Hay imágenes que trascienden el tiempo y las fronteras. Fotografías icónicas que encapsulan momentos únicos e inolvidables. Quizás nunca hayamos escuchado el nombre de sus autores, pero las hemos visto una y otra vez y nos atrapan cada ocasión. La perturbadora «El terror de la guerra», en la que una pequeña Kim Phuc huye gravemente quemada tras un bombardeo con Napalm. La mítica estampa neoyorkina «Almuezo en lo alto de un rascacielos» o el retrato del Ché Guevara de Alberto Korda que ya ha protagonizado todo el espectro de merchandising imaginable.

La fotografía tiene esa fuerza de transmitir historias, marcar nuestras consciencias y perdurar en nuestra memoria de una forma que las palabras no pueden. Y uno de los que tienen esa capacidad de transportarnos a otros tiempos y lugares a través de su forma de ver el mundo es Steve McCurry. Su nombre ha dejado su huella en cada continente con imágenes que nos transportan a bulliciosos mercados indios, pueblos afganos golpeados por la guerra o tranquilos monasterios himalayos. Y en el corazón de sus historias, los ojos verdes y la mirada penetrante y enigmática de «La Chica Afgana». Una imagen mítica y cautivadora, aún décadas después, que catapultó la carrera de su autor. Un retrato que cuenta con el honor de aparecer en la portada de National Geographic no en una, sino en dos ocasiones.

Y no es el único honor del que puede hacer gala, ya que McCurry es miembro colaborador de la prestigiosa agencia Magnum, medalla de oro Robert Capa, ganador de los premios National Press Photographers y ganador de dos primeros premios World Press Photo. Todo un reconocimiento a una carrera extensa y prolífica.

«Quería viajar por el resto de mi vida. Pensé que era genial para descubrir nuevos lugares, nuevas culturas, conocer personas, ver cómo las cosas se hacían de forma diferente en otras partes del mundo»

La historia de Steve McCurry (1950) comienza en Newton Square, un pequeño suburbio a las afueras de la urbe de los cheesesteak y la declaración de independencia de los Estados Unidos: Filadelfia. Su carácter, activo y aventurero, se ejemplifica desde su juventud. Tras terminar el instituto, el joven Steve cruzó el Atlántico y viajó durante un año por Europa y Oriente Medio, buscando trabajos esporádicos para costearse el salto al siguiente lugar. Esta experiencia fue muy importante para él: decidió que viajar por el mundo debía ser parte de su vida y de aquello a lo que se dedicara profesionalmente.

Su camino tras volver a Filadelfia y comenzar sus estudios de artes escénicas en la Pennsylvania State University no parecía dirigirle hacia la fotografía, pero el destino le reservaba otros planes. Siguió viajando, aprovechando sus vacaciones de verano, por Centroamérica y África. Acompañado de la cámara de fotos de su padre empezó a despertar en él la llama de la fotografía. Y eso le animó a realizar cursos de cinematografía y de fotografía artística.

Steve McCurry en India, 1983

Terminó sus estudios y encontró su primer trabajo, como fotógrafo para un periódico, lo que empezó a despertarle la inquietud por el fotoperiodismo. Tras dos años capturando lo cotidiano, sintió la necesidad de buscar nuevos horizontes y probar algo distinto. Se recordó en su niñez, fascinado con un ejemplar de Life que contenía el trabajo Monsoon de Brian Blake. Una oda visual al monzón en el que el clima se convierte en protagonista. Influenciado por esas fotografías, y con la intención de poder vivir y replicar esas imágenes, dejó atrás su trabajo en el periódico y decidió lanzarse a la aventura viajando a la India con poco más que su cámara. Este sería el primero de los ya más de 80 viajes que ha realizado al país asiático. Y es que, aunque ha recorrido todos los rincones de la Tierra, si hay un lugar que le ha cautivado es el país de las vacas sagradas.

