La incógnita sobre la existencia de formas de vida extraterrestres ha nutrido la cultura estadounidense desde hace más de sesenta años. El cine de ciencia ficción de Hollywood no podría explicarse sin fenómenos como “E.T.”, “Encuentros en la tercera fase” o “Alien, el octavo pasajero”. Y ya sabemos que, lo que nace en Estados Unidos, se reproduce allende sus fronteras. Como una sociedad alienígena deseosa de conquistar la Tierra.

La explosión del cine de extraterrestres se produjo tras el final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría. La obsesión por un posible ataque comunista, las tácticas de espionaje y la paranoia social y política marcó su impronta en una sociedad que se veía amenazada por la otra potencia mundial e infestada por enemigos enmascarados. Era el caldo de cultivo perfecto para que una historia dudosa como la de Kenneth Arnold acabara convirtiéndose en lo que hoy se conoce como el nacimiento de los avistamientos. El 24 de junio de 1947, Arnold pilotaba su monoplano Callair cuando observó varios objetos volando a velocidad extrema sobre el monte Rainier, en el estado de Washington. El bueno de Arnold podría haberse limitado a comentarlo con los amigos o a escribirlo en su diario, ¿verdad? Pero Arnold era uno de esos americanos obsesionados con la invasión y las teorías conspiranoicas, así que informó del episodio a la oficina local del FBI y, lo que fue más importante para el impulso del fenómeno ovni: lo filtró a la prensa. La historia de Arnold era una perita en dulce para los medios estadounidenses y algunos incluso la publicaron en portada. Se generó entonces un efecto contagio y los avistadores de ovnis se multiplicaron. La difusión incontrolada de fake news no es algo tan del siglo XXI, al parecer. A la historia de Arnold se sumaron muchas otras, generándose así una tradición en torno a los extraterrestres que continúa hoy.

«La difusión incontrolada de fake news no es algo tan del siglo XXI, al parecer. A la historia de Arnold se sumaron muchas otras, generándose así una tradición en torno a los extraterrestres que continúa hoy»

La industria hollywoodiense no podía permanecer ajena al fenómeno de histeria y conmoción general. Los investigadores José Roberto Vila y Vanesa F. Guzmán han estudiado la invasión extraterrestre en el cine de ciencia ficción americano en ese contexto de paranoia colectiva. Al analizar 105 películas clasificadas como ciencia ficción por el American Film Institute entre 1950 y 1959, el extraterrestre «aparece como un personaje hostil y negativo en 45 películas, mientras que tan sólo aparece como personaje positivo en 10 películas. En 47 de las películas analizadas aparecen escenas de pánico colectivo, con lo que estas escenas vienen a ser una imagen recurrente dentro del género, y evidentemente conectan con el clima de miedo en el que vivía la sociedad norteamericana». El avistamiento de ovnis y, por encima de todo, la pátina de propaganda y espectáculo con la que se revistió, son fruto de la América de los 50 a la que, aún hoy, seguimos mirando como la maestra de la ciencia ficción.

El Nuevo Mundo siempre se ha construido en el imaginario europeo en relación con conceptos de misterio y exotismo. El fenómeno ovni es solo una representación contemporánea de la extraña atracción que el hombre europeo y sus antiguas tradiciones han sentido por lo desconocido del otro lado del Atlántico. Antonio de Herrera y Tordesillas fue Cronista Mayor de Indias y publicó en los primeros años del siglo XVII las Décadas, considerada una de las mejores obras sobre la conquista de América. El que fuera el primer historiador español del Imperio de ultramar de España escribió sobre las serpientes y culebras aladas de las Indias:

«Y habiendo ido a pescar una noche de luna muy clara, más de treinta indios de Acatepeque, estando hablando, oyeron cerca de sí grandes silbos, y vieron un animal que les miraba, con ojos como de fuego, y de miedo se subieron a los árboles y como llegó vieron que era como culebra, y que tenía los pies como de un palmo y una forma de alas encima, y era largo como un caballo, y andaba despacio, y deste miedo no volvieron más allí […]» «Hay también culebras y víboras como las de Castilla: hay otras grandes pardas, como de palo podrido, con cuatro ventanas de narices […] hay otras pintadas y otras negras, y largas, no escapa cosa que piquen, y en la creciente no hacen mal, y en siendo menguante la luna se embravecen: otras de dos palmos tienen dos cabezas, y en forma de un Tao […]»

