La demonización de Trump o de cualquier político implica, en sí, un agravio, además de un peligro potencial. Por supuesto, el agravio es la banalización del autoritarismo, ofensiva tanto para el atacado, como para las víctimas del verdadero autoritarismo. En cuanto al peligro potencial, es aquello de mentir gritando: «¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!». Cuando el lobo viene, ya nadie escucha el aviso. Con el inquilino de la Casa Blanca parece que nos adentramos en esta penosa fase.

Mucha gente dirá que el señalamiento preventivo opera precisamente como advertencia, para boicotear la llegada al poder de ciertos indeseables. Lo curioso es que esa misma gente, a menudo, es muy selectiva en su percepción del peligro. Dentro del espectro político, sólo la mitad radical –a izquierda o derecha– les inquieta. La otra mitad les parece de lo más tolerante e inclusive una apetecible opción de voto.

“La demonización de Trump o de cualquier político implica, en sí, un agravio, además de un peligro potencial.”

Centrándonos en Trump, por mucha animadversión que nos despierte el Presidente, durante su primer mandato es difícil discutir que se le demonizó. Se le catalogó prematuramente de autoritario y de peligro para la democracia.

Sin duda, llegó al poder en unas condiciones bastante menos que idóneas. Su rival en 2016 obtuvo tres millones de votos más que él. ¿Injusto? Sí, pero eran las reglas del juego para ambos. Existe la sombra de un acuerdo colusorio entre su equipo de campaña y la ofensiva mediática orquestada a su favor en las redes sociales por el Kremlin. Sin embargo, incluso si validamos estas sospechas, Trump se convierte en un delincuente, uno de tantos en acceder a la alta política. De ahí, al autoritarismo hay un buen trecho.

“Centrándonos en Trump, […] durante su primer mandato es difícil discutir que se le demonizó.”

No entraremos a hablar de su vida empresarial. Durante el principio de su primer mandato tuvo que disolver la Universidad Trump y la Fundación Trump, bajo probadas acusaciones de estafa. Los hechos antecedían a su victoria electoral.

Su primer mandato estuvo caracterizado por un populismo errático. Muy a menudo se asimila el trumpismo a la xenofobia y neoliberalismo anti estatal. Aunque tales rasgos le pertenecen sin duda –de hecho, los reivindica–, a mi parecer no le son exclusivos, no describen la idiosincrasia del trumpismo, como manera de hacer política.

“Muy a menudo se asimila el trumpismo a la xenofobia y neoliberalismo anti estatal.”

Trump se convirtió en un experto en inventar y luego resolver crisis irreales, apoyado por una red de medios incondicionales. Las avalanchas de migrantes armados, el peligro de que los migrantes portaran enfermedades raras, teorías conspirativas en torno al Estado durante el mandato de Obama, peligro de desabastecimiento de petróleo…

En el mejor de los casos, estas amenazas caricaturizaban con macabra exageración una crisis de mucha menor entidad. En otros, nunca tuvieron parecido alguno con la realidad. Pese a ello, Trump se demostró capaz de convencer a gran parte de la población de que él los había librado de tan terribles peligros. Luego llegó una crisis real, la del COVID, y la capacidad de respuesta de su Administración se vio mutilada por su propia incompetencia.

“Trump se convirtió en un experto en inventar y luego resolver crisis irreales, apoyado por una red de medios incondicionales.”

¿Es este un mandatario sano para la democracia? A ver, sin duda alguien me dirá que omito cosas positivas que hizo Trump como… ¿bajar los impuestos? Pero en su globalidad, me parece que objetivamente podemos considerarle un mal mandatario, con un estilo nocivo para el gobierno democrático…, como tantos otros.

Ahora bien, no era un gobernante autoritario. Por más que pusiera a parir en twitter a los jueces que tumban alguna de sus más polémicas decisiones, a la vez que se lamentaba con amargura de no tener el poder de otros mandatarios como Putin y Xi Ximping, acató el sistema de controles y contrapoderes.

“Ahora bien, no era un gobernante autoritario.”

Tildándolo prematuramente de aprendiz de dictador y autoritario, sólo se consiguió que cuando Trump empezó a obrar como un gobernante autoritario, nadie prestara atención a las denuncias en su contra. ¿Cuánta gente sabe que Trump fue el primer Presidente en verse desobedecido por su ejército? Durante las protestas de Black Lives matter [las Vidas Negras Importan], Trump pidió a sus oficiales del Pentágono que usuran un arma especial, una especie de radiador término no ionizante (no radioactivo) para desalojar manifestantes en algunas zonas Washington D.C., a lo que estos se negaron.

Pese a publicarse documentación y varios oficiales declarar la veracidad del suceso, aquello pasó desapercibido. En la esfera mediática, las declaraciones políticamente incorrectas del mandatario acaparaban muchísima más atención. ¿Daban más audiencia?

“Tildándolo prematuramente de autoritario, sólo se consiguió que cuando Trump empezó a obrar como un gobernante autoritario, nadie prestara atención a las denuncias en su contra.”

