Hay museos que se visitan caminando y otros en silencio reverencial, pero existen algunos muy pocos que se recorren respirando a través de un regulador mientras la luz del sol atraviesa la superficie y va perdiendo intensidad camino del fondo. En Lanzarote existe uno de esos lugares que parecen inventados: el Museo Atlántico, un museo submarino donde las obras de arte no cuelgan de paredes blancas ni esperan protegidas detrás de una vitrina, sino que descansan en el fondo del océano rodeadas de peces y algas bajo ese azul intenso que en Canarias parece tener una tonalidad propia.

Situado frente a la costa sur de Lanzarote, cerca de Playa Blanca y Las Coloradas, el museo es una creación del artista británico Jason deCaires Taylor, conocido por sus esculturas sumergidas en lugares como México, Granada o las Bahamas. Lanzarote fue el primer lugar de Europa en acoger una instalación de estas características y desde su apertura se ha convertido en una de las experiencias más singulares de la isla para buceadores y viajeros que buscan una forma diferente de acercarse al arte.

Un museo que respira

Lo primero que sorprende del Museo Atlántico es que no estamos ante un museo estático porque difícilmente podría serlo en un lugar donde todo está en permanente movimiento. Las esculturas existen dentro de un entorno vivo y el mar las transforma poco a poco mientras las cubre, las erosiona y acaba convirtiéndolas en refugio de peces y organismos marinos, de manera que cada visita puede ser ligeramente distinta de la anterior porque el océano nunca se repite exactamente.

Las obras están realizadas con materiales especialmente concebidos para favorecer la colonización marina y con el paso del tiempo las figuras se integran cada vez más en el ecosistema. Los peces buscan refugio entre ellas, los bancos atraviesan las escenas como pequeñas flechas plateadas y distintos organismos van ocupando lentamente unas superficies que inicialmente fueron cemento y que terminan formando parte del paisaje submarino. El resultado es un arte que cambia y evoluciona hasta pertenecer tanto al artista que lo imaginó como al océano que continúa transformándolo.

Contemplarlo bajo el agua mientras la luz desciende desde la superficie y se deforma con cada movimiento del mar tiene además algo difícil de reproducir dentro de un museo convencional, donde todo está pensado precisamente para que nada cambie.

Historias bajo el agua

El Museo Atlántico reúne cientos de figuras humanas distribuidas en diferentes instalaciones que hablan de migraciones, consumo, tecnología, medioambiente y de nuestra relación con el mundo contemporáneo. No son simples esculturas decorativas colocadas bajo el agua para sorprender al visitante, sino escenas reconocibles que adquieren una dimensión completamente diferente cuando aparecen en medio del océano.

Entre las obras más conocidas se encuentra La Balsa de Lampedusa, una embarcación ocupada por varias figuras que remite inevitablemente a quienes atraviesan el mar buscando una vida mejor. La escena podría resultar poderosa en cualquier lugar, pero contemplarla a varios metros de profundidad rodeada únicamente por el silencio del agua y la inmensidad del océano convierte la experiencia en algo mucho más incómodo y difícil de olvidar.

También encontramos Los Jardineros, figuras relacionadas con el cultivo y el cuidado de la naturaleza que recuerdan nuestra responsabilidad sobre un entorno que solemos considerar inagotable hasta que comienza a mostrar signos de agotamiento. En otras escenas aparecen personas absortas en sus teléfonos, realizando fotografías o reproduciendo gestos perfectamente reconocibles de nuestra vida cotidiana, y hay en ellas cierta ironía porque nuestras pequeñas obsesiones terrestres resultan todavía más extrañas cuando se contemplan en el fondo del Atlántico.

Cada conjunto permite diferentes interpretaciones y quizá una de las virtudes del museo sea precisamente que no obliga al visitante a comprenderlo todo. Se puede reflexionar sobre lo que quiso contar el artista o limitarse a observar cómo los peces atraviesan las esculturas y cómo la luz modifica constantemente aquello que estamos viendo, convirtiendo cada escena en algo ligeramente distinto unos segundos después.

¿Cómo se visita?

