Pasaron pocos años, tres, cuatro a lo sumo, desde que el escritor Yevgueni Zamiatin (Lebedian, 1884- París, 1937) pasó de ser uno de los autores más representativos de la nueva literatura soviética a ser considerado un opositor, un disidente, un “diablo”, según su propia definición. En ese intervalo de tiempo, dio a la imprenta la novela Nosotros, que inspiró a George Orwell para escribir 1984, y la pieza teatral Los fuegos de Santo Domingo, que recrea la represión contra “los luteranos” ocurrida a mediados del siglo XVI en Sevilla.

En ese episodio histórico, frecuente en la literatura anticlerical de finales del siglo XIX e inicios del XX, Zamiatin encontró una metáfora de la opresión política justo en el momento en que empezaba a mostrar públicamente su desagrado con las férreas tendencias totalitarias desplegadas por los dirigentes soviéticos. En esta obra escrita y estrenada en 1922, la ciudad de Sevilla es un trasunto de la Rusia soviética y los procesos de la Inquisición española, un símbolo de las políticas revolucionarias de Lenin que habían convertido la simple disidencia en herejía.

“Zamiatin tenía una gran reputación. Impartía cursos oficiales de escritura, tenía abiertas las puertas de todos los órganos de expresión de la revolución y se permitió osadas caricaturas literarias de Lenin. Esa condición, doblemente peligrosa, hizo que su proceso fuera, más que una depuración directa, una lenta defenestración”, señala David González Romero, editor de su primera edición en castellano (2013). Las críticas le costaron al escritor, no la muerte -acaso por la protección del mismísimo Maksim Gorki-, pero sí la condena a un lento olvido y, finalmente, el exilio.

El propio escritor parece aludir al sentido de su pieza teatral en las conclusiones del célebre artículo Tengo miedo (1921), donde denunciaba el servilismo de la vida literaria en el nuevo sistema político: “Tengo miedo de que no haya entre nosotros verdadera literatura mientras no nos curemos de esa especie de nuevo catolicismo que recela, no menos que el antiguo, de cualquier palabra herética. Y si la enfermedad es incurable, tengo miedo de que a la literatura rusa sólo le quede un futuro: su pasado”, expone.

Los fuegos de Santo Domingo aborda los hechos que condujeron a la aniquilación del foco erasmista de Sevilla en el siglo XVI, que tuvo su epicentro en el monasterio de San Isidoro del Campo, radicado en el municipio de Santiponce. “Aunque con guiños a la típica peripecia de la literatura gótica, Zamiatin parece manejar datos y claves que demuestran un grado de información superior a la media sobre unos hechos difundidos por filólogos e historiadores protestantes”, expone González Romero.

Así, Yevgueni Zamiatin pone en el centro del drama a la familia del conde de Santa Cruz y a sus dos hijos: Rodrigo, llegado de Flandes con una traducción al castellano de los Evangelios, “la realizada por Juan Pérez del latín”, y Baltasar, delator de la Inquisición. La acción transcurre en el interior de una casa, en el castillo de San Jorge, “negro como el carbón”, y en una plaza donde se halla el quemadero, “un caldalso de piedra, en cada esquina una inmensa estatua de cobre de un apóstol”.

“Para mí, como para cualquier otro escritor, la privación de la posibilidad de escribir constituye un castigo mortal; las condiciones que se han creado son tales que no puedo continuar con mi trabajo, porque resulta imposible realizar cualquier tarea creativa cuando se trabaja en una atmósfera de acoso sistemático, que se va reforzando año tras año…”. Fueron las palabras desesperadas que Zamiatin dirigió por carta a Stalin en junio de 1931. Comenzaba un exilio del que ya no regresaría.