Para McCurry estaba claro: muchos grandes fotógrafos habían trabajado allí y podría costearse la vida con tan solo unos dólares al día. Y se podría decir que su periplo por la India no comenzó con buen pie, ya que se infectó de disentería y de rabia al poco de llegar. Por suerte logró recuperarse, y lejos de amedrentarse, lo que en un principio planeó como un viaje de seis semanas rápidamente se transformó en una odisea de más de dos años. Saltó repetidamente entre India, Nepal, Tailandia y, lo que le hizo saltar al panorama internacional, Pakistán y Afganistán. Eran los momentos previos a la primera guerra de Afganistán y la consecuente invasión soviética. Estos viajes le permitieron conocer el terreno y familiarizarse con los locales. Gracias a ello tuvo un acceso privilegiado a una región ignorada por el resto del mundo en esos momentos y en la que los fotógrafos cubriendo el lugar podían contarse con los dedos de una mano. Era, no en vano, una zona peligrosa en la que sufrió robos, ataques e incluso recibió disparos en su vehículo. Cruzar la frontera era una misión de riesgo, hazaña que realizaba en la clandestinidad, con los rollos de película expuesta cosida a la ropa para evitar incautaciones. Los guardias fronterizos no entendían muy bien si estaban ante un espía, un traficante de armas o un loco, y fue detenido en cuatro ocasiones. Pero su trabajo documental logró llegar al resto del mundo y por la cobertura de este conflicto recibió la medalla de oro Robert Capa en 1980.

Fue además en este primer viaje cuando Steve se pasó a Kodachrome y abandonó totalmente el blanco y negro, para lograr esas fotografías con colores vivos y dramáticos con las que le identificamos. Y finalmente, más de dos años después de salir de Filadelfia, en 1980 regresó a casa.

Sus fotografías ya empezaban a tener relevancia internacional, protagonizando páginas en publicaciones de la talla The New York Times, y su repercusión explotó tras la invasión rusa de Afganistán y el consecuente interés repentino hacia esa región hasta ahora olvidada. También llamó la atención de National Geographic, que se interesó por el trabajo del joven pensilvano y su acceso a Asia del sur. Rápidamente acordaron los primeros proyectos de lo que será una relación muy fructífera que nos traerá algunos de los trabajos (y portadas) más emblemáticas de la revista del marco amarillo. Los Kalash de Pakistán, el monzón y un viaje en tren desde el paso Jáiber hasta Bangladés son los algunos de los encargos que hacen que Steve vuelva a marchar en busca de historias que contar.

Fue poco después, en 1984, cuando llegó el trabajo que le llevaría a la fama internacional. La ubicación: un campamento de refugiados en Peshawar, frontera afgano-pakistaní. Steve entró, cámara en mano, en una carpa que hacía las veces de escuela improvisada para niñas. Desconocía que lo que allí ocurriría le cambiaría la vida para siempre. Nada más entrar los infinitos ojos verdes de la pequeña Sharbat Gula capturaron su atención. Y allí mismo inmortalizó la mirada que impactó al mundo y protagonizó la portada más icónica de la historia de National Geographic.
Ahora sabemos que este retrato estuvo a punto de no ver la luz del Sol. El en aquel momento editor de fotografía de la revista decidió eliminarla al resultarle demasiado dura. Propuso poner en su lugar un retrato de Sharbat más inocente y alegre, con parte del rostro tapado. Por suerte, en el último momento el editor de la revista decidió vetar esa decisión y lanzarla con la fotografía que todos conocemos.

A través de los ojos de Steve McCurry nos hemos trasladado a los lugares más exóticos y sus objetivos han iluminado las esquinas más recónditas de nuestro planeta, transmitiendo historias que resuenan a lo largo de las fronteras y las generaciones. Nunca paró de viajar buscando conflictos, culturas minoritarias, tradiciones ancestrales y la vida cotidiana a lo largo de los siete continentes. Pero siempre se mantiene un tema común que atrapa a los espectadores en las historias que captura: el elemento humano. Su máxima es que si esperas lo suficiente, la gente a tu alrededor comienza a olvidar que llevas una cámara y empezará a mostrarte su verdadero alma. Y eso se siente en su trabajo: son momentos reales capaces de trasladarte y hacerte sentir las mismas emociones que sus protagonistas.

