En 1967, mientras el Reino Unido está en plena crisis monetaria, hay huelgas en varios muelles y se acumula un déficit de 800 millones de libras, la familia real británica lleva más de 15 años sin que aumente su presupuesto. O sea, que la reina Isabel II tiene el sueldo congelado desde que accedió al trono. Por eso su esposo, el príncipe Felipe, harto de esta degradante, ignominiosa y abyecta situación, la critica en la televisión y manda un SOS: «Si no sucede nada, quizás tendremos que trasladarnos a un sitio más pequeño». «¿A palacios más pequeños?», le pregunta el presentador. No solo eso, ¡puede que el mismo Felipe tenga que dejar de jugar al polo!; de hecho, ya han tenido que vender un pequeño yate. No está bromeando, pero los invitados de la tele se ríen. ¿Y nosotros, los espectadores, reímos o lloramos? Más tarde, la reina se reúne con el primer ministro británico y le pide que se actualice la asignación de la casa real; pero el gobierno, ocupado en otros asuntos, ignora la petición de socorro económico de la corona.

«… a la familia real le llueven las críticas por su estilo de vida, su frialdad y su distanciamiento de la realidad británica. no solo no les subirán el sueldo sino que su popularidad ha caído en picado»

O al menos esto es lo que se cuenta en la tercera temporada de The Crown (Netflix), en concreto al principio del capítulo 4. La reina y su esposo, a pesar de todo, no se rinden, pues la situación exige una respuesta contundente. Y la brillante idea la tiene Felipe: hacer un documental sobre la vida de la familia real. De este modo, matarían dos pájaros de un tiro porque, por un lado, se presentarían como una familia normal, campechana y trabajadora, merecedora del apoyo y el amor incondicionales de sus súbditos y, por otro lado, le devolverían la pelota al gobierno británico, al que viendo la inmensa popularidad de la reina no le quedaría más remedio que subirle el sueldo. En teoría, la idea es buena, y la realización parece ir sobre ruedas: graban desde escenas de fiestas y recepciones diplomáticas hasta el aburrimiento real frente a la televisión; la misma reina llega a verlo y aprobarlo un mes antes de su retransmisión, pero el resultado final es desastroso: aunque el documental obtiene cuotas de audiencia espectaculares, a la familia real le llueven las críticas por su estilo de vida, su frialdad y su distanciamiento de la realidad británica. Así que no solo no les subirán el sueldo sino que su popularidad ha caído en picado.

En la vida real, histórica, es decir fuera de The Crown, este documental existió; lo produjo y emitió la BBC en 1969 y se titula Royal Family. Fue una cagada propagandística tan grande que se acabó prohibiendo: no se emite desde 1972. Pero en el mismo capítulo de la serie reparan la maltrecha imagen de la reina y los suyos ofreciendo otra imagen, una imagen nueva y radiante. Un periódico entrevista a Alicia de Battenberg, princesa de Grecia y Dinamarca, la anciana madre del príncipe Felipe, cuya biografía es sencillamente luminosa: como padecía sordera congénita y esquizofrenia, su familia la internó en un terrible sanatorio; alejada de las obligaciones de la corona, se dedicó a la caridad y fundó una orden de enfermeras en Grecia; durante la guerra salvó a judíos del nazismo, por lo que fue reconocida como Justa entre las Naciones. La entrevista a Alicia tiene tanto éxito que borra las manchas dejadas por el documental en la reputación de la monarquía británica. En el mundo de la imagen corporativa, un clavo saca otro clavo.

«este documental existió; lo produjo y emitió la BBC en 1969 y se titula Royal Family. Fue una cagada propagandística tan grande que se acabó prohibiendo: no se emite desde 1972″

Este es uno de los principales temas y engranajes narrativos de The Crown: la fama, el prestigio, el renombre, la reputación. Y por lo general los capítulos suelen darle una de cal y otra de arena a la casa real. Por ejemplo, el capítulo 5 acusa a lord Mountbatten, el tío del príncipe Felipe, de estar organizando un golpe de Estado contra el gobierno legítimo del laborista Harold Wilson. Una de cal. Pero al final del episodio la reina le para los pies, deteniendo así la confabulación y convirtiéndose en la heroína democrática de este 23-F británico. Otra de arena. Poco importa que la trama del golpe de Estado esté muy ficcionalizada: entre una de cal y otra de arena, la reina ha salvado el día.

Son muchas las series, películas y obras de teatro que ficcionalizan las vidas de reyes reales. Pero The Crown se diferencia de Rome o The Tudors sobre todo en dos aspectos. En primer lugar, estas siguen un esquema argumental basado en las luchas de poder, resueltas por medio de violencia, intrigas palaciegas o negociaciones políticas, entre las que abundan las escenas de sexo, a menudo tan gratuitas como las de violencia; en cambio, The Crown es más diplomática y dramática: también hay enredos y maquinaciones, pero mucho más sutiles, ya que la familia real británica tiene un radio de acción muy limitado, y también hay amor, pero poco sexo y aún menos sangre. Del segundo aspecto diferencial tomé consciencia leyendo Tyrant (2018), un fabuloso ensayo de Stephen Greenblatt sobre los tiranos en el teatro de Shakespeare; el historiador literario estadounidense explica que, para evitar la censura, el dramaturgo inglés escribía sobre el pasado, sobre reyes alejados en el tiempo como Enrique VI o Ricardo III (siglo XV), pero sus obras siempre hablaban del presente de forma indirecta, formando un «ángulo oblicuo» que redirigía la interpretación a la realidad de la reina Isabel I; sin embargo, a diferencia de las tragedias de Shakespeare, The Tudors y otras series, The Crown habla de una reina que todavía está vivita y gobernando. En cierto sentido, The Crown es una serie histórica que dialoga por partida doble con el presente: de forma oblicua, como en cualquier producción histórica —podemos interpretar las crisis de gobernabilidad como alegorías de la crisis del Brexit—, pero también de forma directa, pues el pasado narrado aún está presente —la misma reina sigue gobernando, el mismo príncipe heredero sigue esperando su turno—. El género histórico no establece cuántos años deben pasar para poder narrar lo acontecido, pero sin duda la cercanía temporal enrarece o incluso entorpece su recepción.

