De un tiempo a esta parte, la política española se ha convertido en una trituradora de palabras. Pobre del vocablo con el que se decida a jugar el político, porque quedará exhausto y manchado por el uso indiscriminado y bastardo que les otorgan. Piensen en palabras como solidaridad, medidas, social o recuperación, que han quedado vacías por haber sido la muletilla aprovechada y fácil de cada instante político. La cuestión es más grave si deciden prender fuego con su habla vacía al concepto de democracia, que es el término general que sustenta todo un sistema político que nos está regalando los mejores años de la historia reciente de la piel de toro. Respetar la palabra es respetar la idea, y este artículo pide como primer paso de la regeneración de nuestra democracia que no se tome este término tan a la ligera.

«No se sorprenderán si les digo que los políticos contemporáneos demuestran un conocimiento ínfimo de nuestra lengua»

No se sorprenderán si les digo que los políticos contemporáneos demuestran un conocimiento ínfimo de nuestra lengua. La cuestión es preocupante sobre todo porque no se trata de un caso determinado, de un político concreto, sino característica definitoria de la nueva política. Para empeorar aún más las cosas, ni siquiera tiene que ver exclusivamente con el nivel cultural del dirigente y sus escasas lecturas (aunque la gran mayoría se ajusten a este perfil ágrafo), sino con una forma de hacer política que evita cuanto puede adentrarse en el lenguaje complejo, que es por consecuencia el del pensamiento complejo. Para que el futuro votante –porque eso es lo que somos, antes que ciudadanos– no entre en interpretaciones profundas y de resultados, la llamada política de los sentimientos se circunscribe al eslogan facilón y el pensamiento encapsulado, propagando discursos de vuelo corto, usando pocas palabras y, lo peor de todo, siempre las mismas. No es de extrañar que los políticos de todo el orbe adoren Twitter, porque les permite cumplir sus delirios totalitarios –que todo político, en mayor o menor medida alberga– percutiendo sobre nuestras mentes con mensajes breves y básicos que actúan en nuestro comportamiento como los sencillos comandos que gobiernan una máquina. Francisco Umbral, maestro de maestros, ya dejó escrito aquello de “Los gobiernos siempre optan por la democracia analfabeta (que no es democracia), pudiendo ellos mismos fabricar la democracia ilustrada, tan peligrosa.”

Si ya tenemos un buen número de palabras que han sufrido esa extenuación, me preocupa que el corazón de todo el campo semántico, democracia, esté siendo utilizada como una moneda falsa más que circula de boca en boca con un uso superficial. Comenzar una frase con la entrada “En una democracia…”, se está empleando para legitimar los pactos más torticeros, las políticas más partidistas, los errores más descarnados.  Ahora que nadie sabe de ovejas, tan apartado está el día a día de la mayoría de nosotros del medio rural, España se ha convertido en cátedra popular de mezclar churras con merinas. Mezclamos temas como quien baraja cartas, y nuestra democracia es tan joven que se comporta precisamente como eso, como un púber que opina sin que exista una experiencia detrás de cuanto dice. No cabe duda de que la democracia que surgió de las cenizas –más bien ascuas– del franquismo es el único gran logro de nuestro país el siglo pasado, pero no es menos cierto que degenerando, degenerando, expresión que ha hecho célebre la periodista Rosa Belmonte, nuestra política se ha convertido en el patio de un puñado de niños malcriados, que toman siempre que pueden la palabra democracia como escudo para ciertos desmanes y cobijo para políticas de partido, que no de estado.

«Comenzar una frase con la entrada “En una democracia…”, se está empleando para legitimar los pactos más torticeros, las políticas más partidistas, los errores más descarnados»

En un pueblo de mi Andalucía, oí una vez la historia de un señor que durante los años de la transición hizo un buen dinero como intermediario en la compraventa de fincas. Su negocio era en negro negrísimo, pues hacienda no veía un duro de sus muchos beneficios. Un amigo que trabajaba en el ayuntamiento le paró por la calle un día y le dijo que tuviera cuidado, que más le valía empezar a pagar autónomos y constituir una empresa. Las inmobiliarias legales que actuaban en el pueblo se le echarían encima en cuanto se descuidase, celosas de su éxito. La respuesta del tratante resume a las mil maravillas lo que no vimos entonces y seguimos sin ver ahora. Miró muy alterado a su amigo y casi le gritó: ¡Pero bueno! ¿Y por qué no voy yo a hacer tratos con quien quiera? ¿Es que no estamos en una democracia?

Que los políticos maltraten el lenguaje no es solamente malo desde una perspectiva intrínseca (del amor por nuestra lengua), sino del valor que otorgamos a las palabras y lo que significan. Democracia es, casi desde su feliz inicio, una especie de muñeca con la que todos quieren jugar y que todos pretenden poseer para que se comporte como desean. El primer paso para regenerar una democracia es que el vocablo no sea moneda de cambio, que no llegue a ser muletilla de inicio de frase, que no se mancille su verdadero significado en el barro de la política diaria.

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