“Apenas había acabado de hablar, cuando volvieron a abalanzarse sobre él con un salto silencioso, salvaje y desesperado. Uno de ellos lo mordió y le hizo sangre.
«Van a matarme», se dijo Philippe con una especie de estupor. Lo atacaban como dos lobos. No quería hacerles daño, pero no tuvo más remedio que defenderse; a puñetazos y patadas consiguió rechazarlos, pero ellos volvieron a la carga con redoblada saña, como locos, como bestias, como si hubieran perdido todo rasgo humano… Pese a todo, Philippe los habría dominado, pero se golpeó la cabeza contra un mueble, un velador con patas de bronce, y se desplomó. Mientras caía, oyó a uno de los chicos correr a la ventana y soltar un silbido. Del resto no vio nada: ni a los veintiocho adolescentes, súbitamente despiertos, cruzando el césped a la carrera y trepando por la ventana, ni la embestida contra los frágiles muebles para destrozarlos, volcarlos, arrojarlos por las ventanas… Estaban enloquecidos, bailaban alrededor del sacerdote, que seguía inconsciente, cantaban, gritaban… Un renacuajo con cara de chica brincaba sobre un sofá cuyos viejos muelles rechinaban sin cesar. Los mayores encontraron un mueble bar y lo llevaron al salón dándole patadas, mas descubrieron que estaba vacío. Pero no necesitaban vino para emborracharse: les bastaba con la destrucción, que les proporcionaba una dicha espantosa. Llevaron a Philippe hasta la ventana y lo dejaron caer pesadamente al césped. Luego siguieron arrastrándolo hasta el lago y, agarrándolo por los pies y las manos, lo levantaron en vilo y lo balancearon como a un pelele.
—¡Vamos! ¡Arriba! ¡Hay que matarlo! —chillaban con sus voces roncas, que en muchos casos conservaban el timbre infantil.”

 

Suite francesa

Irène Némirovski

           

           

¡Ay, queridos lectores! La realidad está tan cerca de la ficción que he leído esto tras ver esto. La perplejidad de mi cara al leer estas palabras de Némirovski es difícil trasladarla al papel. Si no hubiese sido tan duro el tema diría que hasta me emocioné un instante.

Acaba el telediario de una cadena cualquiera con los disturbios por la libertad de expresión robando tiempo a otras noticias. Tiempo robado de manera innecesaria. Nunca debió aparecer semejante barbarie en la tele porque nunca debió defenderse con violencia idea alguna. Jamás.

 

Del resto no vio nada: ni a los veintiocho adolescentes, súbitamente despiertos, cruzando el césped a la carrera y trepando por la ventana, ni la embestida contra los frágiles muebles para destrozarlos, volcarlos, arrojarlos por las ventanas… Estaban enloquecidos, bailaban alrededor del sacerdote, que seguía inconsciente, cantaban, gritaban…

 

No sé vosotros pero yo, cuando veo gente con el puño en alto diciendo defender a Pablo Hasél me enervo. Cuando veo gente quemando contenedores diciendo defender a Pablo Hasél me desespero. Pero cuando veo a gente ROBAR a unos comerciantes que están hasta arriba de problemas con la pandemia me enfado. Cuando veo arde un coche con dos policías dentro, emano indignacion.

Me enervo hasta el punto que pierde fuerza cualquier defensa de libertad de expresión que me hagan. Si hay violencia de por medio dejo de escuchar argumentos.

 

Pero no necesitaban vino para emborracharse: les bastaba con la destrucción, que les proporcionaba una dicha espantosa.

 

 Como Irene Némirovski creo que a esta gente le basta con la destrucción, que les proporciona una dicha espantosa. No necesitan que se coarte la libertad de expresión, que se censure el arte, o se encarcele a Pablo Hasel. Solo necesitan una excusa cualquiera para sacar lo único que llevan dentro, la violencia.

 

No sé vosotros pero yo he llegado a detestar a Pablo Hasél, del que ni siquiera había escuchado una canción antes de todo esto. Y lo he aborrecido porque es un ser violento, que  anima, tras las rejas, a otros seres violentos, casi niños, a destruir lo que sea para conseguir lo que nunca logró conquistar con su música: la fama.

 

Dijo Sebastián Castellio: «Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre». Paremos esto antes de llorar un muerto…

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