Con Caballero Bonald muere el último de los grandes memorialistas, maestro de la escritura poética, dueño de la tinta de un andalucismo fino, que otorgaba a nuestra tierra el brillo necesario sin caer nunca en el oropel de lo folclórico. Francisco Umbral, que no regalaba los cumplidos –era más dado a despreciar que a elogiar, como se sabe–, escribió una de las mejores definiciones de su trabajo que pueden encontrarse: “Ha practicado toda su vida, en verso y prosa, un barroquismo lírico de implícitos andalucismos y verso numeroso, que se nos presenta hoy como un clásico no sólo de la escritura, sino de la persona.”

Este jerezano, que nació en 1926, hijo de padre cubano y madre francesa, comenzó estudiando Náutica y Astronomía, pero tan pronto descubrió los primeros secretos del cielo y el mar supo que su camino estaba en el escritorio, guiando con su mano de hábil poeta y magnífico prosista unos recuerdos que siempre supo contar de la mejor manera. Ganó en 1961 el premio Biblioteca Breve con Dos días de setiembre, una buena novela que sin embargo nunca contaría entre sus favoritas. Mucho más orgullo le daba Ágata ojo de gato (1974), puro barroquismo lírico y probablemente el clásico de su trabajo en prosa. Magnífico es también Campo de Agramante (1992), un ejemplo de cómo se puede extraer belleza del abuso de la lógica literaria. Romper las reglas de la narración para conseguir lo que realmente se busca en literatura: el hallazgo personal.

Precisamente unos días antes de recibir la noticia de su fallecimiento, publiqué en la revista Qué Leer un artículo titulado “Contarlo todo”, en el que celebraba el valor del legado de los grandes memorialistas, acompañando a Caballero Bonald de Juan Marsé, que nos dejó hace no tanto, y de un Francisco Umbral que se marchó demasiado pronto. En el artículo subrayaba el valor y la maestría de esta Trinidad de la memoria de la que tanto tienen que aprender la nómina de escritores que confunden autoficción con literatura selfie, es decir, con dar vueltas en torno al perímetro de su ombligo en cada texto sin crear una obra memorable. Porque la condición mayúscula de la obra de Caballero Bonald es precisamente esa, saber partir de la experiencia propia, y bucear en su retrato pero sin obrar que lo que quiere el buen lector, a la postre, es una obra duradera, preciosa, que trascienda lo particular y llegue a lo universal. Me temo que muchos de los que ahora intentan este difícil empeño no pasan esa prueba de lo universal en la que reinó durante mucho tiempo el jerezano. Imaginarán por todo lo dicho hasta el momento que, de toda su vasta producción, me quedo con Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001), los libros que dedicó a recordar haciendo literatura. Ya la magia de sus títulos anuncia suficientemente que nos encontramos ante una auténtica delicia.

En la última reseña que le hice, con motivo de la publicación de esa obra generosa que es Examen de ingenios (2017), escribí que “Caballero Bonald no es solamente un buen escritor, sino que tiene a sus espaldas una trayectoria tan lúcida y prolongada que constituye memoria viva de una época.” Ahora que nos ha dejado, me parece una buena frase de despedida para quien ha intentado durante tanto tiempo ordenar nuestro pensamiento desde la organización del suyo. Como andaluz, le debo que haya sabido siempre definir y señalar qué somos, sin que el fantasma del tópico se acerque siquiera a sus páginas. Deseo que su legado siga vivo, después de unos 94 años de fructífera creación, porque merece estarlo y puede aprenderse tanto de quien tanto supo. Él ha sido, durante mucho tiempo, la Andalucía que uno quiere.

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