Habrá quien piense que en Murcia solo hay huerta y personas que no saben hablar (no pasa nada, nosotros lo aceptamos y nos reímos bastante con eso), pero, aunque pueda ser en parte cierto, también existe otro lado de Murcia que pasa más desapercibido.

Durante la semana pasada tuvo lugar en Cartagena el festival poético Deslinde; festival que, desde la ciudad milenaria, se lleva a cabo a mediados del mes de noviembre desde hace ya cuatro años. La organización del festival invita siempre a un poeta de gran calado y trayectoria internacional para que charle con jóvenes poetas y críticos de la escena murciana; insignes figuras como Ana Blandiana o Luis Antonio de Villena han pasado por el interesante evento, y este año ha sido el portugués Nuno Júdice (Mexilhoeira Grande, 1949) quien ha visitado Cartagena.

Para quien ama la literatura, la oportunidad de tener delante a una personalidad tan importante del mundo de las letras es todo un acontecimiento. Si, además, te brindan la posibilidad de poder preguntar y charlar con él, de tú a tú, imaginad la emoción que puede asaltarnos.

«Y si tenemos la suerte de encontrarnos con personas como Júdice, para nosotros los que escuchamos, para mí, no hay mejor regalo»

Para quienes somos demasiado obtusos como para atrevernos a preguntar –y ahora, perdonadme, hablo de mí–, la opción de escuchar no es menos emocionante. Y si tenemos la suerte de encontrarnos con personas como Júdice, para nosotros los que escuchamos, para mí, no hay mejor regalo.

Precisamente afirmaba Nuno la necesidad de escuchar, concretamente de leer, de conocer a los poetas clásicos, la tradición, de conocer todo lo posible la literatura que nos precede. Para poder salirnos de la norma, primero hay que conocerla. Y ante la pregunta eterna de qué hace a un poema serlo, la respuesta del portugués es rotunda:

“Lo que separa el poema de no serlo es que nada en él sobra y nada en él falta; el poema tiene que andar, salir de mí para llegar a otros, y esto sucede cuando el lector ve el poema y lo reconoce como algo que es también suyo. Y, a partir de ahí, ya no es del autor. El poema ideal es el que puedo leer y sentir todo lo que está ahí como si fuera mío. El que ilumina el mundo y da luz a las cosas que están ocultas”.

Escuchar a Júdice ha sido reconfortante, en cierto modo casi un bálsamo. Su voz apacible, sin aspavientos, sin aires de dios literario, ajeno a la vanidad, tan cercano y agradable, irónico y divertido, me ha acabado sabiendo a poco. Me habría quedado a escucharle hablar hasta que me echara, hasta que me pidiera por favor que me fuera.

Quizá si todos escucháramos un poco más, las cosas serían de otra manera. Pero esa es otra historia.

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