«El gran problema de The Crown es la identificación con los personajes. Si en las dos primeras temporadas podíamos empatizar con Isabel II por pura lástima —era una reina que no quería la corona—, en la tercera ha madurado y ejerce su cargo con bastante normalidad»

Por eso el gran problema de The Crown es la identificación con los personajes. Si en las dos primeras temporadas podíamos empatizar con Isabel II por pura lástima —era una reina que no quería la corona—, en la tercera ha madurado y ejerce su cargo con bastante normalidad. La corona aún le pesa, pero la sabe suya; de hecho, el príncipe Carlos ha heredado su tragedia: ahora es él quien ha nacido en un cuerpo de futuro rey sin desear serlo. No obstante, a menos que uno sea rey, ministro o CEO de una gran empresa, es más difícil identificarse con la reina madura y sus dilemas de gobierno. El espectador se identifica más con los reyes de los cuentos de hadas, de Shakespeare, de The Tudors y de otras obras, precisamente porque son más lejanos: no percibe en ellos la corona sino la persona. Por contra, a Isabel II del Reino Unido no se le puede aplicar el célebre monólogo de El mercader de Venecia: «Si nos pincháis, ¿no sangramos?». No, la reina no sangra.

En busca de la empatía del espectador, en la tercera temporada el foco de la identificación del público se desplaza hacia el hijo primogénito de Isabel II y otros miembros de la realeza con problemas más comunes. Pero la crisis de la mediana edad del príncipe Felipe y los amoríos extramatrimoniales de la princesa Margarita parecen sacados de una revista del corazón. La serie cae en su propia trampa al humanizar una institución que, para sobrevivir, debe ser sobrehumana (en la serie se repite que «la monarquía es un ideal para la gente normal, un ejemplo de nobleza y obligación para elevarlos en sus miserables vidas»). Por eso en realidad The Crown está más cerca de esas sagas familiares que, a través de varias generaciones de una familia, cuentan la historia de un país; la familia experimenta los acontecimientos históricos y a la vez se convierte en la sinécdoque del país. Por ejemplo, la telenovela Cuéntame cómo pasó se centra en los Alcántara, una familia de clase media que vive desde el franquismo hasta la democracia, fundiendo en un solo producto la microhistoria y la macrohistoria de España. Pero «los Windsor» no son la sinécdoque de Gran Bretaña sino su representante oficial, no son espectadores de la historia sino sus privilegiados protagonistas. The Crown chirría como serie histórica y como saga familiar por la misma razón: la familia elegida.

«Merece la pena ver The Crown para conocer un poco la historia reciente del Reino Unido y de su familia real, aunque siempre cogiéndola con pinzas —o sea con Wikipedia—, porque el porcentaje de ficción contenido es elevado»

Con todo, merece la pena ver The Crown para conocer un poco la historia reciente del Reino Unido y de su familia real, aunque siempre cogiéndola con pinzas —o sea con Wikipedia—, porque el porcentaje de ficción contenido es elevado. Además, la producción de la serie es impecable, desde el argumento y los diálogos hasta el trabajo de cámara e interpretación. Quizás por estas razones The Crown sí convenza a algún espectador: alguien habrá que se identificará con la reina y los suyos, es decir, que se tomará en serio la frágil masculinidad del príncipe Felipe y la frustración de la princesa Margarita, que llorará al sufrido príncipe Carlos, que no se indignará con la petición de subida de sueldo, que se conformará con una de cal y otra de arena.

Pero yo no soy el espectador ideal de la serie de Netflix. Para mí, The Crown es la versión actualizada y muy perfeccionada de Royal Family, ese documental propagandístico de la BBC que en 1969 escandalizó de tal manera a la ciudadanía inglesa que se guardó en una alacena del palacio de Buckingham y se tiró la llave al mar del Norte. Pues bien: Netflix encontró la llave. Y abrió la puerta de la alacena para sacar un producto propagandístico tan complejo y bien aderezado que casi logra ocultar su naturaleza. Y lo hizo justo a tiempo, pues la reina Isabel II, la real, tiene 93 años, por lo que su muerte puede sacudir al país, esta sociedad tan dividida y debilitada por el Brexit. Hay que convencer a los espectadores-ciudadanos de que la corona puede garantizar esa estabilidad tan necesaria hoy en día. Por eso The Crown no es solo una oda a Isabel II sino la antesala de la coronación del príncipe heredero.

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