Si hay otra constante en trabajo de McCurry son las personas. En una entrevista afirmaba que como seres humanos nos fascinamos los unos con los otros y con nuestra apariencia.

Sus retratos transcienden la mera documentación, nos invita a entrar en la vida de sus protagonistas y experimentar su mundo. Es sus propias palabras: «La mayoría de mis fotos están basadas en personas. Busco el momento desprevenido, el alma que se asoma, la experiencia grabada en el rostro de una persona. Trato de transmitir lo que es ser esa persona, una persona atrapada en un paisaje más amplio que supongo que llamarías la condición humana»

Es muy notable la intimidad que es capaz de crear entre el protagonista y el espectador. Y, constante en su obra, el trabajo del color, buscando sujetos con elementos que contrasten con ellos mismos o con el espacio en el que se encuentren. En definitiva, sus retratos son un testamento al poder de la fotografía para revelar la esencia de la humanidad.

Recorrer el mundo no exento de riesgos, y McCurry ha visto al peligro a los ojos en demasiadas ocasiones. Ha sufrido enfermedades exóticas, ha sido víctima de multitud de robos y atracos, ha vivido momentos peligrosos en inundaciones y ha sido bombardeado y disparado en zonas de conflicto.
Si no fuera poco, ha protagonizado dos accidentes aéreos. Uno de ellos, en la ahora Eslovenia, muy grave. Steve alquiló una avioneta para realizar fotografías aéreas sobre el lago Bled y el piloto volaba extremadamente cerca de la superficie. Incómodo, el fotógrafo le gritó que si quisiera estar a 5 metros sobre el lago hubiera alquilado un barco, y le ordenó ascender. Fue tarde, porque el tren de aterrizaje se enganchó con el agua, las hélices salieron disparadas y el aparato, de cabina abierta, comenzó a sumergirse con los ocupantes dentro. No consiguió desabrocharse el cinturón de seguridad y pensó que había llegado su hora, pero en el último momento alcanzó a escurrirse por debajo y nadar hacia la superficie. Ambos lograron escapar del aparato, pero su cámara y la película ahora descansan en el lecho de este lago cercano a Liublana.

También hay sombras y polémicas en su carrera. Y es que en 2016 fue protagonista de un escándalo que hizo temblar los cimientos del fotoperiodismo. Se descubrió que existían versiones de sus fotografías en las que se podían apreciar modificaciones, adiciones o eliminaciones de elementos con Photoshop, algo que cruza todas las líneas rojas de la ética del fotoperiodismo. El escándalo era mayúsculo, por estar hablando de uno de los más grandes, y porque apenas un par de años antes el fotógrafo Narciso Contreras vivió una situación parecida: tras descubrirse que había eliminado una cámara de una fotografía perdió su premio Pulitzer y fue despedido de Associated Press. Si Contreras sufrió ese desenlace, ¿por qué Steve no? Respondió que él ya se consideraba un narrador visual más que un documentalista, pero que en todo caso desconocía esos cambios hechos por alguien de su estudio y que no los aprobaba, eliminó todo su blog e imágenes y terminó sentenciando: «Yo creo que Photoshop no puede quitar o poner cosas que no están en la imagen, sólo debe usarse para corregir el color». Sobrevivió al escándalo, al contrario que Contreras.

En la actualidad, a sus 75 años, Steve ha pivotado hacia una vida más tranquila, centrando su interés en publicar libros y celebrar exposiciones con el enorme linaje de su trabajo y su extenso catálogo de fotografías que han marcado época. Como curiosidad, con casi total seguridad podemos asegurar que su fotografía más vista no es el icónico retrato de la niña afgana, sino unos paisajes neozelandeses que realizó para Microsoft y fueron fondo de escritorio en Windows 10.

En definitiva, McCurry es un maestro en transportarnos a otras culturas y descubrirnos nuevos mundos a través de sus fotografías. Composición, color y contraste para transportarnos la humanidad de cada escena. Más allá de premios y reconocimientos, lo cierto es que el trabajo de McCurry está marcado en la memoria colectiva y ha inspirado a cientos de fotógrafos y fotorreporteros que le han sucedido. Su impacto en la fotografía permanece eterno.