En su segundo mandato, Trump ha abrazado nuevas formas de excentricidad. Todas sus reuniones ministeriales, empiezan con una ronda de alabanzas a su persona de los altos cargos de su gobierno. Ya no disimula hasta qué punto entremezcla negocios familiares con su rol de Jefe de Estado, como prueba su reciente gira por oriente medio, donde el lujoso avión que le ha regalado Qatar no es quizás el evento más escandaloso, si lo comparamos con las concesiones hechas por varios países a su cadena de hoteles y clubs de golf.

Mientras escribo este artículo, el Presidente aprovecha que su septuagésimo noveno cumpleaños coincide con el 250 cumpleaños del ejército regular estadounidense, para concederse uno costoso desfile militar. Esto lo pone a la altura ya no de dictadores ordinarios, sino de algunos de los más pirados e indisimuladamente vanidosos de la historia. Por cierto, ha amenazado con el uso de la fuerza, «big force» a cualquiera que se atreva a protestar durante este desfile.

“¿Cuánta gente sabe que Trump fue el primer Presidente en verse desobedecido por su ejército?”

Lo más grave, por supuesto, son las deportaciones masivas y el sadismo que las rodea. Por descontado, cualquier Presidente dispone de un amplio margen a la hora de decidir la política migratoria estadounidense. Esto no quita debe respetar las órdenes de los tribunales, en especial, aquellas que revocan algunas decisiones administrativas. La desobediencia de Trump a los tribunales se está convirtiendo en una peligrosa constante de su política migratoria.

La denigración deportados ha llegado al extremo de colgar en la web oficial de la Casa Blanca vídeos de migrantes cargados de cadenas obligados a subir a aviones. Se ha bloqueado todo sonido que no sea el de las cadenas, catalogándolo en el título de ASMR.

“Lo más grave, por supuesto, son las deportaciones masivas y el sadismo que las rodea.”

Ahora mismo, Trump impulsa su Big Beautiful Bill [Grande y Hermosa Ley] en el Senado. De aprobarse, esta norma anularía de facto el control del Congreso sobre el presupuesto hasta el final de su mandato. En pocas palabras, le da un cheque en blanco financiero, para gobernar ocurra lo ocurre en las próximas legislativas, que en EE.UU. se celebran por bienios.

Desde hace dos semanas, el Presidente ha desplegado efectivos de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Nacional a Los Ángeles, con la excusa de sofocar una peligrosa revuelta. Como han explicado la autoridades municipales y californianas, aunque, en efecto, se han producido episodios violentos, en concreto, de quema de vehículos, en alguna calle, la dimensión de la tragedia no supera –sin exagerar– las tres manzanas en una ciudad de 1.200 km2.

“Trump impulsa su Big Beautiful Bill [Grande y Hermosa Ley] en el Senado. De aprobarse, esta norma anularía de facto el control del Congreso sobre el presupuesto”

Al final de su primer mandato, Trump declaró que no podía enviar militares para sofocar revueltas de Black Lives Matter si los Gobernadores de los Estados afectados por las protestas violentas no se lo pedían. En plena campaña electoral, esa violencia asociada a la izquierda radical, creía que le favorecería en su contienda contra Biden.

Ahora parece haber cambiado de criterio. Y lo cierto es que no, como Presidente no necesita de la solicitud del Gobernador para desplegar tropas en un Estado. Existe la convención o regla no escrita de evitar semejante conducta, como deferencia del Gobierno Federal hacia los Estados.

“el Presidente ha desplegado efectivos de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Nacional a Los Ángeles”

Hasta este año, Lyndon Johnson fue el último Presidente en enviar a la Guardia Nacional a un Estado sin consentimiento del Gobernador. Corría el año 1965 y el Gobernador de Alabama, George Wallace, racista consumado –y arrepentido hacia el final de su vida– anunció que no usaría a la policía para proteger a los manifestantes pro derechos civiles de los negros de los grupos supremacistas blancos. Básicamente, les invitaba a no manifestarse en su Estado.

Ante semejante dejación de funciones, Johnson anunció que el Gobierno Federal se haría cargo de proteger los derechos constitucionales de los estadounidenses, el de protesta pacífica incluido. Esto nos lleva al punto crítico del autoritarismo que Trump ya ha abrazado. Aunque no necesita la autorización del Gobernador para desplegar tropas en un Estado para cumplir con la legalidad, sí necesita de una crisis real, de un peligro existente o inminente que justifique semejante intervención. De lo contrario esta maniobra es ilegal y un atentando sin precedentes contra derechos de los ciudadanos y de los Estados.

“Aunque no necesita la autorización del Gobernador para desplegar tropas en un Estado para cumplir con la legalidad, sí necesita de una crisis real”

Tal vez me equivoque. Tampoco lo sabremos nunca. Pero, pienso que, si no se le hubiese demonizado desde el principio, en lugar de indiferencia, estas últimas maniobras de Trump sí despertarían el terror que deberían provocar en cualquier mente sensata o, al menos, democrática.