Como cuenta en Monstruos y bestias en las crónicas del Nuevo Mundo el Doctor en Filología Juan Francisco Maura, «las criaturas sobrenaturales aparecen en las crónicas de Indias desde el primer momento». Maura cita las palabras que escribió Cristóbal Colón en su diario de a bordo del martes 9 de enero de 1943:

«El día pasado, cuando el Almirante iba al Río de Oro, dijo que vido tres se[i]renas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo [el almirante] que otras veces vido algunas en Guinea, en la costa de Mangueta».

Es sencillo asemejar la sorpresa que sentían los colonizadores al encontrar criaturas que hasta entonces les eran desconocidas con la que nosotros, los terrícolas, podríamos sentir en el caso de una hipotética llegada extraterrestre. ¿Son los alienígenas las sirenas de la modernidad? Una vez descubierta y cartografiada la totalidad del mundo, el ser humano necesita de un espacio ignoto para alimentar su imaginación y dar salida a sus miedos. El espacio exterior es, por tanto, el nuevo Nuevo Mundo. Y los Kenneth Arnold de nuestro tiempo se presentan como colonizadores no ya de un espacio terrenal, sino de un concepto: la teoría extraterrestre. Ellos serían el Cristóbal Colón contemporáneo, sabedores de una realidad que al más común de los mortales le es ajena y cronistas de eso que solo ellos han podido experimentar.

«Es sencillo asemejar la sorpresa que sentían los colonizadores al encontrar criaturas que hasta entonces les eran desconocidas con la que nosotros, los terrícolas, podríamos sentir en el caso de una hipotética llegada extraterrestre»

En Europa, sin embargo, la ficción se presenta con un lustre de tradición, el fruto de misterios, habladurías y cuentos con un recorrido mucho más largo en el tiempo del que puedan imaginar los avistadores de OVNIS americanos. El concepto del monstruo en el viejo continente es el de la desviación del hombre. Son criaturas terrenales que viven entre nosotros. Leyendas desarrolladas en torno a una concepción del hombre mucho más egocéntrica y cerrada en su propia realidad, un hombre que no conoce otros lugares y genera sus miedos, sus mitos y leyendas a partir del entorno conocido.
Los monstruos europeos son viejos como su propio continente, moldeados a través de siglos de generaciones y tradición oral y escrita. Monstruos anclados en su cultura, que forman parte ya de la identidad de ese país por ser fruto de sus antepasados.
El folklore británico, por ejemplo abraza el mito del gigante, el hombre que atemoriza por sus proporciones titánicas. La continua búsqueda británica de la grandeza y la supremacía trasladada a las leyendas. Los gigantes son representados como los habitantes originales de la isla y la tradición oral sobre su existencia se remonta hasta tiempos del Rey Arturo.
En Historia Regum Britanniae, Geoffrey de Monmouth narra que la isla de Bretaña, antes llamada Albión, estaba habitada por gigantes. Tras la invasión de los troyanos encabezados por Brutus, el gigante Gogmagog se les enfrentó y causó una gran matanza. Todos los gigantes murieron, menos él, que acabó luchando contra Corineus y acaba cayendo por un acantilado. La región de la lucha pasó a llamarse Cornualles, en homenaje al troyano vencedor.

«Los franceses tampoco se quedan cortos en esto de transformar al ser humano en una criatura horripilante. El hombre lobo es el máximo exponente de las historias de seres feroces en el país vecino»