Para conocer realmente el Museo Atlántico hay que sumergirse y diferentes centros de buceo de Playa Blanca organizan excursiones hasta la zona acompañadas por profesionales. Las esculturas se encuentran aproximadamente a 12 metros de profundidad, una cota relativamente accesible para buceadores pero suficiente para separar el museo del mundo exterior y conseguir que la experiencia tenga una atmósfera completamente distinta a la que encontraríamos en tierra firme.

Una vez abajo desaparecen los ruidos y las conversaciones mientras solo permanecen la respiración a través del regulador, las burbujas ascendiendo hacia la superficie y las figuras que van apareciendo poco a poco en medio del azul. No hace falta ser un buceador especialmente experimentado, aunque las condiciones concretas de acceso dependen del centro con el que se realice la actividad y de la experiencia previa de cada visitante, por lo que conviene consultar los requisitos antes de reservar y realizar siempre la inmersión acompañado por profesionales.

La visita dura aproximadamente lo que dura una inmersión recreativa tranquila y ofrece tiempo suficiente para recorrer las instalaciones sin prisas. Allí abajo el tiempo parece medirse de otra manera y cuarenta minutos pueden convertirse en una experiencia mucho más larga cuando prácticamente todo lo que nos rodea resulta ajeno a nuestra vida habitual.

Cuando el museo se convierte en arrecife

El Museo Atlántico no nació únicamente como un proyecto artístico porque desde su concepción existió también una intención medioambiental. Las esculturas fueron diseñadas para integrarse progresivamente en el ecosistema y proporcionar refugio a diferentes especies, de manera que el paso del tiempo no deteriora necesariamente la obra sino que forma parte de ella y permite que el océano continúe el trabajo iniciado por el artista.

Las figuras que contemplamos hoy ya no son exactamente las mismas que fueron depositadas originalmente en el fondo del mar. Sus superficies han cambiado, diferentes organismos han comenzado a ocuparlas y los peces utilizan espacios que antes no existían, haciendo que aquello que comenzó siendo una colección de esculturas termine convertido poco a poco en parte del paisaje submarino.

Quizá ahí se encuentre la idea más interesante de todo el proyecto: el artista comienza la obra pero es el mar quien la termina.

Un plan diferente para el verano

Visitar el Museo Atlántico es una de esas experiencias que probablemente se recuerdan durante años no solo por aquello que se contempla sino por la forma de hacerlo, flotando a varios metros de profundidad mientras se avanza lentamente entre figuras humanas inmóviles y los peces continúan con su vida como si aquel extraño museo hubiera estado siempre en el fondo del océano.

La experiencia mezcla arte, naturaleza y aventura con un inevitable punto de surrealismo y además tiene como escenario ese azul de Canarias que desde tierra ya resulta espectacular pero que bajo el agua adquiere otra dimensión. Después de la inmersión Playa Blanca devuelve al visitante a un verano mucho más reconocible, con sus terrazas, sus paseos junto al mar, sus playas y el ambiente tranquilo del sur de Lanzarote.

El contraste resulta curioso porque apenas una hora antes uno estaba avanzando entre cientos de figuras inmóviles en el fondo del Atlántico y poco después puede encontrarse sentado en una terraza tomando algo frente al mismo mar bajo el que acaba de descubrir un museo entero.

Un museo al que volver

Quizá lo más fascinante del Museo Atlántico sea saber que nunca permanece exactamente igual y que regresar dentro de unos años significará encontrarse con una obra diferente. Algunas figuras estarán más colonizadas, otras habrán cambiado de aspecto y nuevos habitantes marinos habrán encontrado refugio entre ellas mientras el océano continúa modificando lentamente aquello que un día depositó allí el artista.

En los museos tradicionales hacemos todo lo posible por detener el tiempo controlando la temperatura, la humedad y la luz para conseguir que una obra permanezca exactamente como era cuando llegó a nosotros. En el Museo Atlántico sucede justo lo contrario porque el tiempo no es una amenaza contra la que haya que luchar sino una parte fundamental de la exposición.

Aquí las obras no están hechas para permanecer intactas, están hechas para cambiar. El artista comenzó el trabajo y el mar tiene todo el tiempo del mundo para terminarlo.