

Para mí fue siempre igual. En ese sentido tuve una conciencia muy clara, haciendo periodismo local, regional o de guerra. Lo que sí intenté distinguir muy bien es algo que estaba de moda en esos años, sobre todo en televisión, que era el periodismo de aventuras. Contar lo difícil que era llegar a los sitios, partes del mundo desconocidas y exóticas, eso estaba muy cotizado. Siempre valoré que no sabía hacerlo. Había estrellas que lo hacían muy bien como Miguel de la Quadra o Jesús González Green, pero personalmente yo sentía que no era lo mío. Lo mío era enterarme de qué estaba pasando, buscar los datos, contarlo y luego trasmitirlo, que en esa época era lo más complicado de la profesión. Siempre procuré no apartarme de eso.

¿Está mitificada la figura del corresponsal de guerra?

Sí, lo está sin duda. Sobre todo porque la televisión es muy vistosa, la gente lo ve y casi te considera un héroe. Este periodismo se mitifica mucho cuando realmente creo que es un periodismo más. Eso sí, ofrece determinados riesgos de los que el periodista tiene que intentar protegerse. Yo nunca he tenido una mentalidad de suicida, siempre tuve bien claro que en Vietnam, en Oriente Próximo, en Centroamérica, en todos los sitios, lo primero que tenía que hacer era preservar mi salud, mi integridad.

Para ello es importante hacer previamente un estudio de lo que vas a cubrir. Si es una guerra, antes de meterte en el follón pleno, tienes que averiguar bien de dónde vienen los tiros. En televisión tienes la responsabilidad de tener que estar en los sitios clave para coger las imágenes. Si eres prensa escrita visitas esos sitios, pero también vas a los centros de comunicación de prensa, das otro tipo de información no tan dentro del peligro. Pero en televisión sí tienes que estar dentro. Tuve pistolas enfrentándome, pero no porque yo lo buscase.

 

En el libro relata la evacuación de Saigón en circunstancias dramáticas. ¿Sigue vigente la labor del periodista en esos momentos?

El periodismo continúa totalmente y lo más jodido es que te encuentras incapaz de poder contarlo y ofrecerlo. Lo último que hice en Vietnam fue en una sede de la universidad de Pensilvania donde nos tuvimos que refugiar. Debía de ser un sitio de la CIA donde los marines recluyeron a los últimos extranjeros para meternos en autobuses y llevarnos al aeropuerto, al que no pudimos llegar y por lo que tuvimos todo ese deambule por Saigón. Cogí la cámara y el micrófono e hice una especie de despedida. Estaba muy emocionado porque sé que terminé llorando. Me aparté del grupo y me entró un lloro viendo aquel drama. Aquello era espeluznante. Si no nos mataban volvíamos a España y teníamos nuestro trabajo y, sin embargo, esos millones de personas quedaban ahí como hormigas, cayendo las bombas y en aquella confusión y caos que se habían armado. Yo me acojoné totalmente, me entraron ganas de llorar. Lloré y en televisión se vio una parte de aquel lloro.

 

A pesar del dramatismo de los hechos, entiendo que para un reportero cubrir aquellos eventos sería gratificante.

Sí, tenía cierta compensación profesional, aunque ya sabes que en esta profesión todo se olvida al día siguiente. A veces me preguntan si iba voluntario. Nunca fui voluntario creo yo. Fui al primer conflicto y se ve que lo hice más o menos bien. Así es como los periódicos, las televisiones y la radio crean la figura del corresponsal de guerra.

A mí me tocó ver a gente que fue y salió zumbando al poco rato. Recuerdo estar con un equipo en el Sáhara, donde tampoco había demasiado conflicto en ese momento, y que un técnico a los cuatro o cinco días me dijo, “mira Diego yo de aquí de largo que esto es muy incómodo y la arena del desierto se me mete en los pies”. Mucha gente se niega a ir. A mí, al trabajar en TVE, cuando había algún conflicto de estos me mandaban. Siempre había cámaras y técnicos dispuestos, pero de vez en cuando también había alguno que te decía que no. No te obligaban a ir en absoluto.

Parecía imposible que un blanco se entrevistara con Idi Amín, pero a su vez tenía cierta mítica porque nunca nadie lo ha había hecho antes. Y valiéndonos de una serie de estratagemas, mucha suerte y unas peripecias que cuento en el libro, conseguimos entrar en el país.

En concreto la entrevista con Idi Amin fue algo único en su momento…

Sí, era un imposible. Estaba continuamente hablándose de él, lo bestia que era, el carnicero de África, lo que estaba pasando en Uganda, cómo había expulsado a todos los blancos. Parecía imposible que un blanco se entrevistara con él, pero a su vez tenía cierta mítica porque nunca nadie lo ha había hecho antes. Fue entonces cuando, valiéndonos de una serie de estratagemas, mucha suerte y unas peripecias que cuento en el libro, conseguimos entrar en el país. Estuvimos ahí en Navidades sin saber además si nos iba a recibir, si íbamos a poder salir de allí con el reportaje, sin poder abandonar el hotel, con el teléfono intervenido…

También había que pensar en la vuelta a TVE, porque habíamos ido engañando a los jefes en Madrid que no sabían cómo nos las habíamos apañado. En la televisión pública tenía que ser todo muy legal, con lo cual si te descuidabas no salías de casa. Si sobornabas a alguien no podían enterarse porque te echaban o cosas por el estilo. Yo volví muy eufórico con el programa de Amin. Todo fue muy bien hasta que de pronto se metió el Ministerio de Exteriores y al final emitieron solo medio programa.