Los franceses tampoco se quedan cortos en esto de transformar al ser humano en una criatura horripilante. El hombre lobo es el máximo exponente de las historias de seres feroces en el país vecino –ya lo cantaba La Unión: «lobo hombre en París…»
Si bien la figura del lobo como bestia depredadora y con cierta capacidad intelectual ha llegado a nuestros días algo edulcorada por el mercado editorial de los cuentos para niños y las adaptaciones de las historias al cine o la televisión, lo cierto es que los licántropos han sido protagonistas de historias muy alejadas de capuchas rojas y abuelitas rollizas.
El Grand Méchant Loup, o ‘Malvado Gran Lobo’, ya aparece en fábulas como las de La Fontaine y Charles Perrault. Pero fue la historia de la Bestia de Gévaudan la que caló en la tradición francesa para perdurar hasta nuestro tiempo, quizá por estar terriblemente anclada a sucesos reales. La antigua provincia de Gévaudan, en el sur de Francia, ocupa un territorio boscoso y aislado, más aún en el siglo XVIII. Entre 1764 y 1770, los campesinos de la zona vivieron aterrorizados por un animal con apariencia de lobo que mató a entre 60 y 100 adultos y niños. Aunque el racionalismo imperante dejaba a las leyendas al nivel de supersticiones, la del Loup Garou –hombre lobo- no tardó en extenderse. Precisamente porque el pensamiento racionalista colocaba al hombre en un lugar inferior a la Naturaleza, esta pasaba a ser vista como fuerza amenazante y dominadora del hombre, hasta llegar a convertirlo en bestia. De ahí que fuera la población rural la que alimentaba estas creencias. El Loup Garou se presenta como una combinación del animal/bestia con la racionalidad del hombre. Incluso un canario, Pedro Gónzalez, acabó establecido en París al ser llamado por Enrique II de Francia, quien quería comprobar de la existencia de un hombre con hipertricosis, una enfermedad que cubre el rostro con bello facial. González contó con la protección de la familia real francesa, y de ahí la antes mencionada tradición del hombre lobo en París.
Y ¿qué me dicen de nuestro medio-hombre favorito? Ese que ha protagonizado revivals en forma de películas, series e incluso libros para adolescentes que le convertían en un ser capaz de enamorarse y cuidar a un humano. Desde Europa del Este hasta el resto del mundo, las historias sobre vampiros han reflejado la depravación del hombre y su pérdida de identidad.
Bram Stoker se encargó de alzar a los vampiros al estrellato de la mano de su Drácula, que no es más que una versión del vampiro original: el príncipe Vlad Tepes, o Vlad el Empalador, el príncipe de Transilvania que empalaba a sus enemigos. Pero al vampiro más conocido –con permiso de Edduard Cullen- sobre la faz de la Tierra se le suman otros también procedentes de la Europa Oriental.

En Serbia, la tradición dice que los vampiros se esconden en molinos abandonados. ¿Por qué, si no, la secuencia de Las novias de Drácula, de Terence Fisher, en la que las aspas de un molino forman la señal de la cruz para acabar con el sangriento enemigo? Pero los vampiros serbios no son aristócratas, ni mucho menos condes. He ahí Sava Savanovic, el propietario de un molino en el siglo XVIII que habría vuelto a la vida en pleno siglo XXI para sembrar el pánico en la localidad de Zarozje.

«La tradición húngara, como la rumana, también cuenta con un vampiro de clase alta. Se trata de la condesa Elizabeth Báthory que utilizaba la hechicería para evitar el envejecimiento y la muerte, lo que le llevó a recurrir a la sangre humana como remedio, para ella, infalible»

No obstante, la tradición húngara, como la rumana, también cuenta con un vampiro de clase alta. Se trata de la condesa Elizabeth Báthory que, según cuentan, utilizaba la hechicería para evitar el envejecimiento y la muerte, lo que le llevó a recurrir a la sangre humana como remedio, para ella, infalible. Para conseguirla, torturaba y asesinaba a sus sirvientas vírgenes. Pero cuando, tras años de asesinatos, descubrió que no le funcionaba, pasó a matar a jóvenes nobles.

Europa y América. El descubridor y el descubierto. El conquistador y el conquistado. Dos continentes separados por siglos de historia que ha dejado su huella no solo en el desarrollo del hombre, sino también en el del monstruo. Alienígenas, bestias, vampiros… seres diferentes fruto de tradiciones a ambos extremos de un océano. Pero seres, al fin y al cabo, creados para dar salida a un miedo que es común a europeos y americanos, común al siglo XVII y al XX, común, en definitiva, a nuestra condición: el miedo a la depravación y la muerte.