Andrés Pajares y el Pirri, Ibañez Serrador y Jess Franco, Pilar Miró y Ozores. Diversos casi antagónicos, pero, aunque de una manera inconsciente, con una cosa en común: Reflejar los cambios de la sociedad de un país en un momento determinado. De eso y de mucho más va Sesión Salvaje, el estupendo documental dirigido por Paco Limón y Julio César Sánchez, que fue presentado hace unos días en el Festival de Sitges. Porque no hablan de cine. Hablan de la vida, de España, de lo que fuimos y de lo que somos.

«Una de las virtudes de Sesión Salvaje es que no es un ejercicio de nostalgia adulterada por recuerdos sobre lo maravillosos que éramos»

Una de las virtudes de Sesión Salvaje es que no es un ejercicio de nostalgia adulterada por recuerdos sobre lo maravillosos que éramos. Porque sí, se recalca sobre que había imaginación (mucha), pero también cutrerío y necesidad. También una fuerte carga social, pero todo fundamentado por la necesidad de taquilla, el denominado “cine de explotación”. Pero España había cambiado, y el cine fue la punta de lanza de ese “nuevo mundo” que recién se descubría. Cine de quinquis y de tetas, de western y zombies, de caspa y terciopelo. De todo y para todos. Nos muestran como el vilipendiado Ozores era capaz de copar la Gran Vía con sus películas que eran tan actuales como los mismos telediarios, o de como el Arrebato de Zulueta sigue fascinando a los jóvenes cineastas. No hay un género o un estilo, en Sesión Salvaje hay una visión amplia y completa de nuestro micromundo que casi llegó a ser una cosmovisión “a la española”.

Pero no nos pongamos estupendos, Sesión Salvaje es fundamentalmente, un documental divertido. Está realizado con cariño, con admiración, pero con una mirada divertida, incluso desmitificadora (“Jess Franco mandaba a Kinski caminar hacia un lado, lo rodaba, y cuando volvía andando grababa un plano que luego usaría para otra película»), Artistas/artesanos que eran capaces de saltar de un género tan teóricamente alejado de nuestro bagaje cultural como es el Western hasta crear mitos autóctonos de la “personalidad” de los hombres lobo de Paul Naschy. Se habla de la censura tardofranquista y su doble versión (“grababas en bikini o en ropa muy bonita, bañándote, pero para la versión que se iba a mandar al extranjero estabas desnuda”) y por supuesto de la época del destape (“se pasó del cero al infinito, porque era ‘buenas tardes’ y ‘quítese usted la ropa”). Actrices cuya única virtud era mostrar un cuerpo escultural, pero también por aquí pasaron profesionales del talento de James Mason, o de la popularidad internacional de Telly Savalas.

«Sesión Salvaje es fundamentalmente, un documental divertido. Está realizado con cariño, con admiración, pero con una mirada divertida, incluso desmitificadora»

¿Pero que hace especial a nuestro cine de esos años? Pues muchas cosas, pero si hubiera que resumirlo en una sola palabra, esta podría ser la “pasión” («El Rolls Royce me toca los cojones» Jess Franco dixit). La misma pasión con la que Enrique Lavigne y su equipo se han volcado en la realización de este imprescindible documental.

Porque todos somos lo que somos por el mundo recogido en Sesión Salvaje. Todos. Sin excepción.

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