 

Parte de los episodios del libro, como el que acaba de relatar, transcurren durante los últimos años de la dictadura franquista. ¿Cómo era hacer periodismo internacional en aquel momento?

En la información internacional, que fue lo que hice yo al 90%, había mucha más tolerancia. No te hacían ni caso. A nivel de gobierno Uganda no les importaba nada. Se descubrió nuestro viaje porque este (Amin) le mandó un telegrama a Franco después de hacerme a mí portavoz de un mensaje que yo obviamente ni transmití ni dije. Pero había mucha más tolerancia.

El problema estaba con la información interna en España. En gran medida empecé a hacer información internacional porque tuve un problema fuerte con un reportaje que me encargaron sobre los jubilados de Renfe. Había recibido una carta de una asociación de jubilados contando la penuria en la que se encontraban. Fui, lo hablé con ellos y me cargué de datos. El reportaje empezaba diciendo que de no sé cuántos suicidios en España durante el año anterior, 200 o 300 habían sido jubilados de Renfe. Era penoso, esos señores que guardaban los pasos a nivel, las barreras, que tenían una pensión de 50 pesetas… Lo publicaron y el director me llamó al día siguiente para contarme que le había llamado Fraga preguntando que quién cojones era yo y que no volviese a aparecer mi nombre en los periódicos. Me pidió que inventase un seudónimo y le dije que no me salía de los cojones, que yo seudónimo no me inventaba, así que estuve un tiempo escribiendo sin firmar. Después me empezaron a mandar al extranjero.

 

Recientemente Jordi Évole ha recibido críticas por entrevistar a Nicolás Maduro. Habiendo entrevistado Ud. a algunas de las figuras más turbias del siglo XX como Idi Amin, ¿qué opina al respecto?

Vi la entrevista y me gusto bastante, ya vi que hubo críticas. Siendo periodista haces alguna objeción cuando la estás viendo o piensas que habrías preguntado otra cosa, pero me pareció una entrevista excelente.

Hay que entrevistar a todas las personas que tengan interés. Yo entiendo que haya que entrevistar a Maduro como entiendo, aunque yo no comparta el independentismo ni nada que se le entienda, que hayan entrevistado por ahí a Puigdemont. Además, entiendo que el periodista pregunte todo y repregunte, que insista. Lo que ocurre a veces es que cuando consigues una entrevista tienes que pactar un poco, pero para eso también tenemos que tener resortes y argumentos. Si vas a entrevistar a alguien muy complicado le entras suave. Si aquel día le entro a Amin diciéndole que ha matado a 30 mil personas, probablemente me hubiese mandado detener en el acto. Le entré muy suave, la primera parte de la entrevista era muy normal. La última pregunta la hice tiritando un poco, que era sobre la ministra de asuntos exteriores que había desparecido. La dejé para el final.

 

¿Percibe que cierta parte de la población está desinteresada por la información?

Una parte de la sociedad, y este es el principal y gran problema, solo quiere escuchar, ver y oler aquello que coincida con sus opiniones. Cuando realmente eso quiero decir que no tiene mucho interés en estar bien informada. Porque si quieres estar bien informado tienes que enterarte de lo que dice Maduro y de lo que dice Juan Guaidó.

Un periodista tiene que contar las dos versiones y entrevistar a los dos, me parece que es absolutamente elemental. Otras veces puede ser que no puedas, pero yo creo que aquella entrevista fue muy buena. Le preguntó muy bien, le replicó, le contrapreguntó y le insistió manteniéndose bien. Cuando entrevistas a alguien tienes que ir de neutral. No eres un soldado, tienes que guardar las formas, la cortesía, la educación. Yo me apunté a una declaración de felicitación, como vi que algunos periodistas habían hecho. Creo que fue una entrevista muy buena y oportuna. Otra cuestión es hacer una entrevista propagandística.

«Una parte de la sociedad, y este es el principal y gran problema, solo quiere escuchar, ver y oler aquello que coincida con sus opiniones. Cuando realmente eso quiero decir que no tiene mucho interés en estar bien informada»

¿En qué ha fallado la prensa?

No lo sé, los medios en España arrastran un lastre de no sé cuántos años de censura, de un control estricto. Los medios y los periodistas reaccionaron en general muy bien a la Transición, pero no sé si como consecuencia del interés que ofrecía la política entonces se quedó la información muy centrada en ella. Hay momentos como este, cuando estamos en víspera de elecciones, que es fundamental. Pero creo que los medios incurrieron en abandonar otras áreas fundamentales.

Una de ellas la cultura, que fue la más damnificada, la más olvidada. Aquí la información está centrada en la política y el deporte desde hace mucho tiempo. Se olvidaron de otras áreas como por ejemplo la información internacional. Justo cuando entramos en la Unión Europea y la OTAN, cuando somos un país que empieza a pintar algo a fuera, después de tantos años siendo el deshecho, ahora que nuestras vidas están muy condicionadas por decisiones que toman en Bruselas o donde sea, la información internacional está cada día más devaluada en los medios. Se mandan menos corresponsales a contar lo que ocurre en el extranjero. Y sin embargo le seguimos dedicando cientos de páginas y minutos a la información política. Insisto, que lo merece cuando realmente lo merece. La información política siempre tendrá que estar presente, pero creo que aquí se abusó muchísimo y se olvidó otra. Se olvidó despertar el interés por otras cuestiones.

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